Con Richard Feynman viajamos a Venus

27 de febrero de 2026

Estos días se está hablando mucho de la vuelta del ser humano a la Luna, pero con una diferencia muy importante respecto a la carrera espacial del siglo pasado. Entonces, en plena Guerra Fría, el objetivo era demostrar quién era superior tecnológicamente: el capitalismo de Estados Unidos o el comunismo de la URSS.

La llegada del ser humano a la Luna terminó pronto, pues ya se habían cumplido los objetivos. Por un lado, demostrar que «nuestra» tecnología era capaz de llevar a un humano a la Luna; por otro, enviar un mensaje menos explícito: si podemos poner un humano en la Luna, también podemos colocar una bomba atómica en un misil intercontinental en cualquier lugar de la Tierra.

Ahora, se dice intencionadamente que el propósito es establecer una colonia lunar para investigar, realizar minería o incluso fabricar productos. Una idea, quizás prematura, es que lanzar satélites desde la Luna es mucho menos costoso que desde la Tierra, tanto para órbitas lunares como terrestres. Si se pudieran construir satélites artificiales en la Luna, su lanzamiento sería muy barato.

En la Luna hay helio-3 [1], uno de los posibles combustibles para las centrales de fusión nuclear. En la Tierra no se encuentra. La minería lunar de este gas tendría mucho sentido.

Robots haciendo minería en la Luna. Imagen creada con ayuda de IA.

Incluso para ir a Marte y establecer una colonia allí, sería mucho más fácil hacerlo desde la Luna que desde la Tierra, siempre que se pudieran fabricar ciertos componentes, como el combustible, en nuestro satélite natural.

Richard Feynman en 1965, cuando recibió en premio Nobel. Fotografía de The Nobel Foundation – http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/physics/laureates/1965/feynman-bio.html, PD-Sweden, https://en.wikipedia.org/w/index.php?curid=34664654

Inesperadamente, vi un vídeo curioso en el que el premio Nobel Richard Feynman [2] expone una idea aparentemente loca: pensar que para una colonia espacial necesitamos pisar suelo (como en Marte) puede llevarnos a errores. La vida en Marte es tremendamente compleja. Y, aunque Feynman falleció en 1988, me sorprendió de nuevo. Digo que me sorprendió de nuevo porque tuve la inmensa suerte de estudiar física con su excelente libro The Feynman Lectures on Physics (1961–1964) [3]. Eran tres volúmenes publicados entre 1961 y 1964. En el prólogo aparecía tocando el bongo, algo poco habitual en un catedrático de una universidad prestigiosa. Empecé a estudiarlo en 1965. Un día, el profesor nos dijo muy contento algo así como: «El autor de vuestro libro de física acaba de recibir el premio Nobel«.

Feynman siempre fue un rompedor, sin duda, una de las mentes más brillantes del siglo XX.

En algunas conferencias y de modo informal en sus clases, comentaba que estábamos equivocados sobre Marte. Su frase más citada es:

«Si alguna vez quisiéramos vivir en Venus, no lo haríamos en la superficie, sino flotando en su atmósfera, donde la presión y la temperatura son como las de la Tierra.»

Caramba, me dije, Feynman propone cambiar el punto de vista: no se necesita suelo para vivir en Venus. Se puede vivir flotando en su atmósfera, donde la presión y la temperatura son similares a las de la Tierra. Su atmósfera es fundamentalmente CO2, por lo tanto no respirable. Pero una persona, simplemente con una escafandra y un traje que lo proteja del ácido sulfúrico de la atmósfera, podría vivir.

Con un traje de buceador que le permitiera respirar y protegerse de la lluvia ácida una persona podría sobrevivir a 55 km de altura en la atmósfera de Venus. Imagen creada con ayuda de varias IA, entre ellas Meta.ai

Una ciudad que estuviera encerrada en una burbuja de aire, como el terrestre, que pesa menos que el CO2 de Venus, flotaría sin problemas. Tendría que ser algo así:

  • Altura: 50–60 km sobre la superficie.
  • Temperatura: entre 0 °C y 50 °C.
  • Presión: igual que en la Tierra.
  • Gravedad: 90% de la terrestre.
  • Luz solar: abundante, ideal para producir energía fotovoltaica.
  • Vientos: Muy fuertes, que podrían usarse para producir energía eólica
Ciudad flotante en Venus. Imagen creada con ayuda de IA.

Un detalle que complica las cosas es que la atmósfera venusiana tiene ácido sulfúrico, por lo que las cúpulas tendrían que soportarlo, por ejemplo, con teflón o polímeros fluorados. Y los paseos fuera de la ciudad se complicarían.

Cómo sería vivir allí:

  • No haría falta traje presurizado dentro de la ciudad.
  • La radiación sería baja gracias a la atmósfera densa.
  • El viento constante permitiría energía eólica.
  • El paisaje sería un mar de nubes amarillas y naranjas, con el Sol filtrándose como a través de un cielo perpetuamente brumoso.

Desarrollo posterior de la idea:

El ingeniero de la NASA Geoffrey Landis [4] tomó la intuición de Feynman y la convirtió en propuestas reales:

  • Bases científicas flotantes.
  • Ciudades habitables a largo plazo.
  • Misiones tripuladas en dirigibles (concepto HAVOC —High Altitude Venus Operational Concept— de NASA [5]).

Landis describe esta región de la atmósfera venusiana como: «El entorno más parecido a la Tierra en todo el Sistema Solar

Pensar de modo distinto:

Lo más fascinante de la propuesta de Richard Feynman sobre ciudades flotantes en Venus no es la ciudad en sí, ni su arquitectura, ni siquiera su viabilidad técnica. Lo verdaderamente revolucionario es el cambio de perspectiva que implica. Feynman nos invita a romper con lo que creemos perfectamente establecido: que colonizar el espacio requiere tierra firme.

Ciudad flotando en la atmósfera de Venus. Imagen creada con ayuda de Copilot.

Durante décadas, la exploración espacial ha estado dominada por la idea de que una colonia necesita suelo. Marte, con su superficie rocosa, se convirtió en el candidato natural. Venus, por el contrario, fue descartado por su superficie infernal: temperaturas de 460 ºC, presión aplastante, lluvia de ácido sulfúrico. Pero Feynman, con su mente libre de prejuicios, se preguntó: ¿y si no necesitamos suelo? ¿Y si el lugar más parecido a la Tierra no está en la superficie de otro planeta, sino en su atmósfera?

A unos 55 km de altura, la atmósfera de Venus ofrece condiciones sorprendentemente similares a las de la Tierra: presión de una atmósfera, temperaturas entre 0 y 50 ºC, protección contra la radiación. Y lo más extraordinario: el aire respirable (mezcla de nitrógeno y oxígeno) es más ligero que el CO₂, por lo que una ciudad llena de aire flotaría por sí sola.

Esta idea me ha recordado a los viajes de Gulliver, concretamente el viaje a Laputa, donde aparecen ciudades flotantes [6]. Feynman no diseñó una ciudad flotante, pero sí nos enseñó algo más profundo: que la ciencia avanza cuando nos atrevemos a pensar diferente. Que la exploración no consiste en repetir modelos, sino en reinventarlos. Que lo verdaderamente valioso no es la solución, sino la pregunta que la hace posible.

Las ciudades-aerostato de Venus son, en el fondo, una metáfora. Una invitación a mirar el universo desde otro ángulo. A cuestionar lo que damos por sentado. A imaginar lo que aún no hemos concebido. Porque a veces, el lugar más habitable está justo donde nadie pensó mirar.



Notas

[1] Wikipedia. Entrada: Helio-3. Helio-3 – Wikipedia, la enciclopedia libre [Consultado 28 de febrero de 2026]

[2] Wikipedia. Entrada: Richard Feynman. https://en.wikipedia.org/wiki/Richard_Feynman [Consultado 28 de febrero de 2026]

[3] Wikipedia. Entrada: The Feynman Lectures on Physics. https://en.wikipedia.org/wiki/The_Feynman_Lectures_on_Physics [Consultado 28 de febrero de 2026]

[4] Wikipedia. Entrada: Geoffrey A. Landis. https://en.wikipedia.org/wiki/Geoffrey_A._Landis [Consultado 28 de febrero de 2026]

[5] Wikipedia. Entrada: High Altitude Venus Operational Concept. https://en.wikipedia.org/wiki/High_Altitude_Venus_Operational_Concept [Consultado 28 de febrero de 2026]

[6] Wikipedia. Entrada: Los viajes de Gulliver. https://es.wikipedia.org/wiki/Los_viajes_de_Gulliver [Consultado 28 de febrero de 2026]


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En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.


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BuenoS díaS

En español es habitual que, por las mañanas, al saludar a una persona se le desee buenos días o buen día. Prefiero la forma en plural, desear un solo día bueno me parece un poco escaso.

Recientemente he estado en un crucero trasatlántico que salía desde Italia. Los pasajeros éramos de muchas nacionalidades. Como es habitual, al entrar en los ascensores, intercambiábamos un saludo. Salvo algunos jóvenes que parecían estar por encima de esas «vulgaridades». Yo solía decir «buenoS díaS», pero los de las demás nacionalidades, incluyendo las de habla hispana, como Argentina o Perú, decían «buen día». Los franceses «bonjour», los ingleses «good morning», los brasileños «bom dia», los alemanes «guten morgen», los italianos «buon giorno» … Todos ellos en singular. Nos deseaban tan solo un día bueno. Y, de repente, me pareció que todos ellos eran sumamente tacaños, sin necesidad; me explico, ¿por qué desear tan solo un buen día y no desear que todos los días sean buenos?

Me pregunté por la razón de esta excepción del español. Bastó una consulta en internet para ver algunas. Una de ellas hablaba de que en la Edad Media las horas canónicas se decían en plural; por ejemplo, maitines, vísperas, laudes… y que eso arrastró a los buenoS díaS. Otros sugieren que ese plural no denota cantidad sino intensidad, poniendo como ejemplo gracias, felicidades, felices fiestas…

Pero la hipótesis que más me gusto fue la del lingüista Salvador Gutiérrez Ordóñez que defiende que procede de la frase «buenos días nos dé Dios» que se fue acortando. A veces el «nos dé» se sustituye por «os dé» Me parece la explicación más correcta porque la frase completa la he oído muchas veces cuando era un poco más joven, en Navarra, León, etc. A mí me gusta más el «nos dé». Prefiero no solo deseárselo a los demás sino a mí mismo también.

Para el próximo año intentaré una fórmula nueva: Me es muy grato desearnos a todos Felices Años Nuevos.



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Meccano

El 15 de mayo de 1863 nacía en Ciudad de México Frank Hornby, inventor del juego Meccano

En uno de esos múltiples vídeos que nos llegan de YouTube he visto a un niño montando un «Tyrannosaurus rex» con piezas de plástico de Meccano. Me ha recordado mis juegos infantiles con ese juguete, aunque hay algunas deferencias. Con el que yo jugaba las piezas eran metálicas y con ellas podía construir grúas, puentes, la torre Eiffel, incluso vías de tren, pero no dinosaurios. Los nuevos, con piezas de plástico, permiten construir dinosaurios, coches de carreras, … las piezas son de plástico. En ambos casos se comparte la idea de que los niños estimulen su creatividad y se atrevan a crear cosas.

En ese momento me he hecho una pregunta muy simple: ¿quién fue el inventor del Meccano? Me ha bastado una sencilla consulta a internet para encontrar que su inventor fue Frank Hornby. Ha habido una casualidad, esta columna se publicará el 15 de mayo y Hornby nació ese mismo día; eso sí, del año 1863. De padres ingleses, nació en Ciudad de México. En 1901 patentó un conjunto de piezas para la construcción de juguetes a las que dio el nombre de Meccano. Además de las muy conocidas tiras metálicas perforadas, también tenía ruedas, bastidores y varias piezas más para permitir la construcción de una amplia variedad de estructuras que animaban a los niños a ser creativos. Ese juego original fue comercializado con el eslogan: «La mecánica hecha fácil» por una tienda de juguetes de Liverpool (Reino Unido).

Construcción hecha con piezas de Meccano. Wikipedia.

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