Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 18 de agosto de 2010 llevé el tema del valle de las ballenas (Wadi Al-Hitan) en el que hay multitud de restos de ballenas donde se ve que eran animales terrestres que se adaptaron a la vida marítima.
Un desierto que fue mar
En pleno desierto occidental de Egipto, a unos 150 kilómetros de El Cairo, se encuentra uno de los yacimientos paleontológicos más importantes del planeta. Wadi Al‑Hitan —el “Valle de las Ballenas”— conserva cientos de esqueletos de cetáceos primitivos que vivieron hace unos 40 millones de años, cuando esta región formaba parte del mar de Tetis, un océano cálido que bañaba el norte de África.
Mar de Trtis hace 40 millones de años. Se ha superpuesto líneas indicando los países actuales. El mapa está hecho por Scotese, Christopher R.; Vérard, Christian; Burgener, Landon; Elling, Reece P.; Kocsis, Ádám T. – «Phanerozoic-scope supplementary material to «The Cretaceous World: Plate Tectonics, Paleogeography, and Paleoclimate (doi:10.1144/sp544-2024-28)» from the PALEOMAP project». doi:10.5281/zenodo.10659112 https://zenodo.org/records/10659112, CC BY 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=155112444
Hoy, donde hubo aguas tropicales, solo hay dunas y silencio. Pero bajo esa arena se esconde una historia crucial: cómo un grupo de mamíferos terrestres regresó al mar y se transformó en las ballenas modernas.
La evolución en directo: Basilosaurus y Dorudon
El valle es célebre por la abundancia y el estado de conservación de dos especies clave:
Basilosaurus isis: un cetáceo alargado, de hasta 18 metros, con cuerpo serpentino y mandíbulas poderosas.
Dorudon atrox: más pequeño, de unos 5 metros, considerado un pariente cercano de las ballenas actuales.
Lo extraordinario es que muchos esqueletos están casi completos, articulados y en posición de vida. Esto permite estudiar detalles anatómicos que rara vez se conservan en otros yacimientos.
Las patas que ya no servían para caminar
Uno de los hallazgos más fascinantes son las extremidades posteriores vestigiales: pequeñas patas que ya no tenían función locomotora, pero que revelan el origen terrestre de los cetáceos. Son la prueba física de una transición evolutiva: animales que aún conservaban rasgos de sus antepasados terrestres, pero que ya vivían plenamente en el mar.
Otra de las características de los basilosaurios es que conservaban dientes.
Basilosaurio isis. Por Ghedoghedo – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=16623229
En Wadi Al‑Hitan, esa transición no es una teoría: está literalmente expuesta sobre la arena.
Un ecosistema desaparecido
Los fósiles no solo cuentan la historia de las ballenas. También aparecen restos de:
Tiburones, serpientes marinas, manatíes primitivos, peces óseos, corales y moluscos, etc.
Todo ello permite reconstruir un ecosistema completo del Eoceno tardío: un mar cálido, poco profundo, lleno de vida. Un mundo perdido que hoy se conserva como una instantánea geológica.
Un paisaje modelado por el viento
El valor científico se combina con un escenario natural sorprendente. Las formaciones arenosas, talladas por la erosión, crean un paisaje casi escultórico. La luz del desierto acentúa los relieves y convierte cada fósil en una aparición. Es un lugar donde la geología y la biología se entrelazan de forma casi teatral.
Fósiles de ballena en el wadi Al-Hitan. Por Foixi de Wikipedia en inglés and Foixi at de.wikipedia – Transferido desde en.wikipedia a Commons por Jalo., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3801866
Patrimonio de la Humanidad
En 2005, la UNESCO declaró Wadi Al‑Hitan Patrimonio Mundial por su excepcional importancia para comprender la evolución de los cetáceos. El sitio está protegido y cuenta con senderos señalizados y un pequeño museo al aire libre que explica la historia del valle con claridad y sin artificios.
La visita es controlada para evitar daños: los fósiles no están encerrados en vitrinas, pero sí cuidadosamente preservados. Es un equilibrio delicado entre conservación y divulgación.
Por qué este lugar es único para la ciencia
Wadi Al‑Hitan destaca por tres razones:
Cantidad: Cientos de esqueletos distribuidos por el valle
Calidad: fósiles completos, articulados y en posición natural.
Contexto: un entorno geológico que permite interpretar cómo vivían estos animales
Es, en esencia, un capítulo de la evolución dejado abierto sobre la superficie del desierto.
Wadi Al‑Hitan no es solo un destino remoto. Es un recordatorio de que la Tierra guarda memorias profundas, escritas en lenguajes que a veces olvidamos: la arena, el hueso, la erosión. Caminar entre ballenas fosilizadas en mitad del Sáhara es comprender que los paisajes cambian, que los océanos se retiran, y que la vida —siempre— encuentra caminos inesperados.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 8 de agosto de 2010 llevé el tema del plomo encontrado en pecios romanos y su importancia para la ciencia actual, tratado en la entrada anterior. Para el 9 de agosto hablamos de la hipótesis de que el imperio romano cayera porque los romanos se envenenaron con el plomo que añadían al vino.
1. ¿De dónde salió la teoría?
Copa de el vidrio soplado tipo calix y la amphora vinaria Dressel. Imagen creada con ayuda de Copilot de Microsoft.
A mediados del siglo XX se descubrió que los romanos usaban plomo en tuberías, utensilios y sobre todo en el vino cocido (sapa, defrutum). Eso llevó a pensar que la población —y especialmente las élites— sufría saturnismo crónico.
El defrutum es un vino cocido que se ha reducido su volumen hasta la mitad.
El sapa es aún más reducido que el defrutum, a un tercio o menos.
2. ¿Por qué hoy se considera improbable?
a) Las tuberías de plomo no envenenaban tanto como se pensaba
El agua romana era rica en carbonatos y minerales que formaban una capa interna protectora dentro de las tuberías. Esa capa impedía que el plomo se disolviera en grandes cantidades.
b) El vino sí contenía plomo, pero no en dosis uniformes
Había vinos muy contaminados… y otros no. Las élites podían exponerse más, pero no toda la población.
c) Los síntomas de saturnismo no coinciden con los problemas sociales del Imperio
El saturnismo causa infertilidad, gota, temblores, problemas cognitivos… Pero no explica guerras civiles, crisis económicas, invasiones, epidemias, ni la división administrativa del Imperio.
Caída del imperio romano. Imagen creada con la ayuda de Copilot de Microsoft.
El plomo, en el peor de los casos, sería un factor menor y localizado, no una causa estructural.
3. ¿Qué dicen los estudios modernos?
Los análisis de huesos romanos muestran niveles elevados de plomo, sí, pero no lo bastante altos como para causar un colapso civilizatorio. Además, los niveles varían mucho según región, clase social y época.
Hoy la mayoría de especialistas coincide en que:
El plomo afectó a individuos, pero no derribó un imperio.
4. ¿Qué queda de la teoría?
Sigue siendo un ejemplo fascinante de cómo un detalle cotidiano (el uso del plomo) puede tener consecuencias sanitarias. Pero ya no se considera una explicación válida del declive romano.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 8 de agosto de 2010 llevé el tema del plomo encontrado en pecios romanos y su importancia para la ciencia actual.
Durante milenios, el plomo fue un metal cotidiano: servía para tuberías, tejados, utensilios domésticos e incluso para endulzar el vino romano. Hoy, sin embargo, ese mismo metal ha adquirido un valor inesperado en un ámbito muy distinto: la física de partículas. Y la razón es sorprendente. El plomo antiguo —el que lleva siglos bajo el mar o en la techumbre de una iglesia medieval— no es radiactivo, mientras que el plomo moderno sí lo es, aunque sea de forma muy tenue.
La diferencia se debe a dos factores. Por un lado, el plomo recién extraído contiene trazas de plomo‑210, un isótopo radiactivo que tarda unos 2.000 años en desaparecer por completo. Por otro, desde mediados del siglo XX, las pruebas nucleares atmosféricas dejaron un fondo radiactivo global que impregnó todos los metales producidos desde entonces. En otras palabras: todo el plomo moderno tiene una huella radiactiva mínima, pero detectable para los instrumentos más sensibles.
Y ahí está el problema. Detectores de neutrinos, experimentos subterráneos o equipos diseñados para medir señales extremadamente débiles necesitan un blindaje perfecto. Cualquier rastro de radiactividad —aunque sea ínfimo— puede arruinar años de trabajo. Por eso, el plomo antiguo se ha convertido en un material científico de lujo. Los viejos galeones hundidos en los mares tienen un nuevo valor: tienen plomo no radiactivo en sus entrañas.
El caso más célebre es el del pecio romano hallado en 1991 junto a la isla de Mal di Ventre, cerca de Cerdeña. Transportaba 2.000 lingotes de plomo procedentes de Cartagena, identificados gracias a su “huella dactilar” isotópica. Parte de ese cargamento se ha utilizado en el laboratorio subterráneo de Gran Sasso (Italia), donde recubre detectores de neutrinos capaces de captar señales que atraviesan la Tierra sin inmutarse.
Ubicación de la isla Mal di Ventre, muy cerca de Cerdeña. Mapa basado en Google Maps.
La colaboración entre arqueólogos y físicos ha sido ejemplar: los científicos financiaron la extracción y recibieron solo los núcleos deteriorados de los lingotes, preservando para el patrimonio las partes con inscripciones y valor histórico. Hoy, esos fragmentos de metal romano protegen experimentos como CUORE, uno de los observatorios criogénicos más sensibles del mundo.
El plomo, un metal humilde y a menudo asociado a usos tóxicos del pasado, ha encontrado así un papel inesperado en la frontera de la ciencia moderna. Lo que un día fue carga de un barco hundido, hoy es clave para estudiar las partículas más esquivas del universo.
En esta misma tertulia surgió el tema de que los romanos usaban el plomo para endulzar el vino. hay que pensar que los vinos de entonces eran bastante malos y el plomo les daba más calidad, pero ese metal es venenoso. Algún contertulio sugirió que el imperio Romano cayó por envenenamiento con plomo… Pero ya se había acabado el tiempo, dejamos el tema para el día siguiente: 9 de agosto.
Si todo sale tal como está previsto dentro de dos días cuatro astronautas saldrán hacia la Luna. Será el primer intento después de 53 años. La última vez fue en diciembre de 1972 con el Apolo 17. Permítanme que use la palabra Apolo (en español) y no la Apollo en inglés.
Si hace cincuenta años la operación se llamaba Apollo, la de hoy se llama Artemis (Artemisa). Casi simultáneamente a la decisión de lanzar Artemisa II hacia la Luna, ocurrió el anuncio de Elon Musk y Space X de un retraso en su pretendida colonia en Marte. Antes de tener una colonia en aquel planeta probarían con una colonia en la Luna.
Pero la Luna no sería nada más que una etapa del destino final: Marte.
Se me ocurrió indagar sobre lo que pensarían de Marte hace cien años. Normalmente, para ver el pensamiento científico y técnico de la España de hace cien años acudo a la revista Madrid Científico. Y dio la casualidad de que en el número de la primera quincena de 1926 hablaban de Marte.
Portada del número 1.159, correspondiente a la primera quincena de Abril de 1926. Obtenido de la Hemeroteca Nacional de España.
Al leer el trabajo La alianza de los mundos, volví a recordar viejos tiempos, cuando leía a Flammarion (La Pluralidad de Mundos habitados), Percival Lowell (Marte y sus canales), Luciano de Samosata… H. G. Wells introducía lago nuevo: los marcianos no eran amigos de cabeza grande, eran enemigos: La guerra de los mundos.
El libro La Pluralidad de los Mundos Habitados de Camille Flammarion, defendía que en Marte había vida vegetal y, casi con seguridad vida inteligente.
Flammarion no era un charlatán, era un astrónomo de reconocido prestigio, por lo que sus ideas tuvieron una enorme aceptación. Posteriormente las fotos desde naves espaciales en Marte demostraron que sus ideas eran fantasías e incluso que sus mapas de figuras vistas en Marte eran producto de su imaginación.
Estoy convencido de que él, de buena fe, creía que Marte estaba habitado y que se trataban de comunicar con nosotros dibujando enormes figuras geométricas en su planeta. Tan grandes que deberían ser vistas por nosotros. Ese era el modo de los marcianos de comunicarse con la Tierra.
Percival Lowell, en la obra Marte y sus canales nos habla de la posibilidad de una civilización en aquel planeta. Al igual que Flammarion, Percival Lowell era astrónomo de reconocido prestigio, por eso su idea de los canales de Marte y su relación con una especie inteligente fue tomada muy en serio.
Los canales vistos por Lowel. Por Percival Lowell – Яков Перельман – «Далёкие миры». СПб, типография Сойкина (English transliteration: Yakov Perelman – «Distant Worlds». St. Petersburg, Soykin printing house), 1914., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1226256
Es curioso que incluso una persona tan interesante como Alfred Russel Wallace (1823–1913). Naturalista y codescubridor de la selección natural junto a Darwin. En su obra Man’s Place in the Universe (1903) discutió la habitabilidad de otros mundos. De Alfred Russel Wallace acabo de hacer una entrada en este blog: https://viajes.ares.fm/?p=19225
Al repasar lo de Wallace he recordado aquella obra satírica de Luciano de Samosata, Historias verdaderas, donde el protagonista, arrastrado por un torbellino, llega hasta la Luna en la que hay habitantes.
Y me vienen a la mente otro montón de obras similares. Incluso el famosísimo Kepler en su obra Somnium (El sueño), nos describe cómo serían los habitantes de los planetas de acuerdo con distancia al Sol. Como no podría ser de otro modo, para Kepler los habitantes de Mercurio serían de fuego. Los de Marte gigantes.
Pero me alejado del objeto de esta entrada. Quiero reproducir lo que se decía en el artículo de portada de Madrid Científico 1.159 de la primera quincena de 1926.
La alianza de los mundos
La idea de tener una raza hermana halaga a la humanidad; y el mismo halago que nos produce nos ha hecho crear varias hipótesis para afirmar la agradable suposición. Unos suponían la existencia de una raza inteligente en los abismos oceánicos; otros, en nuestro satélite; otros, en fin, en las profundidades de la Tierra; pero la más fundamentada es la que supone la población de nuestro vecino, el planeta Marte.
Las minuciosas observaciones de que ha sido objeto demuestran que tiene atmósfera, agua, mares, continentes, y, como si esto fuera poco, ¿cómo explicar si no las figuras geométricas que en diferentes fechas han visto en él los astrónomos? De estas figuras, que pudieran creerse señales por su perfecta regularidad, no hemos visto más que cuatro, y estas en épocas recientes, coincidiendo todas con las máximas aproximaciones periódicas entre Marte y la Tierra cada quince años. Quizá en oposiciones anteriores hayan aparecido otras que no han podido ser observadas por la falta de perfeccionamiento de nuestros telescopios.
El profesor Pickering, astrónomo del Observatorio de Jamaica, explica en el Scientific American detalladamente en qué consistieron las figuras aparecidas en las cuatro últimas oposiciones.
La primera la observó en 1879 el astrónomo italiano Schiaparelli. Consistía en un círculo de 700 kilómetros de radio, aproximadamente del tamaño de la península Ibérica, cruzado por dos diámetros perpendiculares.
En 1894, en el Observatorio de Arequipa, vieron en la superficie de Marte un pentágono regular, de análogo tamaño, con cuatro radios solamente, creyéndose que el quinto estaba cubierto por alguna nube.
Quince años después, los astrónomos se hallaban sobre aviso; la suposición de que Marte estaba habitado tomaba serias proporciones. En el Lowell Observatory [Arizona] vieron un cuadrado con dos diagonales de unos 2.000 kilómetros de longitud.
Hace dos años, la expectación era enorme. Todos los astrónomos se hallaban en observación; sobre el planeta hermano se fijaba la mirada de la humanidad científica. En el Observatorio Lick [San José, California] , pocos días antes de la oposición, distinguieron unas líneas que formaban un pentágono estrellado irregular; poco a poco, a medida que Marte giraba y se aproximaba a su punto más cercano a la Tierra, estas fueron adquiriendo forma; al fin, en el momento culminante de la oposición, en el centro del planeta se vio dibujado con correcta limpieza un pentágono estrellado perfectamente regular.
La enorme extensión de este pentágono (de 2.500 kilómetros de diámetro), dibujado en la superficie esférica de Marte, le hacía aparecer irregular visto desde la Tierra, excepto cuando ocupaba el centro del disco del planeta, lo que ocurrió en el momento de la oposición. Esta ha sido la última observación. ¿Qué nos reservará Marte para dentro de trece años?
Todas estas figuras regulares aparecían formadas por líneas oscuras sobre el fondo rojizo claro de la superficie de Marte, coincidiendo siempre con algunos de los llamados «canales» que lo cruzan en todas direcciones. Es sabido que estos «canales», se supone, son enormes hendiduras semejantes a los canyons que existen en el territorio de Arizona, y que aparecen más oscuros, sin duda por cubrirse de vegetación en su fondo cuando pasa el agua por ellos en los deshielos de la primavera.
Canales de Marte según Schiaparelli en junio de 1888.
También por radio se ha creído recibir señales de Marte. En varias estaciones radiotelegráficas se han oído simultáneamente en ocasiones series de tres puntos seguidos que se repetían varias veces. La gran distancia a que estaban las estaciones receptoras y el recibir las señales con igual intensidad en todas ellas hace suponer que no tenían origen terrestre.
En 1921, coincidiendo con la oposición, se han emitido ondas de 20.000 metros para tratar de comunicar con Marte. Todo inútil: la capa de Heaviside que rodea a la Tierra, a la altura de las capas límites de la atmósfera, impide la salida de las ondas hertzianas terrestres por su gran longitud, pero deja paso a las de mayor frecuencia, como posiblemente eran las de origen extraterrestre [Véase nota 1].
Estas son las razones que la ciencia presenta en pro de la población de Marte; pero la inteligencia aquí se detiene: non plus ultra. Vamos a dejar en libertad de actuar a esa otra facultad psíquica para la cual no hay obstáculos: ni vacíos infinitos ni distancias inconmensurables pueden detenerla, y ella nos dará mejor que nadie una idea de la vida en Marte.
Me acuerdo perfectamente: era una noche estival. Para tratar de calmar mis nervios, vivía en la Sierra, haciendo frecuentes excursiones a los más altos montes, que duraban días enteros, y aquella noche, tendido sobre la última peña de una montaña, contemplaba el cielo, experimentando una deliciosa sensación de vértigo. El firmamento, de una limpidez transparente, se extendía sobre mi cabeza. Los negros valles cubiertos de pinos se retorcían a mis pies. Como una rojiza lámpara suspendida de la bóveda celeste brillaba Marte, destacándose del oscuro cielo.
Esta imagen la he creado yo, a partir de su texto, con la ayuda de Copilot. En el artículo original no había ninguna imagen.
A poco sentí en mis ojos el roce tibio del ala de Morfeo; me rebujé en la manta y…
Una sensación extraña asaltó mi cerebro. Parecía como si un torrente de ideas se precipitase en él, llenándolo todo, y comprendí que no tenía más remedio que soñar en las cosas que siguen.
Me hallé en una estepa desértica que debía hallarse a gran altura, pues casi no podía respirar. Un sol pequeño, crepuscular, alumbraba el inmenso páramo con sus oblicuos rayos. En toda la extensión que abarcaba mi vista no se veía la más miserable planta; por todas partes, una ilimitada llanura de rojiza tierra compacta. Un frío glacial me helaba los huesos; me dispuse a andar, y, a pesar de mi dificultad para respirar, me sentí extraordinariamente ágil: a cada paso que daba avanzaba lo menos seis metros. Entonces intenté correr, y emprendí una carrera desenfrenada, atravesando las rojizas tierras a la velocidad de un tren expreso.
Mientras corría observé que, al llegar el Sol a su ocaso, una minúscula luna aparecía por Occidente, elevándose rápidamente mientras crecía su fase. Otra luna se destacaba casi inmóvil sobre mi cabeza.
A poco me detuve espantado: ante mí se abría un horrible precipicio, una inmensa grieta de monstruosa profundidad. El fondo del abismo, cubierto de un oscuro bosque, estaba cruzado por un curso de agua. Una estrecha rampa abierta en las paredes de la cortadura me permitió descender. Estuve bajando un largo rato, y, a medida que bajaba, el frío disminuía y la dificultad para respirar iba desapareciendo. Al fin me hallé próximo al fondo.
Edificaciones elevadísimas y de una arquitectura inverosímil por lo atrevida rodeaban al canal, en el que multitud de obras hidráulicas permitían interrumpir o desviar el curso del agua. Gran cantidad de extraños seres, de enorme cabeza y débiles y largas extremidades, manejaban el mecanismo de estas obras, mientras otros parecían observar a un lucero azulado que brillaba próximo al horizonte entre la claridad crepuscular…
Imagen en la que he intentado representar el sueño de J. E. Herrera (el autor del artículo). Imagen hecha con IA.
El torrente de ideas se fue debilitando; un frío intenso me hizo estremecer; percibí por última vez aquella sensación extraña, sentí como si de mi cerebro sacasen algo, y dejé de ver aquel misterioso mundo, aquellos seres deformes, el sol pequeño que se ponía…
Abrí los ojos; el cielo, de color pálido, anunciaba el amanecer, destacándose sobre él los montes violetas que me rodeaban. Reconocí en ellos al gigante Peñalara, Cabeza de Hierro, la Maliciosa… Fue un sueño bien extraño. ¿A qué obedecía?
Peñalara desde La Morcuera. Por JURDAN – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6053707
Marte es un planeta mucho más antiguo que la Tierra; sus habitantes, si existen, deben estar mucho más civilizados que nosotros; habrán descubierto cosas en las cuales no soñamos los humanos; los fenómenos psíquicos, la telepatía, por ejemplo, ese misterioso teléfono de las almas, quizá sea de ellos harto conocido [Véase nota 2].
Alguna vez pensé que mi sueño pudiera obedecer a las ondas telepáticas emitidas por medios desconocidos para nosotros, por cerebros marcianos. Puede que yo, con mis nervios en tensión, apartado del bullicio del mundo en la cima de aquel monte y sugestionado por el enigma marciano, fuese un receptor telepático magnífico.
Más tarde he pensado detalladamente en lo que soñé aquella noche, y he encontrado todo perfectamente razonable y de acuerdo con lo que nos enseña la astrofísica respecto a las condiciones de vida en Marte; quizá sus habitantes, distribuyendo la circulación del agua en ciertos canales al acercarse la máxima aproximación a la Tierra cada quince años, favorezcan la rápida vegetación en ellos, presentándonos una figura de dibujo regular por este medio señalada que demuestre a sus vecinos en el espacio la existencia de seres inteligentes.
En efecto, si son ciertas mis suposiciones, la inteligencia de los marcianos debe ser enorme; su civilización, que les permite aprovechar los accidentes geográficos —o, mejor dicho, areográficos— [Véase nota 3] de su planeta, debe ser superior a la nuestra; y su ciencia, que les permite conocer de una manera tan precisa las condiciones de vida de la Tierra y hasta nuestra propia naturaleza, ha de haber alcanzado un alto grado.
Pero ¿por qué suponer, como el célebre novelista inglés Wells, que sus cerebros contienen solo inteligencias frías, incapaces de ningún sentimiento delicado? ¿Por qué suponer que vendrían aquí solo a exterminarnos? El hecho de que nos hagan señales indica que se interesan por nosotros, y no con miras egoístas y hostiles.
Si un marciano pudiera venir aquí, las utilidades que de ello sacaríamos serían inmensas. ¡Cuánto terreno adelantaríamos de un golpe en el camino de la civilización! ¡Cuántos siglos de oscuridad y trabajo nos ahorraríamos!
La idea de tener una raza hermana halaga a la humanidad y debe halagarla, y sus esfuerzos y su inteligencia deben unirse para conseguir descubrirla y relacionarse con ella. «Todo es posible si no encierra contradicción», según la doctrina tomista, y lo mismo que con una civilización rudimentaria se descubrió una raza nueva más allá de los límites del mundo conocido, ¿por qué ahora, con una civilización mucho más poderosa, no se ha de intentar descubrir otra raza, más allá de la inmensidad interplanetaria, que pueble las tierras del cielo?
J. E. Herrera Aguilera
Notas
[1] El autor habla de una longitud de onda de 20.000 metros lo que equivale a una frecuencia de 15 KHz, que es una onda VLF, de muy baja frecuencia. Esa frecuencia no es capaz de atravesar la capa ionizada de Heaviside. Esa capa impide la salida de la tierra de emisiones de radio de muy baja frecuencia, aunque, a la vez permite la transmisión de un lugar a otro de la Tierra, sin visibilidad, gracias al rebote en la ionosfera.
Capa ionizada de Heaviside.Transmisión haciendo que las ondas reboten en la ionosfera. Algunos piensan que la primera transmisión transoceánica de Marconi fue debida al rebote de la señal en la ionosfera. Otros piensan que ni siquiera se recibió.
[2] Es curioso observar que en 1926, en un revista científica, consideraban serio hablar de telepatía.
[3] Geográfico viene de la palabra griega que significa Tierra y que es GEO. Como para los griegos Marte era Ares, de ahí el aerográfico.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 7 de agosto de 2010 llevé el tema del autorretrato de Vigée Le Brun que causó un escándalo en la liberal París. Y todo porque se mostraba abrazando a su hija y a las dos, madre e hija, se les veían los dientes.
la ventaja de un blog en internet sobre una tertulia radiofónica es que aquí se pueden poner imágenes. Una búsqueda en internet nos permite ver muchas copias del famoso retrato que causó el escándalo. He buscado una que se pueda reproducir sin pagar royalties y lo he encontrado en Wikipedia.
Por Élisabeth Vigée-Lebrun – own work, current photo taken by user Cybershot800i., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=150180
A la izquierda tenemos la imagen que fue escandalosa en el siglo XVIII.
Tengo que confesar que me parece un retrato entrañable, una madre abrazando a su hija y tengo que hacer un gran esfuerzo para entender que esto pudiera considerarse escandaloso nada menos que en París.
Pero cuando pienso que hace unas semanas (y hablo el 27 de marzo de 2026) el régimen de Irán ha ejecutado a una mujer porque llevaba el velo mal puesto y se le veían unos pelos, pienso que tal vez, aunque me parezca extraño, no lo sea tanto.
Si se fijan en el cuadro a la niña se le ven los dientes, a la madre, a Élisabeth, también se le ven, pero cuesta más verlos.
La sonrisa del escándalo.
Hay dos razones para el escándalo:
La primera es que en el siglo XVIII, especialmente en Francia, mostrar los dientes en un retrato se consideraba impropio, vulgar y contrario a la decencia femenina. Las mujeres debían aparecer serenas, contenidas y sin gestos que sugirieran espontaneidad o emoción excesiva.
La segunda es casi la misma, esos gestos de amor a su hija, y el que estuviera en su regazo se percibió como una exposición excesivamente íntima, impropia de una artista que ya era figura pública y miembro de la Academia.
Lo que hoy nos parece un gesto inocente —una madre sonriendo con su hija— fue, en su momento, motivo de escándalo. Ese contraste nos recuerda algo esencial: las normas morales no son estáticas, sino construcciones culturales que cambian con cada época. Lo que una sociedad considera apropiado, digno o decoroso depende de sus valores, sus miedos y sus aspiraciones.
En el siglo XVIII, una sonrisa abierta podía interpretarse como falta de autocontrol; la ternura materna, como una intimidad impropia del espacio público; y la autoafirmación de una mujer artista, como una amenaza al orden establecido. Hoy, en cambio, vemos en ese mismo cuadro una reivindicación de autenticidad, sensibilidad y libertad personal.
La obra de Vigée Le Brun nos invita a mirar con distancia crítica nuestras propias normas. Si tantas convenciones del pasado nos parecen hoy absurdas o injustas, quizá también las nuestras sean provisionales. Tal vez dentro de cien años alguien observe nuestras costumbres actuales con la misma mezcla de sorpresa y curiosidad.
El arte, cuando desafía lo que se da por sentado, tiene la capacidad de revelar ese movimiento continuo de la moral. Y en ese sentido, el autorretrato de Vigée Le Brun no solo es un testimonio de su tiempo, sino también un recordatorio de que la libertad de expresión —en la vida y en el arte— siempre empieza por cuestionar lo que otros consideran intocable.
Sospecho, aunque no soy quien para afirmarlo, que en la Edad Media ni mostrar los dientes, ni la niña reposando en la madre, hubiera sido un problema. De hecho hay retratos de la Virgen abrazando al niño Jesús que muestran una naturalidad similar. Tal vez lo que los habitantes de la edad Media considerasen extraño es que no hubiera ningún motivo religioso.
En el renacimiento, el gran Tiziano, pinta algo bastante similar:
Maria mit Kind in einer Abendlandschaft. Museo Pinacoteca Antigua de Munich. Dominio público.
Virgen de Vladímir de Andréi Rubliov, ca. 1410. Por colaboradores de wikipedia en inglés – wikipedia en inglés, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1763805
Lo que sí es cierto es que en ninguna se muestran los dientes. Aunque sí que hay alguna pintura medieval en la que se esboza una sonrisa, no llegan a verse claramente los dientes, pero se insinúan.
Hay lugares que parecen hechos para engañar a los sentidos. El Old Bedford River, un canal perfectamente recto en el este de Inglaterra, es uno de ellos. Su paisaje infinito llevó a algunos a creer que la Tierra era plana… hasta que Alfred Russel Wallace [1] llegó para desmontar el mito con un experimento tan simple como brillante.
Ubicación del Old Bedford River. Basado en un mapa de Google Maps.
En pleno siglo XXI aún hay quien defiende que la Tierra es plana. En el siglo XIX algunos británicos peregrinaban a un canal rectilíneo en Cambridgeshire convencidos de que allí podían demostrarlo. Lo que quizá no imaginaban es que uno de los padres de la teoría de la evolución, Alfred Russel Wallace, acabaría desmontando su “prueba estrella” con un experimento tan elegante como contundente.
Los llamados Fens de Cambridgeshire en su día eran marismas que fueron drenadas. El resultado es una llanura perfectamente plana y muy fertil. Se hicieron algunos canales que eran una línea recta perfecta y, por ello, el lugar ideal para el desarrollo de esta historia. El canal conocido como Old Bedford River, es uno de ellos.
Canal Old Bedfortd River desde la población de Welney. la fotografía es de Bob Jones, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=13229052
En la foto puede verse que, efectivamente, se trata de un canal recto y donde el agua parece ser totalmente plana. Doy las gracias a Bob Jones por permitir usar su fotografía.
Rowbotham y la ilusión óptica
En 1838, Samuel Rowbotham realizó allí una serie de observaciones que interpretó como prueba de que la superficie terrestre no se curvaba. Su razonamiento era sencillo: si la Tierra fuera esférica, un objeto situado a varios kilómetros debería aparecer parcialmente oculto. Como él afirmaba verlo completo, concluyó que la Tierra era plana [2].
Lo que Rowbotham no tuvo en cuenta fue la refracción atmosférica, especialmente intensa a ras del agua. El aire caliente que se eleva desde la superficie del canal actúa como una lente imperfecta que distorsiona la imagen y hace que los objetos parezcan más altos de lo que realmente están. Una ilusión óptica convertida en argumento pseudocientífico. La difracción en la atmósfera causa muchos efectos sorprendentes, por ejemplo la visión de oasis en el desierto, de chacos de agua en las carreteras asfaltadas, pilotos que ven Venus aunque estén debajo del horizonte (lo que ha producido que lo confundan con un ovni), el «fata morgana», la aparición de barcos flotando en el aire y boca abajo, etc.
Wallace entra en escena
En 1870, el terraplanista John Hampden lanzó un desafío público: repetir el experimento del Bedford Level y demostrar, de una vez por todas, si la Tierra era curva o plana. Alfred Russel Wallace, que conocía bien la óptica y la geodesia, aceptó la apuesta.
Su enfoque fue radicalmente distinto al de Rowbotham. Wallace diseñó un montaje preciso y controlado:
Elevó el telescopio a 4 m de altura para evitar la capa de aire más distorsionadora.
Colocó un poste con discos a mitad del recorrido, todos a la misma altura sobre el agua.
Alineó esos discos con una marca situada en un puente lejano.
El resultado era exactamente el que predecía la curvatura terrestre: el disco central aparecía más alto que la marca distante, señal inequívoca de que la superficie del agua descendía siguiendo la curvatura del planeta.
Resultado esperable si la Tierra fuera plana. Lo que se vería a través del telescopio a la derecha. Dibujo de Wiki LIC – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=131330501
Si la Tierra fuera plana los discos tendrían que aparecer a la misma altura que el marcador del final (un cuadrado azul). A la derecha podemos ver lo que se vería por el telescopio.
Resultado esperable si la Tierra fuera curva. Lo que se vería por el telescopio está a la derecha. Dibujo de Wiki LIC – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=131330501
Lo que vio en el experimento fue que los discos estaban más altos. Es decir, Wallace había demostrado experimentalmente lo que la física ya anticipaba desde hacía siglos: que la Tierra es una esfera.
La victoria científica… y el infierno personal
Aunque Wallace ganó la apuesta, la historia no terminó ahí. Hampden, incapaz de aceptar el resultado, lo acusó de fraude, lo llevó a juicio y lo persiguió durante años con amenazas y campañas de difamación. Lo que había empezado como un experimento sencillo se convirtió en una pesadilla legal y personal [2].
Este episodio muestra un patrón que sigue vigente: cuando una creencia se sostiene por convicción ideológica, la evidencia casi nunca basta para convencer e incluso puede ser contraproducente (backfire effect [3]).
Por qué el Bedford Level sigue siendo relevante
El experimento de Wallace es un recordatorio de varias lecciones que no han perdido vigencia:
La observación directa puede engañar si no se controlan variables como la refracción.
El método científico es más fiable que la intuición, por muy convincente que parezca.
Las pseudociencias tienden a reinterpretar o descartar cualquier dato que contradiga sus creencias.
Hoy, el Bedford Level es un lugar tranquilo donde solo se oye el viento y el paso lento del agua. Cuesta imaginar que allí se libró una de las primeras batallas modernas entre ciencia y pseudociencia. Pero recorrer ese canal recto como una flecha es recordar que, incluso en los paisajes más planos, la Tierra sigue siendo curva.
Otra vista del canal Old Bradford River. La fotografia es de Rodney Burton, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1872880
Gracias a Rodney Burton por dejarnos utilizar su fotografía.
Estos días se está hablando mucho de la vuelta del ser humano a la Luna, pero con una diferencia muy importante respecto a la carrera espacial del siglo pasado. Entonces, en plena Guerra Fría, el objetivo era demostrar quién era superior tecnológicamente: el capitalismo de Estados Unidos o el comunismo de la URSS.
La llegada del ser humano a la Luna terminó pronto, pues ya se habían cumplido los objetivos. Por un lado, demostrar que «nuestra» tecnología era capaz de llevar a un humano a la Luna; por otro, enviar un mensaje menos explícito: si podemos poner un humano en la Luna, también podemos colocar una bomba atómica en un misil intercontinental en cualquier lugar de la Tierra.
Ahora, se dice intencionadamente que el propósito es establecer una colonia lunar para investigar, realizar minería o incluso fabricar productos. Una idea, quizás prematura, es que lanzar satélites desde la Luna es mucho menos costoso que desde la Tierra, tanto para órbitas lunares como terrestres. Si se pudieran construir satélites artificiales en la Luna, su lanzamiento sería muy barato.
En la Luna hay helio-3 [1], uno de los posibles combustibles para las centrales de fusión nuclear. En la Tierra no se encuentra. La minería lunar de este gas tendría mucho sentido.
Robots haciendo minería en la Luna. Imagen creada con ayuda de IA.
Incluso para ir a Marte y establecer una colonia allí, sería mucho más fácil hacerlo desde la Luna que desde la Tierra, siempre que se pudieran fabricar ciertos componentes, como el combustible, en nuestro satélite natural.
Richard Feynman en 1965, cuando recibió en premio Nobel. Fotografía de The Nobel Foundation – http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/physics/laureates/1965/feynman-bio.html, PD-Sweden, https://en.wikipedia.org/w/index.php?curid=34664654
Inesperadamente, vi un vídeo curioso en el que el premio Nobel Richard Feynman [2] expone una idea aparentemente loca: pensar que para una colonia espacial necesitamos pisar suelo (como en Marte) puede llevarnos a errores. La vida en Marte es tremendamente compleja. Y, aunque Feynman falleció en 1988, me sorprendió de nuevo. Digo que me sorprendió de nuevo porque tuve la inmensa suerte de estudiar física con su excelente libro The Feynman Lectures on Physics (1961–1964) [3]. Eran tres volúmenes publicados entre 1961 y 1964. En el prólogo aparecía tocando el bongo, algo poco habitual en un catedrático de una universidad prestigiosa. Empecé a estudiarlo en 1965. Un día, el profesor nos dijo muy contento algo así como: «El autor de vuestro libro de física acaba de recibir el premio Nobel«.
Feynman siempre fue un rompedor, sin duda, una de las mentes más brillantes del siglo XX.
En algunas conferencias y de modo informal en sus clases, comentaba que estábamos equivocados sobre Marte. Su frase más citada es:
«Si alguna vez quisiéramos vivir en Venus, no lo haríamos en la superficie, sino flotando en su atmósfera, donde la presión y la temperatura son como las de la Tierra.»
Caramba, me dije, Feynman propone cambiar el punto de vista: no se necesita suelo para vivir en Venus. Se puede vivir flotando en su atmósfera, donde la presión y la temperatura son similares a las de la Tierra. Su atmósfera es fundamentalmente CO2, por lo tanto no respirable. Pero una persona, simplemente con una escafandra y un traje que lo proteja del ácido sulfúrico de la atmósfera, podría vivir.
Con un traje de buceador que le permitiera respirar y protegerse de la lluvia ácida una persona podría sobrevivir a 55 km de altura en la atmósfera de Venus. Imagen creada con ayuda de varias IA, entre ellas Meta.ai
Una ciudad que estuviera encerrada en una burbuja de aire, como el terrestre, que pesa menos que el CO2 de Venus, flotaría sin problemas. Tendría que ser algo así:
Altura: 50–60 km sobre la superficie.
Temperatura: entre 0 °C y 50 °C.
Presión: igual que en la Tierra.
Gravedad: 90% de la terrestre.
Luz solar: abundante, ideal para producir energía fotovoltaica.
Vientos: Muy fuertes, que podrían usarse para producir energía eólica
Ciudad flotante en Venus. Imagen creada con ayuda de IA.
Un detalle que complica las cosas es que la atmósfera venusiana tiene ácido sulfúrico, por lo que las cúpulas tendrían que soportarlo, por ejemplo, con teflón o polímeros fluorados. Y los paseos fuera de la ciudad se complicarían.
Cómo sería vivir allí:
No haría falta traje presurizado dentro de la ciudad.
La radiación sería baja gracias a la atmósfera densa.
El viento constante permitiría energía eólica.
El paisaje sería un mar de nubes amarillas y naranjas, con el Sol filtrándose como a través de un cielo perpetuamente brumoso.
Desarrollo posterior de la idea:
El ingeniero de la NASA Geoffrey Landis [4] tomó la intuición de Feynman y la convirtió en propuestas reales:
Bases científicas flotantes.
Ciudades habitables a largo plazo.
Misiones tripuladas en dirigibles (concepto HAVOC —High Altitude Venus Operational Concept— de NASA [5]).
Landis describe esta región de la atmósfera venusiana como: «El entorno más parecido a la Tierra en todo el Sistema Solar.»
Pensar de modo distinto:
Lo más fascinante de la propuesta de Richard Feynman sobre ciudades flotantes en Venus no es la ciudad en sí, ni su arquitectura, ni siquiera su viabilidad técnica. Lo verdaderamente revolucionario es el cambio de perspectiva que implica. Feynman nos invita a romper con lo que creemos perfectamente establecido: que colonizar el espacio requiere tierra firme.
Ciudad flotando en la atmósfera de Venus. Imagen creada con ayuda de Copilot.
Durante décadas, la exploración espacial ha estado dominada por la idea de que una colonia necesita suelo. Marte, con su superficie rocosa, se convirtió en el candidato natural. Venus, por el contrario, fue descartado por su superficie infernal: temperaturas de 460 ºC, presión aplastante, lluvia de ácido sulfúrico. Pero Feynman, con su mente libre de prejuicios, se preguntó: ¿y si no necesitamos suelo? ¿Y si el lugar más parecido a la Tierra no está en la superficie de otro planeta, sino en su atmósfera?
A unos 55 km de altura, la atmósfera de Venus ofrece condiciones sorprendentemente similares a las de la Tierra: presión de una atmósfera, temperaturas entre 0 y 50 ºC, protección contra la radiación. Y lo más extraordinario: el aire respirable (mezcla de nitrógeno y oxígeno) es más ligero que el CO₂, por lo que una ciudad llena de aire flotaría por sí sola.
Esta idea me ha recordado a los viajes de Gulliver, concretamente el viaje a Laputa, donde aparecen ciudades flotantes [6]. Feynman no diseñó una ciudad flotante, pero sí nos enseñó algo más profundo: que la ciencia avanza cuando nos atrevemos a pensar diferente. Que la exploración no consiste en repetir modelos, sino en reinventarlos. Que lo verdaderamente valioso no es la solución, sino la pregunta que la hace posible.
Las ciudades-aerostato de Venus son, en el fondo, una metáfora. Una invitación a mirar el universo desde otro ángulo. A cuestionar lo que damos por sentado. A imaginar lo que aún no hemos concebido. Porque a veces, el lugar más habitable está justo donde nadie pensó mirar.
La inteligencia artificial generativa de imágenes me parece una mezcla inseparable de genialidad y torpeza.
Desde que se popularizaron, suelo dedicar un rato a jugar con estas herramientas. Me resultan muy útiles para eliminar objetos que estropean una foto, y también para dejar volar la imaginación pidiéndoles cosas poco habituales. Lo que me irrita, en cambio, son las restricciones absurdas que imponen algunas de ellas. Por ejemplo, al intentar mejorar una foto de la Cripta de los Capuchinos de Cádiz —donde, naturalmente, aparecen calaveras y huesos— la IA me respondió que sus normas no le permitían mostrar escenas de muerte. En fin…
Hace unas semanas contemplé una puesta de sol que tiñó de amarillo brillante el horizonte oeste de Fuengirola. Tomé una foto, pero por alguna razón apareció una mancha en la parte superior; quizá puse un dedo delante del objetivo. Decidí usar una IA para eliminarla, pero, probablemente porque no me expliqué bien, el resultado fue lo que se ve abajo.
La imagen final daba la sensación de que sobre Fuengirola flotaba una zanahoria —o quizá una remolacha— recién arrancada de la tierra, con sus raíces colgando. ¿O era una nave alienígena?
Puesta de Sol en Fuengirola. «Arreglada» por una IA.
Me decidí por la idea de que era una nave espacial alienígena y pedí a una IA que me generase un vídeo de su movimiento.
El resultado es sorprendente. La nave espacial que se ha creado a partir de lo que creía que era una remolacha con sus raíces es sumamente imaginativa. La música es mía, creada con ayuda de una IA de composición.
Probé con otra IA, en este caso, con Grok y me dio esta versión:
Hice muchísimas más pruebas, pero no quiero aburrirles. Para acabar, les pongo este vídeo en el que la nave espacial destruye la ciudad.
Pues nada más por hoy, no quiero aburrirles con mis juegos.
Llegó el momento de regresar a casa. Tras haber recorrido los excelentes puertos de Malta —desde el Grand Harbour hasta las calas más discretas— no sorprende que desde la Antigüedad fueran considerados un refugio seguro. Cicerón ya los menciona, y Diodoro Sículo elogia la calidad de sus instalaciones portuarias, capaces de acoger naves en plena tormenta. Y, del mismo modo, tras contemplar la Bahía de San Pablo —donde la tradición sitúa el naufragio y desembarco del Apóstol— se entiende la huella profunda que dejó en estas islas: la Catedral Metropolitana de San Pablo en Mdina, la iglesia de San Pablo en Rabat, la de San Pablo Náufrago en La Valeta… una geografía espiritual que acompaña al viajero en cada paso.
También queda la impronta de los Caballeros de la Orden de San Juan, visible en sus fortificaciones, en sus bastiones imposibles y en aquel hospital del siglo XVI que fue el más avanzado de Europa, diseñado para evitar contagios incluso con todos los enfermos en la misma sala. Atrás quedan los muros de piedra seca y las plantaciones de uva, las islas de Gozo y Comino, la Laguna Azul, las playas y los acantilados, la Gruta Azul, el acuario con sus peces de colores, los fuegos artificiales que saludan el nuevo año… Atrás queda todo, sí, pero también permanece: en la memoria, en la mirada y en esa sensación de haber recorrido un archipiélago pequeño en tamaño pero desbordante en historia, belleza y significado.
Muy pronto, cuando empezaba a amanecer, puntualmente, llegó el taxi que nos llevaría al aeropuerto. Por el camino pudimos contemplar los colores del amanecer.
Los amarillos del amanecer nos dejan entrever, a lo lejos, la basílica de Nuestra Señora del Monte Carmelo en La Valeta.
Traté de hacer zoom hacia la iglesia y lo que obtuve fue esto:
Basílica de Nuestra Señora del Monte Carmelo en la Valeta, sacada desde el taxi que nos llevaba al aeropuerto.
Por muchas veces que los vea, nunca me canso de ver los amarillos y naranjas del amanecer.
Tras hacer el check-in y las esperas correspondientes, subimos al avión de la empresa KM-Malta que nos llevaría a Zurich.
Subiendo a nuestro avión.Detalle de nuestro avión y del aeropuerto.
Dentro del avión había una amplia carta con bebidas y comida.
Carta de bebidas en el avion de KM-Malta. Por ejemplo, Coca-Cola 3,75 €
En la sección de vinos encontré interesante que ofrecían una botellita con uva girgentina que es la variedad típica de Malta. Precio de la botella de 187 mm, 7 €
Vinos en la carta del avión. Caravaggio girgentina 7 €. Prosecco Bottega 200 ml: 9 €.
Entre otras cosas nos decantamos por probar el prosecco.
Prosecco Bottega Gold.
Un rato después nuestro avión sobrevolaba los Alpes suizos.
Vaión de KM Malta volando sobre los Alpes suizos.
Llegamos a Zurich y rápidamente fuimos a la nueva puerta de embarque, la del avión de Swiss que nos llevaría a Málaga.
Tanto el avión de Km Malta como el de Swiss eran el mismo modelo, pero la diferencia de comodidad era enorme: Swiss mucho mejor.
Todo lo que nos ofrecieron gratuitamente a bordo fue una chocolatina.
Chocolatina de Swiss.
Y con el buen sabor del chocolate suizo llegamos a Málaga.
Y así termina este viaje por Malta, con la sensación de que cada rincón —los puertos que aún parecen ofrecer refugio, las iglesias que guardan historias antiguas, los bastiones que miran al mar, las islas que quedaron atrás como un susurro— se ha quedado un poco conmigo. No es solo lo que he visto, sino lo que me llevo: la luz de las mañanas, el rumor de las bahías, el eco de San Pablo, la huella de los Caballeros, el azul imposible de la laguna, los acantilados que parecen no acabar nunca. Todo eso queda ahora en la memoria, como un pequeño archipiélago interior al que podré volver cuando lo necesite. Malta se queda atrás, sí, pero también se queda dentro.
Ruta desde el fuerte San Ángel al restuarante «El Catalán».
Tal como había dicho en la entrada anterior, salimos del fuerte San Ángel y buscamos un sitio donde comer. Google Maps nos señaló dos sitios, pero estaban cerrados, seguimos un poco más adelante, sin rumbo definido, y la aplicación nos señaló el restaurante «El Catalán» abierto.
Normalmente, si estoy en otro país, lo que quiero es probar la comida de ese país. En principio no me interesaba mucho un restaurante catalán, pero, como era el único abierto, fuimos a él. Vimos la carta y había de todo, bastantes platos malteses. Por lo que entramos.
Este restaurante con su nombre en español nos confirma que en Malta hay muchísimas cosas con nombre en español.
El restaurante está al lado del mar, y el paisaje allí es agreste, pero bonito.
El mar delante del restaurante «El catalán».
No hice fotos de la fachada del restaurante, pero pueden verla en Street View de Google:
En la puerta está la carta.
La puerta de entrada a «El catalán».
Nos atendieron rápidamente, nos dieron una mesa, nos trajeron las cartas y una chica muy amable, nos pidió que qué queríamos beber. Pedimos varias cosas, pero a mí, al verlo en la carta, «se me antojó» un prosseco, con un nombre muy curioso Brilla! (La admiración está en el nombre).
Nada más entrar nos encontramos con esta imagen:
Prosecco Brilla!
Hamburguesa con patatas fritas.
Pasta con salsa cremosa de setas y pollo.fettuccine ai funghi.Raviolis rellenos.
Esto fue lo más reseñable. Todo estaba bien cocinado. Un notable al cocinero.
Comimos bien. La tención fue buena. Y el precio razonable.