Cuando los metales sueñan en colores: ciencia de los fuegos artificiales

9 de abril de 2026

Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 24 de agosto de 2010 estaba muy reciente la Semana Grande de San Sebastián en la se celebra el Concurso Internacional de Fuegos Artificiales. Y ese fue uno de los temas de los que hablamos.

Fuegos en bahía con barcos. Imagen creada con IA con ayuda de Copilot de Microsoft.

La Semana Grande de San Sebastián suele celebrarse la segunda semana del mes de agosto. Todos los día de esa semana hay fuegos artificiales, aunque el último suele ser el más espectacular.

En la tertulia salió el tema de qué son los fuegos artificiales y sobre todo la mayor parte de preguntas se refirieron a cómo se crean los colores. Obviamente todos dábamos por supuesto que los cohetes suben porque tienen pólvora. La pólvora va mezclada con sales metálicas, en el momento de la explosión dichas sales se calientan muchísimo de tal modo que sus electrones se excitan y al volver al estado normal emiten fotones. La frecuencia de la emisión depende del metal. Por ejemplo:

Rojo — Estroncio (Sr)

Verde — Bario (Ba)

Azul — Cobre (Cu) (uno de los más difíciles de obtener con pureza)

Naranja — Calcio (Ca)

Amarillo — Sodio (Na)

Morado — Mezcla de cobre (azul) y estroncio (rojo)

Sin duda hay más mezclas para obtener otros colores. La temperatura de combustión también es muy importante, la intensidad del color depende de la temperatura. Por ejemplo, si la temperatura es muy alta el azul se degrada. Aunque normalmente sucede lo contrario: si la temperatura es baja la luminosidad es baja.

Por lo tanto, los pirotécnicos tienen que controlar muy bien la mezcla con la que hacen la pólvora y las cantidad de sales.

Vídeo de los fuegos de fin de año en Malta desde La Valeta. El 31 de diciembre de 2025.

Notas

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Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con

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Los hijos que no nacieron, los hijos que inventamos

9 de abril de 2026

Durante décadas, la demografía ha sido un péndulo que oscila entre el pánico y la complacencia. En los años sesenta, el mundo temblaba ante la idea de la superpoblación: Paul Ehrlich anunciaba hambrunas inevitables, los gobiernos diseñaban políticas para frenar la natalidad y la Tierra parecía incapaz de sostener a tantos humanos. En mi opinión, Paul Erlich nunca fue riguroso, sus libros carecían de base científica, pero tuvieron una influencia muy notable. Tengo que confesar que a mí me convencieron sus argumentos y escribí varios artículos sobre el tema. Pero estábamos equivocado. Como veremos más adelante, mi error y el de Erlich fue pensar que la humanidad no evoluciona, que no es capaz de adaptarse a los nuevos problemas. Ese es el error mayúsculo, lo que define nuestra especie es que NOS ADAPTAMOS.

Medio siglo después, el miedo se invirtió. Ya no sobraban personas: faltaban. Europa, Japón, Corea, China… todos empezaron a mirar con inquietud la curva descendente de nacimientos, como si la humanidad hubiera perdido el apetito de futuro.

Hace apenas cinco años, el discurso dominante era apocalíptico. Se hablaba del “invierno demográfico”, del colapso de las pensiones, de sociedades convertidas en geriátricos. Y de ahí la fiebre de las sociedades avanzadas de traer inmigrantes de sociedades menos desarrolladas. Se repetía una idea simple: menos nacimientos significan menos trabajadores, y menos trabajadores significan menos riqueza. La ecuación parecía inapelable.

Pero entonces irrumpió un actor que nadie había invitado a la mesa demográfica: la automatización producida por la informática: máquinas de hacer multitud de trabajos. Por ejemplo, las aplicaciones online de los bancos, disminuyeron la necesidad de personal en oficinas y de oficinas. Hoy estamos viviendo un salto cualitativo en esa automatización: la inteligencia artificial. No es demasiado nueva (mi primer programa que aprendía de su experiencia —lo que hoy llamaríamos Inteligencia artificial— lo escribí en 1968). Lo nuevo es la increíble potencia de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLMs) que son capaces de potenciar enormemente lo que puede hacer cada trabajador.

La fuerza laboral infinita

La historia económica siempre ha sido la historia de cómo multiplicar la fuerza humana. La agricultura multiplicó el brazo; la máquina de vapor multiplicó el músculo; la informática multiplicó la mente. La IA, sin embargo, introduce algo radicalmente nuevo: trabajadores que no nacen, no envejecen, no enferman y no se jubilan.

En 2025 abrió en Japón la primera fábrica completamente automatizada: ni un solo operario humano en la línea de producción.

En 2025 en Japón se inauguró una fábrica totalmente robotizada, sin [casi] operarios humanos. Imagen creada con ayuda de Copilot.

En Corea, los robots industriales superaron en número a los recién nacidos. En Europa, la administración pública comenzó a automatizar trámites enteros, reduciendo la necesidad de personal sin reducir el servicio. Y en Estados Unidos, los modelos de IA generativa ya realizan tareas que antes requerían equipos enteros de profesionales.

La pregunta, entonces, cambia de forma.
Ya no es: ¿qué haremos sin jóvenes?
Sino: ¿qué haremos con máquinas que producen como si tuviéramos millones de jóvenes?

La paradoja del siglo XXI

La baja natalidad era un problema cuando la productividad crecía lentamente. Pero si un solo trabajador, apoyado por IA, puede producir lo que antes producían cinco, la ecuación se altera. La productividad deja de depender del número de cuerpos y pasa a depender del número de algoritmos.

Los economistas empiezan a hablar de la “elasticidad demográfica de la IA”: la capacidad de la tecnología para compensar la escasez de mano de obra. En países envejecidos, la automatización no destruye empleo: rellena huecos. No desplaza a trabajadores: sustituye a trabajadores que ya no existen.

Es un giro histórico fascinante: la humanidad, que durante milenios necesitó más hijos para producir más riqueza, podría entrar en una era donde los hijos biológicos dejan de ser el motor económico.

Los robots como hijos sustitutos

Hay algo casi simbólico en esta transición.


Durante siglos, tener hijos era una forma de asegurar el futuro: más manos para el campo, más apoyo en la vejez, más continuidad del linaje. Para el campesino de siglos atrás los hijos eran la garantía de continuar con sus tierras y la garantía de que en la vejez alguien les apoyaría (los hijos eran lo que hoy es la Seguridad Social). Hoy, en sociedades urbanas y tecnológicas, los hijos ya no son una necesidad económica, sino una elección emocional. Y mientras la natalidad cae, los robots ocupan silenciosamente ese espacio funcional.

Robots que cuidan ancianos.
Robots que limpian.
Robots que fabrican.
Robots que escriben.
Robots que diseñan.
Robots que aprenden.

No son hijos, pero cumplen funciones que antes solo podían cumplir los hijos.

El lado oscuro: la IA también enfría la natalidad

Paradójicamente, la misma tecnología que compensa la falta de nacimientos podría estar contribuyendo a ella. Algunos demógrafos señalan que la incertidumbre laboral generada por la automatización desincentiva la maternidad y la paternidad. Otros apuntan a un cambio cultural profundo: si la IA ofrece compañía, entretenimiento, propósito y productividad, ¿qué lugar queda para la crianza en la vida de muchos jóvenes?

La natalidad no cae solo por razones económicas. Cae porque la estructura emocional del mundo ha cambiado.

Un futuro sin catástrofes

Quizá el error de los discursos catastrofistas —tanto los de la superpoblación como los del invierno demográfico— es suponer que la humanidad permanece estática. Nunca lo ha hecho. Cuando faltaron manos, inventamos máquinas. Cuando faltó tiempo, inventamos algoritmos. Cuando faltó fuerza, inventamos motores. Y ahora, cuando faltan nacimientos, inventamos inteligencias.

No sabemos si la IA será la solución definitiva al declive demográfico. Pero sí sabemos algo: la historia humana es la historia de cómo convertimos problemas en herramientas.

Tal vez el futuro no esté en tener más hijos, sino en aprender a convivir con los hijos que hemos creado: los hijos de silicio, los hijos que no nacieron, los hijos que inventamos.


Notas

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Velas de espemaceti: La luz que surgió del abismo

8 de abril de 2026

Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 23 de agosto de 2010 llevé el tema de las velas de espermaceti.

En 2009 empecé a ver la serie de TVE Águila Roja. La serie tenía encanto, ritmo y un Madrid barroco que parecía respirar. Pero había algo que siempre me chirriaba: esas habitaciones inundadas por decenas de velas de cera, brillando como si la luz fuese barata. La historia transcurre hacia 1660, en tiempos de Felipe IV, y el protagonista es un maestro de escuela. ¿De verdad podía un profesor permitirse semejante derroche luminoso? Investigando sobre iluminación histórica, descubrí que incluso las velas de cera (las que aparecían en la serie) eran un lujo… la gente normal usaba velas de sebo, y pocas: la luz era un lujo. Más tarde, ya en el siglo XVII y XIX llegarían otras velas aún más exclusivas: las de espermaceti. Y de ello quise hablar en la tertulia.

Vista de la Puerta de Atocha con la fuente que se halla en sus inmediacions en el Paseo del Prado. Grabado de Vicente Camarón (Museo Municipal de Madrid). Autor de la foto Calderón. Dominio Público. File:Puerta de Atocha (Madrid).jpg – Wikimedia Commons

I. El tesoro oculto en la frente del océano

En las profundidades donde el sol no se atreve a descender, el cachalote navega con la solemnidad de un templo en movimiento.

Un grupo de cachalotes cerca de la costa de Mauricio. Autor: Gabriel Barathieu. This file is licensed under the Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic license. File:Sperm whale pod.jpg – Wikimedia Commons


Dentro de su enorme cabeza —esa catedral ósea que inspiró mitos y terrores— guarda una sustancia extraña: el espermaceti, una cera pura, casi mineral, que se derrite con el calor de la mano y solidifica en un blanco opalino.

Grabado de hombres cazando ballenas con harpones. Autor foto: Wainuiomartian. This work has been released into the public domain by the author on Flickr, where the author has declared it as a «Public Domain Work» and tagged it with the Creative Commons Public Domain Mark. File:Whale fishing.jpg – Wikimedia Commons

Los naturalistas del XVIII no sabían qué era. Los marineros tampoco. Su nombre parece indicar que es esperma, pero es un error. Es una bola en la cabeza, cuya misión, probablemente es ayudar en la ecolocalización. Todos coincidían en algo: aquello ardía como ninguna otra cosa sobre la Tierra.

Vela y aceite de espermaceti. Av Genevieve Anderson – http://www.marinebio.net/marinescience/06future/wham.htm, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24183274

II. La fiebre de la luz perfecta

Cuando los balleneros de Nueva Inglaterra descubrieron que esa cera producía una llama limpia, sin humo y estable, pues apenas parpadeaba, comenzó una fiebre silenciosa. las velas de sebo producían humo y mal olor. Las de cera de abeja eran mejores, pero también producían un poco de humo y un ligero olor, más agradable que el de las de sebo. Las de espermaceti no echaban humo, no olían, lucían de un modo mucho más brillante, etc.


Los barcos partían hacia el Atlántico Sur, hacia el Índico, hacia cualquier lugar donde un chorro de vapor delatara la presencia del coloso.

En los puertos de Nantucket y New Bedford, los fabricantes de velas competían por cada barril.


El espermaceti se convirtió en oro líquido, en la materia prima de la iluminación más codiciada del mundo.

Una vela de espermaceti no era solo una vela:
era estatus,
era tecnología,
era la promesa de una noche sin humo.


III. El precio de una llama

Para un obrero del siglo XIX, cuyo salario apenas alcanzaba para pan, carbón y techo, encender una vela de espermaceti era un gesto impensable. Su luz equivalía a quemar una parte del jornal, a derretir en unas horas lo que costaba ganar en un día entero.

Por eso estas velas vivían en casas de comerciantes, de científicos, de políticos, de quienes podían permitirse el lujo de iluminar la noche con una claridad casi celestial.

La mayoría seguía viviendo entre sombras.


La luz pura era para unos pocos.


IV. La cultura del mar y el sacrificio

Mientras tanto, en los barcos balleneros, la historia era otra. Los hombres que arrancaban el espermaceti al océano vivían rodeados de aceite hirviendo, de cubiertas resbaladizas, de noches interminables en las que el mar parecía querer tragárselos.

El espermaceti tenía un brillo hermoso, sí, pero su origen era brutal: un intercambio entre la ambición humana y la vida de un animal que había surcado los mares desde antes de que existieran ciudades.

En esa tensión —entre belleza y violencia— nació una cultura marítima que dejó huella en diarios de a bordo, en canciones de marineros, en novelas como Moby Dick.


V. El declive de una llama

La llegada del gas, del queroseno y, finalmente, de la electricidad, apagó lentamente el reinado del espermaceti.


Las velas blancas que habían iluminado laboratorios, salones y faros quedaron relegadas a vitrinas de museos y a la memoria de los viejos puertos.

Hoy, su comercio está prohibido.


El cachalote sigue nadando en las profundidades, libre de aquella persecución industrial que casi lo borró del mapa.

Pero la luz del espermaceti permanece en la historia como un destello breve y perfecto:
una llama que unió ciencia, mar y deseo humano de dominar la noche.


VI. Coda

Quizá por eso, cuando pensamos en esas velas, sentimos algo más que nostalgia.
Sentimos la paradoja de una luz hermosa nacida de un acto terrible.


Sentimos el eco de un tiempo en que la humanidad buscaba iluminarse a cualquier precio.

Y comprendemos que cada llama tiene su historia, y que algunas —como las del espermaceti— ardieron demasiado brillante para durar.


Notas

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🌕 La noche en que vi a Neil Armstrong pisar la Luna… desde una tienda de campaña en Segovia

5 de abril de 2026

Hay recuerdos que se quedan grabados no por el lugar, sino por la mezcla improbable de circunstancias que los rodean. El 20 de julio de 1969, mientras el mundo contenía la respiración ante la llegada del ser humano a la Luna, yo estaba en la Academia de la Instrucción Premilitar Superior (centro paralelo a la Academia General Militar de Zaragoza) en El Robledo, en Segovia, cerca de La Granja de San Ildefonso. Vivíamos en tiendas de campaña, nueve cadetes por tienda, y el mayor lujo era que no lloviera. Los exámenes para ser admitido en la academia los recuerdo como muy duros. Tuve que entrenar varios meses en las pistas deportivas de la Universidad Complutense, para lograr los cien metros en no-recuerdo-exactamente-cuantos-segundos, subir una pared con una cuerda, ….

Pero aquel verano, en mi tienda, había un detalle que lo cambiaría todo: uno de mis compañeros era familiar de Neil Armstrong. Sí, del mismísimo primer hombre que iba a pisar la Luna.

La televisión prohibida… salvo para un Armstrong

Las normas militares eran claras:
prohibidísimo tener una televisión.
Y además, ¿quién iba a tener una tele portátil en 1969?

Pues bien, el familiar de Neil pidió permiso para instalar una. Y se lo concedieron. Y como vivíamos en la misma tienda, me lo concedieron también a mí. Aquello ya era ciencia ficción antes de que empezara la retransmisión.

Montamos el televisor —de 220 voltios— fuera de la tienda, alimentado con baterías de coche y un inversor. Una obra de ingeniería improvisada que hoy haría sonreír a cualquier técnico, pero que entonces nos parecía tan natural como respirar. Ingeniería que hicimos nosotros, los cadetes.

Y allí, bajo el cielo de Segovia, todos los de la tienda vimos cómo Neil Armstrong bajaba del módulo lunar.

🚀 El cadete que explicaba la Luna a capitanes y comandantes

Yo llevaba años siguiendo el programa espacial con pasión. Así que, mientras los demás miraban la pantalla, tenientes, los mandos que se acercaron a nuestra tienda me preguntaban:

  • ¿Cómo habían llegado?
  • ¿Qué propulsor usaba el Saturno V?
  • ¿Cómo era la atmósfera dentro del módulo lunar?
  • ¿Cómo despegarían de la Luna?
  • ¿Cómo regresarían a la Tierra?

Y yo, sin darle importancia, iba explicando todo lo que sabía. Tanto hablamos, tanto expliqué, tanto nos quedamos embobados con la Luna… que casi nos pilló la diana.

🥱 La diana, las botas… y el detalle que faltaba

Dormí tan poco que, cuando sonó la diana, salí a formar con botas, gorra y… calzoncillos.
Solo calzoncillos.


La Luna me había dejado en órbita.

El día transcurrió como siempre: clases impartidas por sargentos que explicaban cosas que yo, como ingeniero de telecomunicaciones, conocía al dedillo. Pero aun así aprendí muchísimas cosas prácticas: tender líneas telefónicas, localizar averías por kilómetros, montar enlaces de microondas… y también descubrí que no todos los especialistas militares eran adeptos a Franco. Más bien lo contrario.

🎤 Mi gira lunar por El Robledo

Lo mejor vino al día siguiente.

El comandante de la unidad de zapadores apareció en nuestra tienda para pedirme que diera una charla sobre la llegada a la Luna.
A mí.
Un simple cadete.

Mi capitán me autorizó, y di la charla a los zapadores. Luego me la pidieron los artilleros. Después la caballería. Y así, uno tras otro, terminé dando conferencias sobre la Luna a todos los cadetes de El Robledo.

Cuando me despedí, el día siguiente de jurar la bandera, los zapadores vinieron a mi tienda y me rindieron honores.

Me emocioné.

🚗 El otro viaje: Robledo–Madrid en 59 minutos

Pero, mientras yo hacía de divulgador improvisado, lo que de verdad esperaba con impaciencia era el fin de semana siguiente. De vez en cuando llevaba un coche al campamento que para mí era un cohete más rápido que el Saturno V, y con él volaba desde El Robledo hasta Madrid.

Robledo–Moncloa en 59 minutos. (Hoy creo que estaba loco, con aquellas carretereas aquel tiempo era una locura).


Hoy me parece una locura, pero entonces era pura necesidad: quería ver a Isabel.

¿Mi novia? Aquella palabra nos sonaba antigua, casi rancia. No sabíamos muy bien cómo llamarlo, pero dejémoslo en novia.

🌙 Lo que queda cuando miro la Luna

Terminé mi formación militar haciendo una investigación seria sobre la transmisión troposcattering, probablemente el experimento científico más riguroso que hice en aquellos años. Pero, cuando pienso en ese verano, no recuerdo los cálculos ni los enlaces de microondas.

Recuerdo una tienda de campaña en Segovia, un televisor imposible alimentado por baterías de coche, un grupo de cadetes medio dormidos mirando a la Luna… y un joven que, sin saberlo, estaba viviendo dos viajes a la vez: uno hacia el futuro de la humanidad, y otro hacia el suyo propio, con un coche que rugía camino de Madrid.

HOY 2026: Miro las noticias. Quiero saber si los astronautas de Artemisa II se acercan a la Luna y si volverán a la Tierra sanos y salvos.

¿Volverán? Creo firmemente que sí.


Notas

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Egipto. Wadi Al‑Hitan: el laboratorio natural donde las ballenas aprendieron a ser ballenas

2 de abril de 2026

Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 18 de agosto de 2010 llevé el tema del valle de las ballenas (Wadi Al-Hitan) en el que hay multitud de restos de ballenas donde se ve que eran animales terrestres que se adaptaron a la vida marítima.

Un desierto que fue mar

En pleno desierto occidental de Egipto, a unos 150 kilómetros de El Cairo, se encuentra uno de los yacimientos paleontológicos más importantes del planeta. Wadi Al‑Hitan —el “Valle de las Ballenas”— conserva cientos de esqueletos de cetáceos primitivos que vivieron hace unos 40 millones de años, cuando esta región formaba parte del mar de Tetis, un océano cálido que bañaba el norte de África.

Mar de Trtis hace 40 millones de años. Se ha superpuesto líneas indicando los países actuales. El mapa
está hecho por Scotese, Christopher R.; Vérard, Christian; Burgener, Landon; Elling, Reece P.; Kocsis, Ádám T. – «Phanerozoic-scope supplementary material to «The Cretaceous World: Plate Tectonics, Paleogeography, and Paleoclimate (doi:10.1144/sp544-2024-28)» from the PALEOMAP project». doi:10.5281/zenodo.10659112 https://zenodo.org/records/10659112, CC BY 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=155112444

Hoy, donde hubo aguas tropicales, solo hay dunas y silencio. Pero bajo esa arena se esconde una historia crucial: cómo un grupo de mamíferos terrestres regresó al mar y se transformó en las ballenas modernas.

La evolución en directo: Basilosaurus y Dorudon

El valle es célebre por la abundancia y el estado de conservación de dos especies clave:

Basilosaurus isis: un cetáceo alargado, de hasta 18 metros, con cuerpo serpentino y mandíbulas poderosas.

Dorudon atrox: más pequeño, de unos 5 metros, considerado un pariente cercano de las ballenas actuales.

Lo extraordinario es que muchos esqueletos están casi completos, articulados y en posición de vida. Esto permite estudiar detalles anatómicos que rara vez se conservan en otros yacimientos.

Las patas que ya no servían para caminar

Uno de los hallazgos más fascinantes son las extremidades posteriores vestigiales: pequeñas patas que ya no tenían función locomotora, pero que revelan el origen terrestre de los cetáceos. Son la prueba física de una transición evolutiva: animales que aún conservaban rasgos de sus antepasados terrestres, pero que ya vivían plenamente en el mar.

Otra de las características de los basilosaurios es que conservaban dientes.

Basilosaurio isis. Por Ghedoghedo – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=16623229

En Wadi Al‑Hitan, esa transición no es una teoría: está literalmente expuesta sobre la arena.

Un ecosistema desaparecido

Los fósiles no solo cuentan la historia de las ballenas. También aparecen restos de:

Tiburones, serpientes marinas, manatíes primitivos, peces óseos, corales y moluscos, etc.

Todo ello permite reconstruir un ecosistema completo del Eoceno tardío: un mar cálido, poco profundo, lleno de vida. Un mundo perdido que hoy se conserva como una instantánea geológica.

Un paisaje modelado por el viento

El valor científico se combina con un escenario natural sorprendente. Las formaciones arenosas, talladas por la erosión, crean un paisaje casi escultórico. La luz del desierto acentúa los relieves y convierte cada fósil en una aparición. Es un lugar donde la geología y la biología se entrelazan de forma casi teatral.

Fósiles de ballena en el wadi Al-Hitan. Por Foixi de Wikipedia en inglés and Foixi at de.wikipedia – Transferido desde en.wikipedia a Commons por Jalo., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3801866

Patrimonio de la Humanidad

En 2005, la UNESCO declaró Wadi Al‑Hitan Patrimonio Mundial por su excepcional importancia para comprender la evolución de los cetáceos. El sitio está protegido y cuenta con senderos señalizados y un pequeño museo al aire libre que explica la historia del valle con claridad y sin artificios.

Wadi Al-Hitan (Whale Valley) (Egypt). © UNESCO
Author: Véronique Dauge. https://whc.unesco.org/en/list/1186/gallery/&maxrows=27

La visita es controlada para evitar daños: los fósiles no están encerrados en vitrinas, pero sí cuidadosamente preservados. Es un equilibrio delicado entre conservación y divulgación.

Por qué este lugar es único para la ciencia

Wadi Al‑Hitan destaca por tres razones:

Cantidad: Cientos de esqueletos distribuidos por el valle

Calidad: fósiles completos, articulados y en posición natural.

Contexto: un entorno geológico que permite interpretar cómo vivían estos animales

Es, en esencia, un capítulo de la evolución dejado abierto sobre la superficie del desierto.


Wadi Al‑Hitan no es solo un destino remoto. Es un recordatorio de que la Tierra guarda memorias profundas, escritas en lenguajes que a veces olvidamos: la arena, el hueso, la erosión. Caminar entre ballenas fosilizadas en mitad del Sáhara es comprender que los paisajes cambian, que los océanos se retiran, y que la vida —siempre— encuentra caminos inesperados.


Notas

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¿El imperio romano cayó por envenenamiento con plomo?

2 de abril de 2026

Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 8 de agosto de 2010 llevé el tema del plomo encontrado en pecios romanos y su importancia para la ciencia actual, tratado en la entrada anterior. Para el 9 de agosto hablamos de la hipótesis de que el imperio romano cayera porque los romanos se envenenaron con el plomo que añadían al vino.

1. ¿De dónde salió la teoría?

Copa de el vidrio soplado tipo calix y la amphora vinaria Dressel. Imagen creada con ayuda de Copilot de Microsoft.

A mediados del siglo XX se descubrió que los romanos usaban plomo en tuberías, utensilios y sobre todo en el vino cocido (sapa, defrutum). Eso llevó a pensar que la población —y especialmente las élites— sufría saturnismo crónico.

El defrutum es un vino cocido que se ha reducido su volumen hasta la mitad.

El sapa es aún más reducido que el defrutum, a un tercio o menos.

2. ¿Por qué hoy se considera improbable?

a) Las tuberías de plomo no envenenaban tanto como se pensaba

El agua romana era rica en carbonatos y minerales que formaban una capa interna protectora dentro de las tuberías. Esa capa impedía que el plomo se disolviera en grandes cantidades.

Tuberías romanas de plomo encontradas en el río Ródano cerca de Arlés. Crédito: Ad Meskens / Wikimedia Commons

b) El vino sí contenía plomo, pero no en dosis uniformes

Había vinos muy contaminados… y otros no. Las élites podían exponerse más, pero no toda la población.

c) Los síntomas de saturnismo no coinciden con los problemas sociales del Imperio

El saturnismo causa infertilidad, gota, temblores, problemas cognitivos…
Pero no explica guerras civiles, crisis económicas, invasiones, epidemias, ni la división administrativa del Imperio.

Caída del imperio romano. Imagen creada con la ayuda de Copilot de Microsoft.

d) La caída del Imperio fue un proceso complejo

Hoy se considera multifactorial: 1) Presión militar externa. 2) Crisis fiscales. 3) Inestabilidad política. 4) Epidemias. 5) Cambios climáticos. 6) Transformaciones sociales internas.

El plomo, en el peor de los casos, sería un factor menor y localizado, no una causa estructural.

3. ¿Qué dicen los estudios modernos?

Los análisis de huesos romanos muestran niveles elevados de plomo, sí, pero no lo bastante altos como para causar un colapso civilizatorio. Además, los niveles varían mucho según región, clase social y época.

    Hoy la mayoría de especialistas coincide en que:

    El plomo afectó a individuos, pero no derribó un imperio.

    4. ¿Qué queda de la teoría?

    Sigue siendo un ejemplo fascinante de cómo un detalle cotidiano (el uso del plomo) puede tener consecuencias sanitarias. Pero ya no se considera una explicación válida del declive romano.


    Notas

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    Plomo antiguo para instrumentos modernos

    2 de abril de 2026

    Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 8 de agosto de 2010 llevé el tema del plomo encontrado en pecios romanos y su importancia para la ciencia actual.

    Durante milenios, el plomo fue un metal cotidiano: servía para tuberías, tejados, utensilios domésticos e incluso para endulzar el vino romano. Hoy, sin embargo, ese mismo metal ha adquirido un valor inesperado en un ámbito muy distinto: la física de partículas. Y la razón es sorprendente. El plomo antiguo —el que lleva siglos bajo el mar o en la techumbre de una iglesia medieval— no es radiactivo, mientras que el plomo moderno sí lo es, aunque sea de forma muy tenue.

    Piezas de plomo de un pecio romano de la sala de comercio romano del Museo de Cádiz. La foto es de Jatrobat  y la licencia  Creative Commons Attribution 3.0 Unported license. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Lingotes_de_plomo.jpg

    La diferencia se debe a dos factores. Por un lado, el plomo recién extraído contiene trazas de plomo‑210, un isótopo radiactivo que tarda unos 2.000 años en desaparecer por completo. Por otro, desde mediados del siglo XX, las pruebas nucleares atmosféricas dejaron un fondo radiactivo global que impregnó todos los metales producidos desde entonces. En otras palabras: todo el plomo moderno tiene una huella radiactiva mínima, pero detectable para los instrumentos más sensibles.

    Y ahí está el problema. Detectores de neutrinos, experimentos subterráneos o equipos diseñados para medir señales extremadamente débiles necesitan un blindaje perfecto. Cualquier rastro de radiactividad —aunque sea ínfimo— puede arruinar años de trabajo. Por eso, el plomo antiguo se ha convertido en un material científico de lujo. Los viejos galeones hundidos en los mares tienen un nuevo valor: tienen plomo no radiactivo en sus entrañas.

    El caso más célebre es el del pecio romano hallado en 1991 junto a la isla de Mal di Ventre, cerca de Cerdeña. Transportaba 2.000 lingotes de plomo procedentes de Cartagena, identificados gracias a su “huella dactilar” isotópica. Parte de ese cargamento se ha utilizado en el laboratorio subterráneo de Gran Sasso (Italia), donde recubre detectores de neutrinos capaces de captar señales que atraviesan la Tierra sin inmutarse.

    Ubicación de la isla Mal di Ventre, muy cerca de Cerdeña. Mapa basado en Google Maps.

    La colaboración entre arqueólogos y físicos ha sido ejemplar: los científicos financiaron la extracción y recibieron solo los núcleos deteriorados de los lingotes, preservando para el patrimonio las partes con inscripciones y valor histórico. Hoy, esos fragmentos de metal romano protegen experimentos como CUORE, uno de los observatorios criogénicos más sensibles del mundo.

    El plomo, un metal humilde y a menudo asociado a usos tóxicos del pasado, ha encontrado así un papel inesperado en la frontera de la ciencia moderna. Lo que un día fue carga de un barco hundido, hoy es clave para estudiar las partículas más esquivas del universo.

    En esta misma tertulia surgió el tema de que los romanos usaban el plomo para endulzar el vino. hay que pensar que los vinos de entonces eran bastante malos y el plomo les daba más calidad, pero ese metal es venenoso. Algún contertulio sugirió que el imperio Romano cayó por envenenamiento con plomo… Pero ya se había acabado el tiempo, dejamos el tema para el día siguiente: 9 de agosto.


    Notas

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    La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm

    En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.


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