Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 26 de agosto de 2010, que fue el último de esa temporada, quise despedirme hablando de un posible viaje a la montaña de las golondrinas de piedra.
Ubicación del monte Tai. basado en Google Maps.
Había estado leyendo un libro de geología antiguo (lamento no recordar cuál era) y en un pie de página hablaba de «las golondrinas de piedra» del monte Tai. ¿Golondrinas de piedra? Me llamó tanto la atención que no me quedó más remedio que investigar. No fue fácil. Recuerdo que la acción que me dio muy buen resultado fue traducir mi petición al chino tradicional, y hacer una búsqueda en ese idioma. Encontré cosas sumamente interesantes, por supuesto, una vez traducido el chino a español, pues, por si no lo habían adivinado el chino, para mi es chino.
El monte Tai es uno de los cinco montes sagrados del taoismo. Y en su cumbre hay un templo taoista. El taoísmo (道教, Dàojiào) es una de las grandes tradiciones filosóficas y religiosas de China, centrada en la idea del Tao (道), que puede traducirse como “el Camino” (¿por qué será que me ha recordado a Escrivá de Balaguer?), “la Vía” o “el principio universal”. Esencia del Tao
El Tao es el orden natural del universo, una fuerza que fluye y sostiene todo lo existente. No es un dios ni una entidad personal, sino una realidad profunda que se manifiesta en la armonía entre los opuestos —como el yin y el yang— y en el equilibrio entre acción y quietud.
El monte Tai, con las tiendas de recuerdo a su pie. La imagen la he creado con IA, con ayuda de Copilot de Microsoft.
Piedra ficticia, creada con IA de lo que ven los peregrinos del monte Tai. Creada con Gemini de Google.
En el monte hay una cantera de la que se obtienen muchísimos fósiles de trilobites y unas extrañas «golondrinas de piedra», aunque algunos también las llaman «murciélagos de piedra».
En sus laderas, los peregrinos encuentran un curioso recuerdo: cuadros hechos con piedras fósiles extraídas de la propia montaña. En ellas se dibujan siluetas que evocan golondrinas petrificadas en pleno vuelo, como si una cámara geológica hubiera captado el instante y lo hubiera convertido en roca.
Estas “golondrinas de piedra” no son aves, sino trilobites, criaturas marinas que vivieron hace unos 500 millones de años, cuando el mar cubría lo que hoy es Shandong. La mina del Monte Tai guarda miles de fragmentos fósiles, sobre todo cefalones, la parte anterior del cuerpo del trilobite, dura y resistente, que fosiliza mejor que el resto. Su forma aerodinámica, con lóbulos laterales y una curvatura central, recuerda el vuelo de una golondrina. De ahí el nombre poético que los artesanos locales les dieron.
El trilobites surgió con la explosión del Cámbrico y tiene un cuerpo claramente diferenciadas en tres partes, que vulgarmente podemos llamar cabeza, tronco y cola.
Trilobites. Cefalón (cabeza), Cuerpo (Tórax) y Cola (Pygidium). Imagen creada por Copilot de Microsoft.
¿Qué eran los trilobites?
Los trilobites fueron artrópodos marinos primitivos, antepasados lejanos de los crustáceos y los insectos. Su cuerpo se dividía en tres partes: cefalón (cabeza), tórax (cuerpo segmentado) y pigidio (cola). Tenían un exoesqueleto articulado y ojos compuestos de calcita, una rareza evolutiva. Habitaron los océanos durante más de 270 millones de años, desde el Cámbrico hasta el Pérmico, y desaparecieron antes de que surgieran los dinosaurios. En cierta ocasión, un amigo me enseñó un trilobites fosilizado de modo metálico, parecía de plata, y con un microscopio se podían ver sus ojos. Tengo intención de hablar de los ojos del trilobites en una entrada posterior.
No descendemos directamente de ellos, pero sí compartimos con ellos la herencia estructural de los artrópodos, el grupo que incluye a los insectos, arácnidos y crustáceos. En cierto modo, los trilobites son nuestros primos muy lejanos, testigos de la explosión de vida del Cámbrico.
¿Por qué se conserva el cefalón?
El cefalón era la parte más dura del trilobite, formada por una gruesa capa de calcita y quitina. Al morir, el cuerpo blando se descomponía, pero la cabeza quedaba intacta y se acumulaba en los sedimentos. Con el tiempo, la presión y los minerales del entorno transformaron esas cabezas en fósiles. En el Monte Tai, las capas de roca están tan densamente pobladas de cefalones que, al cortarlas, parecen bandadas de golondrinas petrificadas.
Piedra en la que se ven «golondrinas» petrificadas. Realmente son los cefalones de los trilobites. Imagen creada con IA, con ayuda de Meta-ai de Meta . He pedido a la IA que realce el relieve de los fósiles.
Las “golondrinas de piedra” del Monte Tai son una metáfora perfecta de la memoria del planeta: el vuelo detenido de una vida que fue marina y que hoy adorna los templos taoístas. En cada fósil hay un instante del antiguo mar convertido en arte, una sinfonía de piedra que une ciencia y poesía.
Así con este tema tan sumamente curioso terminé mis intervenciones en las tertulias del Onda Cero en agosto de 2010.
Tan solo me queda agradecer a Onda Cero, al director del programa y a los otros contertulios lo mucho que aprendí con ellos. Un fuerte abrazo
Notas
[1]
Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con
En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero. Las fotos están en muy baja resolución. Si alguien está interesado en obtenerla con mayor resolución, que me las pida.
Contacto con nosotros; el motivo de que no sea una imagen clara es para evitar que los robots la descubran y nos inunden el buzón de basura.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 24 de agosto de 2010 estaba muy reciente la Semana Grande de San Sebastián en la se celebra el Concurso Internacional de Fuegos Artificiales. Y ese fue uno de los temas de los que hablamos.
Fuegos en bahía con barcos. Imagen creada con IA con ayuda de Copilot de Microsoft.
La Semana Grande de San Sebastián suele celebrarse la segunda semana del mes de agosto. Todos los día de esa semana hay fuegos artificiales, aunque el último suele ser el más espectacular.
En la tertulia salió el tema de qué son los fuegos artificiales y sobre todo la mayor parte de preguntas se refirieron a cómo se crean los colores. Obviamente todos dábamos por supuesto que los cohetes suben porque tienen pólvora. La pólvora va mezclada con sales metálicas, en el momento de la explosión dichas sales se calientan muchísimo de tal modo que sus electrones se excitan y al volver al estado normal emiten fotones. La frecuencia de la emisión depende del metal. Por ejemplo:
Rojo — Estroncio (Sr)
Verde — Bario (Ba)
Azul — Cobre (Cu) (uno de los más difíciles de obtener con pureza)
Naranja — Calcio (Ca)
Amarillo — Sodio (Na)
Morado — Mezcla de cobre (azul) y estroncio (rojo)
Sin duda hay más mezclas para obtener otros colores. La temperatura de combustión también es muy importante, la intensidad del color depende de la temperatura. Por ejemplo, si la temperatura es muy alta el azul se degrada. Aunque normalmente sucede lo contrario: si la temperatura es baja la luminosidad es baja.
Por lo tanto, los pirotécnicos tienen que controlar muy bien la mezcla con la que hacen la pólvora y las cantidad de sales.
Vídeo de los fuegos de fin de año en Malta desde La Valeta. El 31 de diciembre de 2025.
Notas
[1]
Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con
En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero. Las fotos están en muy baja resolución. Si alguien está interesado en obtenerla con mayor resolución, que me las pida.
Contacto con nosotros; el motivo de que no sea una imagen clara es para evitar que los robots la descubran y nos inunden el buzón de basura.
Durante décadas, la demografía ha sido un péndulo que oscila entre el pánico y la complacencia. En los años sesenta, el mundo temblaba ante la idea de la superpoblación: Paul Ehrlich anunciaba hambrunas inevitables, los gobiernos diseñaban políticas para frenar la natalidad y la Tierra parecía incapaz de sostener a tantos humanos. En mi opinión, Paul Erlich nunca fue riguroso, sus libros carecían de base científica, pero tuvieron una influencia muy notable. Tengo que confesar que a mí me convencieron sus argumentos y escribí varios artículos sobre el tema. Pero estábamos equivocado. Como veremos más adelante, mi error y el de Erlich fue pensar que la humanidad no evoluciona, que no es capaz de adaptarse a los nuevos problemas. Ese es el error mayúsculo, lo que define nuestra especie es que NOS ADAPTAMOS.
Medio siglo después, el miedo se invirtió. Ya no sobraban personas: faltaban. Europa, Japón, Corea, China… todos empezaron a mirar con inquietud la curva descendente de nacimientos, como si la humanidad hubiera perdido el apetito de futuro.
Hace apenas cinco años, el discurso dominante era apocalíptico. Se hablaba del “invierno demográfico”, del colapso de las pensiones, de sociedades convertidas en geriátricos. Y de ahí la fiebre de las sociedades avanzadas de traer inmigrantes de sociedades menos desarrolladas. Se repetía una idea simple: menos nacimientos significan menos trabajadores, y menos trabajadores significan menos riqueza. La ecuación parecía inapelable.
Pero entonces irrumpió un actor que nadie había invitado a la mesa demográfica: la automatización producida por la informática: máquinas de hacer multitud de trabajos. Por ejemplo, las aplicaciones online de los bancos, disminuyeron la necesidad de personal en oficinas y de oficinas. Hoy estamos viviendo un salto cualitativo en esa automatización: la inteligencia artificial. No es demasiado nueva (mi primer programa que aprendía de su experiencia —lo que hoy llamaríamos Inteligencia artificial— lo escribí en 1968). Lo nuevo es la increíble potencia de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLMs) que son capaces de potenciar enormemente lo que puede hacer cada trabajador.
La fuerza laboral infinita
La historia económica siempre ha sido la historia de cómo multiplicar la fuerza humana. La agricultura multiplicó el brazo; la máquina de vapor multiplicó el músculo; la informática multiplicó la mente. La IA, sin embargo, introduce algo radicalmente nuevo: trabajadores que no nacen, no envejecen, no enferman y no se jubilan.
En 2025 abrió en Japón la primera fábrica completamente automatizada: ni un solo operario humano en la línea de producción.
En 2025 en Japón se inauguró una fábrica totalmente robotizada, sin [casi] operarios humanos. Imagen creada con ayuda de Copilot.
En Corea, los robots industriales superaron en número a los recién nacidos. En Europa, la administración pública comenzó a automatizar trámites enteros, reduciendo la necesidad de personal sin reducir el servicio. Y en Estados Unidos, los modelos de IA generativa ya realizan tareas que antes requerían equipos enteros de profesionales.
La pregunta, entonces, cambia de forma. Ya no es: ¿qué haremos sin jóvenes? Sino: ¿qué haremos con máquinas que producen como si tuviéramos millones de jóvenes?
La paradoja del siglo XXI
La baja natalidad era un problema cuando la productividad crecía lentamente. Pero si un solo trabajador, apoyado por IA, puede producir lo que antes producían cinco, la ecuación se altera. La productividad deja de depender del número de cuerpos y pasa a depender del número de algoritmos.
Los economistas empiezan a hablar de la “elasticidad demográfica de la IA”: la capacidad de la tecnología para compensar la escasez de mano de obra. En países envejecidos, la automatización no destruye empleo: rellena huecos. No desplaza a trabajadores: sustituye a trabajadores que ya no existen.
Es un giro histórico fascinante: la humanidad, que durante milenios necesitó más hijos para producir más riqueza, podría entrar en una era donde los hijos biológicos dejan de ser el motor económico.
Los robots como hijos sustitutos
Hay algo casi simbólico en esta transición.
Durante siglos, tener hijos era una forma de asegurar el futuro: más manos para el campo, más apoyo en la vejez, más continuidad del linaje. Para el campesino de siglos atrás los hijos eran la garantía de continuar con sus tierras y la garantía de que en la vejez alguien les apoyaría (los hijos eran lo que hoy es la Seguridad Social). Hoy, en sociedades urbanas y tecnológicas, los hijos ya no son una necesidad económica, sino una elección emocional. Y mientras la natalidad cae, los robots ocupan silenciosamente ese espacio funcional.
Robots que cuidan ancianos. Robots que limpian. Robots que fabrican. Robots que escriben. Robots que diseñan. Robots que aprenden.
No son hijos, pero cumplen funciones que antes solo podían cumplir los hijos.
El lado oscuro: la IA también enfría la natalidad
Paradójicamente, la misma tecnología que compensa la falta de nacimientos podría estar contribuyendo a ella. Algunos demógrafos señalan que la incertidumbre laboral generada por la automatización desincentiva la maternidad y la paternidad. Otros apuntan a un cambio cultural profundo: si la IA ofrece compañía, entretenimiento, propósito y productividad, ¿qué lugar queda para la crianza en la vida de muchos jóvenes?
La natalidad no cae solo por razones económicas. Cae porque la estructura emocional del mundo ha cambiado.
Un futuro sin catástrofes
Quizá el error de los discursos catastrofistas —tanto los de la superpoblación como los del invierno demográfico— es suponer que la humanidad permanece estática. Nunca lo ha hecho. Cuando faltaron manos, inventamos máquinas. Cuando faltó tiempo, inventamos algoritmos. Cuando faltó fuerza, inventamos motores. Y ahora, cuando faltan nacimientos, inventamos inteligencias.
No sabemos si la IA será la solución definitiva al declive demográfico. Pero sí sabemos algo: la historia humana es la historia de cómo convertimos problemas en herramientas.
Tal vez el futuro no esté en tener más hijos, sino en aprender a convivir con los hijos que hemos creado: los hijos de silicio, los hijos que no nacieron, los hijos que inventamos.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 23 de agosto de 2010 llevé el tema de las velas de espermaceti.
En 2009 empecé a ver la serie de TVE Águila Roja. La serie tenía encanto, ritmo y un Madrid barroco que parecía respirar. Pero había algo que siempre me chirriaba: esas habitaciones inundadas por decenas de velas de cera, brillando como si la luz fuese barata. La historia transcurre hacia 1660, en tiempos de Felipe IV, y el protagonista es un maestro de escuela. ¿De verdad podía un profesor permitirse semejante derroche luminoso? Investigando sobre iluminación histórica, descubrí que incluso las velas de cera (las que aparecían en la serie) eran un lujo… la gente normal usaba velas de sebo, y pocas: la luz era un lujo. Más tarde, ya en el siglo XVII y XIX llegarían otras velas aún más exclusivas: las de espermaceti. Y de ello quise hablar en la tertulia.
Dentro de su enorme cabeza —esa catedral ósea que inspiró mitos y terrores— guarda una sustancia extraña: el espermaceti, una cera pura, casi mineral, que se derrite con el calor de la mano y solidifica en un blanco opalino.
Los naturalistas del XVIII no sabían qué era. Los marineros tampoco. Su nombre parece indicar que es esperma, pero es un error. Es una bola en la cabeza, cuya misión, probablemente es ayudar en la ecolocalización. Todos coincidían en algo: aquello ardía como ninguna otra cosa sobre la Tierra.
Vela y aceite de espermaceti. Av Genevieve Anderson – http://www.marinebio.net/marinescience/06future/wham.htm, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24183274
II. La fiebre de la luz perfecta
Cuando los balleneros de Nueva Inglaterra descubrieron que esa cera producía una llama limpia, sin humo y estable, pues apenas parpadeaba, comenzó una fiebre silenciosa. las velas de sebo producían humo y mal olor. Las de cera de abeja eran mejores, pero también producían un poco de humo y un ligero olor, más agradable que el de las de sebo. Las de espermaceti no echaban humo, no olían, lucían de un modo mucho más brillante, etc.
Los barcos partían hacia el Atlántico Sur, hacia el Índico, hacia cualquier lugar donde un chorro de vapor delatara la presencia del coloso.
En los puertos de Nantucket y New Bedford, los fabricantes de velas competían por cada barril.
El espermaceti se convirtió en oro líquido, en la materia prima de la iluminación más codiciada del mundo.
Una vela de espermaceti no era solo una vela: era estatus, era tecnología, era la promesa de una noche sin humo.
III. El precio de una llama
Para un obrero del siglo XIX, cuyo salario apenas alcanzaba para pan, carbón y techo, encender una vela de espermaceti era un gesto impensable. Su luz equivalía a quemar una parte del jornal, a derretir en unas horas lo que costaba ganar en un día entero.
Por eso estas velas vivían en casas de comerciantes, de científicos, de políticos, de quienes podían permitirse el lujo de iluminar la noche con una claridad casi celestial.
La mayoría seguía viviendo entre sombras.
La luz pura era para unos pocos.
IV. La cultura del mar y el sacrificio
Mientras tanto, en los barcos balleneros, la historia era otra. Los hombres que arrancaban el espermaceti al océano vivían rodeados de aceite hirviendo, de cubiertas resbaladizas, de noches interminables en las que el mar parecía querer tragárselos.
El espermaceti tenía un brillo hermoso, sí, pero su origen era brutal: un intercambio entre la ambición humana y la vida de un animal que había surcado los mares desde antes de que existieran ciudades.
En esa tensión —entre belleza y violencia— nació una cultura marítima que dejó huella en diarios de a bordo, en canciones de marineros, en novelas como Moby Dick.
V. El declive de una llama
La llegada del gas, del queroseno y, finalmente, de la electricidad, apagó lentamente el reinado del espermaceti.
Las velas blancas que habían iluminado laboratorios, salones y faros quedaron relegadas a vitrinas de museos y a la memoria de los viejos puertos.
Hoy, su comercio está prohibido.
El cachalote sigue nadando en las profundidades, libre de aquella persecución industrial que casi lo borró del mapa.
Pero la luz del espermaceti permanece en la historia como un destello breve y perfecto: una llama que unió ciencia, mar y deseo humano de dominar la noche.
VI. Coda
Quizá por eso, cuando pensamos en esas velas, sentimos algo más que nostalgia. Sentimos la paradoja de una luz hermosa nacida de un acto terrible.
Sentimos el eco de un tiempo en que la humanidad buscaba iluminarse a cualquier precio.
Y comprendemos que cada llama tiene su historia, y que algunas —como las del espermaceti— ardieron demasiado brillante para durar.
Hay recuerdos que se quedan grabados no por el lugar, sino por la mezcla improbable de circunstancias que los rodean. El 20 de julio de 1969, mientras el mundo contenía la respiración ante la llegada del ser humano a la Luna, yo estaba en la Academia de la Instrucción Premilitar Superior (centro paralelo a la Academia General Militar de Zaragoza) en El Robledo, en Segovia, cerca de La Granja de San Ildefonso. Vivíamos en tiendas de campaña, nueve cadetes por tienda, y el mayor lujo era que no lloviera. Los exámenes para ser admitido en la academia los recuerdo como muy duros. Tuve que entrenar varios meses en las pistas deportivas de la Universidad Complutense, para lograr los cien metros en no-recuerdo-exactamente-cuantos-segundos, subir una pared con una cuerda, ….
Pero aquel verano, en mi tienda, había un detalle que lo cambiaría todo: uno de mis compañeros era familiar de Neil Armstrong. Sí, del mismísimo primer hombre que iba a pisar la Luna.
La televisión prohibida… salvo para un Armstrong
Las normas militares eran claras: prohibidísimo tener una televisión. Y además, ¿quién iba a tener una tele portátil en 1969?
Pues bien, el familiar de Neil pidió permiso para instalar una. Y se lo concedieron. Y como vivíamos en la misma tienda, me lo concedieron también a mí. Aquello ya era ciencia ficción antes de que empezara la retransmisión.
Montamos el televisor —de 220 voltios— fuera de la tienda, alimentado con baterías de coche y un inversor. Una obra de ingeniería improvisada que hoy haría sonreír a cualquier técnico, pero que entonces nos parecía tan natural como respirar. Ingeniería que hicimos nosotros, los cadetes.
Y allí, bajo el cielo de Segovia, todos los de la tienda vimos cómo Neil Armstrong bajaba del módulo lunar.
🚀 El cadete que explicaba la Luna a capitanes y comandantes
Yo llevaba años siguiendo el programa espacial con pasión. Así que, mientras los demás miraban la pantalla, tenientes, los mandos que se acercaron a nuestra tienda me preguntaban:
¿Cómo habían llegado?
¿Qué propulsor usaba el Saturno V?
¿Cómo era la atmósfera dentro del módulo lunar?
¿Cómo despegarían de la Luna?
¿Cómo regresarían a la Tierra?
Y yo, sin darle importancia, iba explicando todo lo que sabía. Tanto hablamos, tanto expliqué, tanto nos quedamos embobados con la Luna… que casi nos pilló la diana.
🥱 La diana, las botas… y el detalle que faltaba
Dormí tan poco que, cuando sonó la diana, salí a formar con botas, gorra y… calzoncillos. Solo calzoncillos.
La Luna me había dejado en órbita.
El día transcurrió como siempre: clases impartidas por sargentos que explicaban cosas que yo, como ingeniero de telecomunicaciones, conocía al dedillo. Pero aun así aprendí muchísimas cosas prácticas: tender líneas telefónicas, localizar averías por kilómetros, montar enlaces de microondas… y también descubrí que no todos los especialistas militares eran adeptos a Franco. Más bien lo contrario.
🎤 Mi gira lunar por El Robledo
Lo mejor vino al día siguiente.
El comandante de la unidad de zapadores apareció en nuestra tienda para pedirme que diera una charla sobre la llegada a la Luna. A mí. Un simple cadete.
Mi capitán me autorizó, y di la charla a los zapadores. Luego me la pidieron los artilleros. Después la caballería. Y así, uno tras otro, terminé dando conferencias sobre la Luna a todos los cadetes de El Robledo.
Cuando me despedí, el día siguiente de jurar la bandera, los zapadores vinieron a mi tienda y me rindieron honores.
Me emocioné.
🚗 El otro viaje: Robledo–Madrid en 59 minutos
Pero, mientras yo hacía de divulgador improvisado, lo que de verdad esperaba con impaciencia era el fin de semana siguiente. De vez en cuando llevaba un coche al campamento que para mí era un cohete más rápido que el Saturno V, y con él volaba desde El Robledo hasta Madrid.
Robledo–Moncloa en 59 minutos. (Hoy creo que estaba loco, con aquellas carretereas aquel tiempo era una locura).
Hoy me parece una locura, pero entonces era pura necesidad: quería ver a Isabel.
¿Mi novia? Aquella palabra nos sonaba antigua, casi rancia. No sabíamos muy bien cómo llamarlo, pero dejémoslo en novia.
🌙 Lo que queda cuando miro la Luna
Terminé mi formación militar haciendo una investigación seria sobre la transmisión troposcattering, probablemente el experimento científico más riguroso que hice en aquellos años. Pero, cuando pienso en ese verano, no recuerdo los cálculos ni los enlaces de microondas.
Recuerdo una tienda de campaña en Segovia, un televisor imposible alimentado por baterías de coche, un grupo de cadetes medio dormidos mirando a la Luna… y un joven que, sin saberlo, estaba viviendo dos viajes a la vez: uno hacia el futuro de la humanidad, y otro hacia el suyo propio, con un coche que rugía camino de Madrid.
HOY 2026: Miro las noticias. Quiero saber si los astronautas de Artemisa II se acercan a la Luna y si volverán a la Tierra sanos y salvos.
¿Volverán? Creo firmemente que sí.
Notas
[1]
Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con
En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero. Las fotos están en muy baja resolución. Si alguien está interesado en obtenerla con mayor resolución, que me las pida.
Contacto con nosotros; el motivo de que no sea una imagen clara es para evitar que los robots la descubran y nos inunden el buzón de basura.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 18 de agosto de 2010 llevé el tema del valle de las ballenas (Wadi Al-Hitan) en el que hay multitud de restos de ballenas donde se ve que eran animales terrestres que se adaptaron a la vida marítima.
Un desierto que fue mar
En pleno desierto occidental de Egipto, a unos 150 kilómetros de El Cairo, se encuentra uno de los yacimientos paleontológicos más importantes del planeta. Wadi Al‑Hitan —el “Valle de las Ballenas”— conserva cientos de esqueletos de cetáceos primitivos que vivieron hace unos 40 millones de años, cuando esta región formaba parte del mar de Tetis, un océano cálido que bañaba el norte de África.
Mar de Trtis hace 40 millones de años. Se ha superpuesto líneas indicando los países actuales. El mapa está hecho por Scotese, Christopher R.; Vérard, Christian; Burgener, Landon; Elling, Reece P.; Kocsis, Ádám T. – «Phanerozoic-scope supplementary material to «The Cretaceous World: Plate Tectonics, Paleogeography, and Paleoclimate (doi:10.1144/sp544-2024-28)» from the PALEOMAP project». doi:10.5281/zenodo.10659112 https://zenodo.org/records/10659112, CC BY 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=155112444
Hoy, donde hubo aguas tropicales, solo hay dunas y silencio. Pero bajo esa arena se esconde una historia crucial: cómo un grupo de mamíferos terrestres regresó al mar y se transformó en las ballenas modernas.
La evolución en directo: Basilosaurus y Dorudon
El valle es célebre por la abundancia y el estado de conservación de dos especies clave:
Basilosaurus isis: un cetáceo alargado, de hasta 18 metros, con cuerpo serpentino y mandíbulas poderosas.
Dorudon atrox: más pequeño, de unos 5 metros, considerado un pariente cercano de las ballenas actuales.
Lo extraordinario es que muchos esqueletos están casi completos, articulados y en posición de vida. Esto permite estudiar detalles anatómicos que rara vez se conservan en otros yacimientos.
Las patas que ya no servían para caminar
Uno de los hallazgos más fascinantes son las extremidades posteriores vestigiales: pequeñas patas que ya no tenían función locomotora, pero que revelan el origen terrestre de los cetáceos. Son la prueba física de una transición evolutiva: animales que aún conservaban rasgos de sus antepasados terrestres, pero que ya vivían plenamente en el mar.
Otra de las características de los basilosaurios es que conservaban dientes.
Basilosaurio isis. Por Ghedoghedo – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=16623229
En Wadi Al‑Hitan, esa transición no es una teoría: está literalmente expuesta sobre la arena.
Un ecosistema desaparecido
Los fósiles no solo cuentan la historia de las ballenas. También aparecen restos de:
Tiburones, serpientes marinas, manatíes primitivos, peces óseos, corales y moluscos, etc.
Todo ello permite reconstruir un ecosistema completo del Eoceno tardío: un mar cálido, poco profundo, lleno de vida. Un mundo perdido que hoy se conserva como una instantánea geológica.
Un paisaje modelado por el viento
El valor científico se combina con un escenario natural sorprendente. Las formaciones arenosas, talladas por la erosión, crean un paisaje casi escultórico. La luz del desierto acentúa los relieves y convierte cada fósil en una aparición. Es un lugar donde la geología y la biología se entrelazan de forma casi teatral.
Fósiles de ballena en el wadi Al-Hitan. Por Foixi de Wikipedia en inglés and Foixi at de.wikipedia – Transferido desde en.wikipedia a Commons por Jalo., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3801866
Patrimonio de la Humanidad
En 2005, la UNESCO declaró Wadi Al‑Hitan Patrimonio Mundial por su excepcional importancia para comprender la evolución de los cetáceos. El sitio está protegido y cuenta con senderos señalizados y un pequeño museo al aire libre que explica la historia del valle con claridad y sin artificios.
La visita es controlada para evitar daños: los fósiles no están encerrados en vitrinas, pero sí cuidadosamente preservados. Es un equilibrio delicado entre conservación y divulgación.
Por qué este lugar es único para la ciencia
Wadi Al‑Hitan destaca por tres razones:
Cantidad: Cientos de esqueletos distribuidos por el valle
Calidad: fósiles completos, articulados y en posición natural.
Contexto: un entorno geológico que permite interpretar cómo vivían estos animales
Es, en esencia, un capítulo de la evolución dejado abierto sobre la superficie del desierto.
Wadi Al‑Hitan no es solo un destino remoto. Es un recordatorio de que la Tierra guarda memorias profundas, escritas en lenguajes que a veces olvidamos: la arena, el hueso, la erosión. Caminar entre ballenas fosilizadas en mitad del Sáhara es comprender que los paisajes cambian, que los océanos se retiran, y que la vida —siempre— encuentra caminos inesperados.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 8 de agosto de 2010 llevé el tema del plomo encontrado en pecios romanos y su importancia para la ciencia actual, tratado en la entrada anterior. Para el 9 de agosto hablamos de la hipótesis de que el imperio romano cayera porque los romanos se envenenaron con el plomo que añadían al vino.
1. ¿De dónde salió la teoría?
Copa de el vidrio soplado tipo calix y la amphora vinaria Dressel. Imagen creada con ayuda de Copilot de Microsoft.
A mediados del siglo XX se descubrió que los romanos usaban plomo en tuberías, utensilios y sobre todo en el vino cocido (sapa, defrutum). Eso llevó a pensar que la población —y especialmente las élites— sufría saturnismo crónico.
El defrutum es un vino cocido que se ha reducido su volumen hasta la mitad.
El sapa es aún más reducido que el defrutum, a un tercio o menos.
2. ¿Por qué hoy se considera improbable?
a) Las tuberías de plomo no envenenaban tanto como se pensaba
El agua romana era rica en carbonatos y minerales que formaban una capa interna protectora dentro de las tuberías. Esa capa impedía que el plomo se disolviera en grandes cantidades.
b) El vino sí contenía plomo, pero no en dosis uniformes
Había vinos muy contaminados… y otros no. Las élites podían exponerse más, pero no toda la población.
c) Los síntomas de saturnismo no coinciden con los problemas sociales del Imperio
El saturnismo causa infertilidad, gota, temblores, problemas cognitivos… Pero no explica guerras civiles, crisis económicas, invasiones, epidemias, ni la división administrativa del Imperio.
Caída del imperio romano. Imagen creada con la ayuda de Copilot de Microsoft.
El plomo, en el peor de los casos, sería un factor menor y localizado, no una causa estructural.
3. ¿Qué dicen los estudios modernos?
Los análisis de huesos romanos muestran niveles elevados de plomo, sí, pero no lo bastante altos como para causar un colapso civilizatorio. Además, los niveles varían mucho según región, clase social y época.
Hoy la mayoría de especialistas coincide en que:
El plomo afectó a individuos, pero no derribó un imperio.
4. ¿Qué queda de la teoría?
Sigue siendo un ejemplo fascinante de cómo un detalle cotidiano (el uso del plomo) puede tener consecuencias sanitarias. Pero ya no se considera una explicación válida del declive romano.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 8 de agosto de 2010 llevé el tema del plomo encontrado en pecios romanos y su importancia para la ciencia actual.
Durante milenios, el plomo fue un metal cotidiano: servía para tuberías, tejados, utensilios domésticos e incluso para endulzar el vino romano. Hoy, sin embargo, ese mismo metal ha adquirido un valor inesperado en un ámbito muy distinto: la física de partículas. Y la razón es sorprendente. El plomo antiguo —el que lleva siglos bajo el mar o en la techumbre de una iglesia medieval— no es radiactivo, mientras que el plomo moderno sí lo es, aunque sea de forma muy tenue.
La diferencia se debe a dos factores. Por un lado, el plomo recién extraído contiene trazas de plomo‑210, un isótopo radiactivo que tarda unos 2.000 años en desaparecer por completo. Por otro, desde mediados del siglo XX, las pruebas nucleares atmosféricas dejaron un fondo radiactivo global que impregnó todos los metales producidos desde entonces. En otras palabras: todo el plomo moderno tiene una huella radiactiva mínima, pero detectable para los instrumentos más sensibles.
Y ahí está el problema. Detectores de neutrinos, experimentos subterráneos o equipos diseñados para medir señales extremadamente débiles necesitan un blindaje perfecto. Cualquier rastro de radiactividad —aunque sea ínfimo— puede arruinar años de trabajo. Por eso, el plomo antiguo se ha convertido en un material científico de lujo. Los viejos galeones hundidos en los mares tienen un nuevo valor: tienen plomo no radiactivo en sus entrañas.
El caso más célebre es el del pecio romano hallado en 1991 junto a la isla de Mal di Ventre, cerca de Cerdeña. Transportaba 2.000 lingotes de plomo procedentes de Cartagena, identificados gracias a su “huella dactilar” isotópica. Parte de ese cargamento se ha utilizado en el laboratorio subterráneo de Gran Sasso (Italia), donde recubre detectores de neutrinos capaces de captar señales que atraviesan la Tierra sin inmutarse.
Ubicación de la isla Mal di Ventre, muy cerca de Cerdeña. Mapa basado en Google Maps.
La colaboración entre arqueólogos y físicos ha sido ejemplar: los científicos financiaron la extracción y recibieron solo los núcleos deteriorados de los lingotes, preservando para el patrimonio las partes con inscripciones y valor histórico. Hoy, esos fragmentos de metal romano protegen experimentos como CUORE, uno de los observatorios criogénicos más sensibles del mundo.
El plomo, un metal humilde y a menudo asociado a usos tóxicos del pasado, ha encontrado así un papel inesperado en la frontera de la ciencia moderna. Lo que un día fue carga de un barco hundido, hoy es clave para estudiar las partículas más esquivas del universo.
En esta misma tertulia surgió el tema de que los romanos usaban el plomo para endulzar el vino. hay que pensar que los vinos de entonces eran bastante malos y el plomo les daba más calidad, pero ese metal es venenoso. Algún contertulio sugirió que el imperio Romano cayó por envenenamiento con plomo… Pero ya se había acabado el tiempo, dejamos el tema para el día siguiente: 9 de agosto.
Si todo sale tal como está previsto dentro de dos días cuatro astronautas saldrán hacia la Luna. Será el primer intento después de 53 años. La última vez fue en diciembre de 1972 con el Apolo 17. Permítanme que use la palabra Apolo (en español) y no la Apollo en inglés.
Si hace cincuenta años la operación se llamaba Apollo, la de hoy se llama Artemis (Artemisa). Casi simultáneamente a la decisión de lanzar Artemisa II hacia la Luna, ocurrió el anuncio de Elon Musk y Space X de un retraso en su pretendida colonia en Marte. Antes de tener una colonia en aquel planeta probarían con una colonia en la Luna.
Pero la Luna no sería nada más que una etapa del destino final: Marte.
Se me ocurrió indagar sobre lo que pensarían de Marte hace cien años. Normalmente, para ver el pensamiento científico y técnico de la España de hace cien años acudo a la revista Madrid Científico. Y dio la casualidad de que en el número de la primera quincena de 1926 hablaban de Marte.
Portada del número 1.159, correspondiente a la primera quincena de Abril de 1926. Obtenido de la Hemeroteca Nacional de España.
Al leer el trabajo La alianza de los mundos, volví a recordar viejos tiempos, cuando leía a Flammarion (La Pluralidad de Mundos habitados), Percival Lowell (Marte y sus canales), Luciano de Samosata… H. G. Wells introducía lago nuevo: los marcianos no eran amigos de cabeza grande, eran enemigos: La guerra de los mundos.
El libro La Pluralidad de los Mundos Habitados de Camille Flammarion, defendía que en Marte había vida vegetal y, casi con seguridad vida inteligente.
Flammarion no era un charlatán, era un astrónomo de reconocido prestigio, por lo que sus ideas tuvieron una enorme aceptación. Posteriormente las fotos desde naves espaciales en Marte demostraron que sus ideas eran fantasías e incluso que sus mapas de figuras vistas en Marte eran producto de su imaginación.
Estoy convencido de que él, de buena fe, creía que Marte estaba habitado y que se trataban de comunicar con nosotros dibujando enormes figuras geométricas en su planeta. Tan grandes que deberían ser vistas por nosotros. Ese era el modo de los marcianos de comunicarse con la Tierra.
Percival Lowell, en la obra Marte y sus canales nos habla de la posibilidad de una civilización en aquel planeta. Al igual que Flammarion, Percival Lowell era astrónomo de reconocido prestigio, por eso su idea de los canales de Marte y su relación con una especie inteligente fue tomada muy en serio.
Los canales vistos por Lowel. Por Percival Lowell – Яков Перельман – «Далёкие миры». СПб, типография Сойкина (English transliteration: Yakov Perelman – «Distant Worlds». St. Petersburg, Soykin printing house), 1914., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1226256
Es curioso que incluso una persona tan interesante como Alfred Russel Wallace (1823–1913). Naturalista y codescubridor de la selección natural junto a Darwin. En su obra Man’s Place in the Universe (1903) discutió la habitabilidad de otros mundos. De Alfred Russel Wallace acabo de hacer una entrada en este blog: https://viajes.ares.fm/?p=19225
Al repasar lo de Wallace he recordado aquella obra satírica de Luciano de Samosata, Historias verdaderas, donde el protagonista, arrastrado por un torbellino, llega hasta la Luna en la que hay habitantes.
Y me vienen a la mente otro montón de obras similares. Incluso el famosísimo Kepler en su obra Somnium (El sueño), nos describe cómo serían los habitantes de los planetas de acuerdo con distancia al Sol. Como no podría ser de otro modo, para Kepler los habitantes de Mercurio serían de fuego. Los de Marte gigantes.
Pero me alejado del objeto de esta entrada. Quiero reproducir lo que se decía en el artículo de portada de Madrid Científico 1.159 de la primera quincena de 1926.
La alianza de los mundos
La idea de tener una raza hermana halaga a la humanidad; y el mismo halago que nos produce nos ha hecho crear varias hipótesis para afirmar la agradable suposición. Unos suponían la existencia de una raza inteligente en los abismos oceánicos; otros, en nuestro satélite; otros, en fin, en las profundidades de la Tierra; pero la más fundamentada es la que supone la población de nuestro vecino, el planeta Marte.
Las minuciosas observaciones de que ha sido objeto demuestran que tiene atmósfera, agua, mares, continentes, y, como si esto fuera poco, ¿cómo explicar si no las figuras geométricas que en diferentes fechas han visto en él los astrónomos? De estas figuras, que pudieran creerse señales por su perfecta regularidad, no hemos visto más que cuatro, y estas en épocas recientes, coincidiendo todas con las máximas aproximaciones periódicas entre Marte y la Tierra cada quince años. Quizá en oposiciones anteriores hayan aparecido otras que no han podido ser observadas por la falta de perfeccionamiento de nuestros telescopios.
El profesor Pickering, astrónomo del Observatorio de Jamaica, explica en el Scientific American detalladamente en qué consistieron las figuras aparecidas en las cuatro últimas oposiciones.
La primera la observó en 1879 el astrónomo italiano Schiaparelli. Consistía en un círculo de 700 kilómetros de radio, aproximadamente del tamaño de la península Ibérica, cruzado por dos diámetros perpendiculares.
En 1894, en el Observatorio de Arequipa, vieron en la superficie de Marte un pentágono regular, de análogo tamaño, con cuatro radios solamente, creyéndose que el quinto estaba cubierto por alguna nube.
Quince años después, los astrónomos se hallaban sobre aviso; la suposición de que Marte estaba habitado tomaba serias proporciones. En el Lowell Observatory [Arizona] vieron un cuadrado con dos diagonales de unos 2.000 kilómetros de longitud.
Hace dos años, la expectación era enorme. Todos los astrónomos se hallaban en observación; sobre el planeta hermano se fijaba la mirada de la humanidad científica. En el Observatorio Lick [San José, California] , pocos días antes de la oposición, distinguieron unas líneas que formaban un pentágono estrellado irregular; poco a poco, a medida que Marte giraba y se aproximaba a su punto más cercano a la Tierra, estas fueron adquiriendo forma; al fin, en el momento culminante de la oposición, en el centro del planeta se vio dibujado con correcta limpieza un pentágono estrellado perfectamente regular.
La enorme extensión de este pentágono (de 2.500 kilómetros de diámetro), dibujado en la superficie esférica de Marte, le hacía aparecer irregular visto desde la Tierra, excepto cuando ocupaba el centro del disco del planeta, lo que ocurrió en el momento de la oposición. Esta ha sido la última observación. ¿Qué nos reservará Marte para dentro de trece años?
Todas estas figuras regulares aparecían formadas por líneas oscuras sobre el fondo rojizo claro de la superficie de Marte, coincidiendo siempre con algunos de los llamados «canales» que lo cruzan en todas direcciones. Es sabido que estos «canales», se supone, son enormes hendiduras semejantes a los canyons que existen en el territorio de Arizona, y que aparecen más oscuros, sin duda por cubrirse de vegetación en su fondo cuando pasa el agua por ellos en los deshielos de la primavera.
Canales de Marte según Schiaparelli en junio de 1888.
También por radio se ha creído recibir señales de Marte. En varias estaciones radiotelegráficas se han oído simultáneamente en ocasiones series de tres puntos seguidos que se repetían varias veces. La gran distancia a que estaban las estaciones receptoras y el recibir las señales con igual intensidad en todas ellas hace suponer que no tenían origen terrestre.
En 1921, coincidiendo con la oposición, se han emitido ondas de 20.000 metros para tratar de comunicar con Marte. Todo inútil: la capa de Heaviside que rodea a la Tierra, a la altura de las capas límites de la atmósfera, impide la salida de las ondas hertzianas terrestres por su gran longitud, pero deja paso a las de mayor frecuencia, como posiblemente eran las de origen extraterrestre [Véase nota 1].
Estas son las razones que la ciencia presenta en pro de la población de Marte; pero la inteligencia aquí se detiene: non plus ultra. Vamos a dejar en libertad de actuar a esa otra facultad psíquica para la cual no hay obstáculos: ni vacíos infinitos ni distancias inconmensurables pueden detenerla, y ella nos dará mejor que nadie una idea de la vida en Marte.
Me acuerdo perfectamente: era una noche estival. Para tratar de calmar mis nervios, vivía en la Sierra, haciendo frecuentes excursiones a los más altos montes, que duraban días enteros, y aquella noche, tendido sobre la última peña de una montaña, contemplaba el cielo, experimentando una deliciosa sensación de vértigo. El firmamento, de una limpidez transparente, se extendía sobre mi cabeza. Los negros valles cubiertos de pinos se retorcían a mis pies. Como una rojiza lámpara suspendida de la bóveda celeste brillaba Marte, destacándose del oscuro cielo.
Esta imagen la he creado yo, a partir de su texto, con la ayuda de Copilot. En el artículo original no había ninguna imagen.
A poco sentí en mis ojos el roce tibio del ala de Morfeo; me rebujé en la manta y…
Una sensación extraña asaltó mi cerebro. Parecía como si un torrente de ideas se precipitase en él, llenándolo todo, y comprendí que no tenía más remedio que soñar en las cosas que siguen.
Me hallé en una estepa desértica que debía hallarse a gran altura, pues casi no podía respirar. Un sol pequeño, crepuscular, alumbraba el inmenso páramo con sus oblicuos rayos. En toda la extensión que abarcaba mi vista no se veía la más miserable planta; por todas partes, una ilimitada llanura de rojiza tierra compacta. Un frío glacial me helaba los huesos; me dispuse a andar, y, a pesar de mi dificultad para respirar, me sentí extraordinariamente ágil: a cada paso que daba avanzaba lo menos seis metros. Entonces intenté correr, y emprendí una carrera desenfrenada, atravesando las rojizas tierras a la velocidad de un tren expreso.
Mientras corría observé que, al llegar el Sol a su ocaso, una minúscula luna aparecía por Occidente, elevándose rápidamente mientras crecía su fase. Otra luna se destacaba casi inmóvil sobre mi cabeza.
A poco me detuve espantado: ante mí se abría un horrible precipicio, una inmensa grieta de monstruosa profundidad. El fondo del abismo, cubierto de un oscuro bosque, estaba cruzado por un curso de agua. Una estrecha rampa abierta en las paredes de la cortadura me permitió descender. Estuve bajando un largo rato, y, a medida que bajaba, el frío disminuía y la dificultad para respirar iba desapareciendo. Al fin me hallé próximo al fondo.
Edificaciones elevadísimas y de una arquitectura inverosímil por lo atrevida rodeaban al canal, en el que multitud de obras hidráulicas permitían interrumpir o desviar el curso del agua. Gran cantidad de extraños seres, de enorme cabeza y débiles y largas extremidades, manejaban el mecanismo de estas obras, mientras otros parecían observar a un lucero azulado que brillaba próximo al horizonte entre la claridad crepuscular…
Imagen en la que he intentado representar el sueño de J. E. Herrera (el autor del artículo). Imagen hecha con IA.
El torrente de ideas se fue debilitando; un frío intenso me hizo estremecer; percibí por última vez aquella sensación extraña, sentí como si de mi cerebro sacasen algo, y dejé de ver aquel misterioso mundo, aquellos seres deformes, el sol pequeño que se ponía…
Abrí los ojos; el cielo, de color pálido, anunciaba el amanecer, destacándose sobre él los montes violetas que me rodeaban. Reconocí en ellos al gigante Peñalara, Cabeza de Hierro, la Maliciosa… Fue un sueño bien extraño. ¿A qué obedecía?
Peñalara desde La Morcuera. Por JURDAN – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6053707
Marte es un planeta mucho más antiguo que la Tierra; sus habitantes, si existen, deben estar mucho más civilizados que nosotros; habrán descubierto cosas en las cuales no soñamos los humanos; los fenómenos psíquicos, la telepatía, por ejemplo, ese misterioso teléfono de las almas, quizá sea de ellos harto conocido [Véase nota 2].
Alguna vez pensé que mi sueño pudiera obedecer a las ondas telepáticas emitidas por medios desconocidos para nosotros, por cerebros marcianos. Puede que yo, con mis nervios en tensión, apartado del bullicio del mundo en la cima de aquel monte y sugestionado por el enigma marciano, fuese un receptor telepático magnífico.
Más tarde he pensado detalladamente en lo que soñé aquella noche, y he encontrado todo perfectamente razonable y de acuerdo con lo que nos enseña la astrofísica respecto a las condiciones de vida en Marte; quizá sus habitantes, distribuyendo la circulación del agua en ciertos canales al acercarse la máxima aproximación a la Tierra cada quince años, favorezcan la rápida vegetación en ellos, presentándonos una figura de dibujo regular por este medio señalada que demuestre a sus vecinos en el espacio la existencia de seres inteligentes.
En efecto, si son ciertas mis suposiciones, la inteligencia de los marcianos debe ser enorme; su civilización, que les permite aprovechar los accidentes geográficos —o, mejor dicho, areográficos— [Véase nota 3] de su planeta, debe ser superior a la nuestra; y su ciencia, que les permite conocer de una manera tan precisa las condiciones de vida de la Tierra y hasta nuestra propia naturaleza, ha de haber alcanzado un alto grado.
Pero ¿por qué suponer, como el célebre novelista inglés Wells, que sus cerebros contienen solo inteligencias frías, incapaces de ningún sentimiento delicado? ¿Por qué suponer que vendrían aquí solo a exterminarnos? El hecho de que nos hagan señales indica que se interesan por nosotros, y no con miras egoístas y hostiles.
Si un marciano pudiera venir aquí, las utilidades que de ello sacaríamos serían inmensas. ¡Cuánto terreno adelantaríamos de un golpe en el camino de la civilización! ¡Cuántos siglos de oscuridad y trabajo nos ahorraríamos!
La idea de tener una raza hermana halaga a la humanidad y debe halagarla, y sus esfuerzos y su inteligencia deben unirse para conseguir descubrirla y relacionarse con ella. «Todo es posible si no encierra contradicción», según la doctrina tomista, y lo mismo que con una civilización rudimentaria se descubrió una raza nueva más allá de los límites del mundo conocido, ¿por qué ahora, con una civilización mucho más poderosa, no se ha de intentar descubrir otra raza, más allá de la inmensidad interplanetaria, que pueble las tierras del cielo?
J. E. Herrera Aguilera
Notas
[1] El autor habla de una longitud de onda de 20.000 metros lo que equivale a una frecuencia de 15 KHz, que es una onda VLF, de muy baja frecuencia. Esa frecuencia no es capaz de atravesar la capa ionizada de Heaviside. Esa capa impide la salida de la tierra de emisiones de radio de muy baja frecuencia, aunque, a la vez permite la transmisión de un lugar a otro de la Tierra, sin visibilidad, gracias al rebote en la ionosfera.
Capa ionizada de Heaviside.Transmisión haciendo que las ondas reboten en la ionosfera. Algunos piensan que la primera transmisión transoceánica de Marconi fue debida al rebote de la señal en la ionosfera. Otros piensan que ni siquiera se recibió.
[2] Es curioso observar que en 1926, en un revista científica, consideraban serio hablar de telepatía.
[3] Geográfico viene de la palabra griega que significa Tierra y que es GEO. Como para los griegos Marte era Ares, de ahí el aerográfico.
Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 7 de agosto de 2010 llevé el tema del autorretrato de Vigée Le Brun que causó un escándalo en la liberal París. Y todo porque se mostraba abrazando a su hija y a las dos, madre e hija, se les veían los dientes.
la ventaja de un blog en internet sobre una tertulia radiofónica es que aquí se pueden poner imágenes. Una búsqueda en internet nos permite ver muchas copias del famoso retrato que causó el escándalo. He buscado una que se pueda reproducir sin pagar royalties y lo he encontrado en Wikipedia.
Por Élisabeth Vigée-Lebrun – own work, current photo taken by user Cybershot800i., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=150180
A la izquierda tenemos la imagen que fue escandalosa en el siglo XVIII.
Tengo que confesar que me parece un retrato entrañable, una madre abrazando a su hija y tengo que hacer un gran esfuerzo para entender que esto pudiera considerarse escandaloso nada menos que en París.
Pero cuando pienso que hace unas semanas (y hablo el 27 de marzo de 2026) el régimen de Irán ha ejecutado a una mujer porque llevaba el velo mal puesto y se le veían unos pelos, pienso que tal vez, aunque me parezca extraño, no lo sea tanto.
Si se fijan en el cuadro a la niña se le ven los dientes, a la madre, a Élisabeth, también se le ven, pero cuesta más verlos.
La sonrisa del escándalo.
Hay dos razones para el escándalo:
La primera es que en el siglo XVIII, especialmente en Francia, mostrar los dientes en un retrato se consideraba impropio, vulgar y contrario a la decencia femenina. Las mujeres debían aparecer serenas, contenidas y sin gestos que sugirieran espontaneidad o emoción excesiva.
La segunda es casi la misma, esos gestos de amor a su hija, y el que estuviera en su regazo se percibió como una exposición excesivamente íntima, impropia de una artista que ya era figura pública y miembro de la Academia.
Lo que hoy nos parece un gesto inocente —una madre sonriendo con su hija— fue, en su momento, motivo de escándalo. Ese contraste nos recuerda algo esencial: las normas morales no son estáticas, sino construcciones culturales que cambian con cada época. Lo que una sociedad considera apropiado, digno o decoroso depende de sus valores, sus miedos y sus aspiraciones.
En el siglo XVIII, una sonrisa abierta podía interpretarse como falta de autocontrol; la ternura materna, como una intimidad impropia del espacio público; y la autoafirmación de una mujer artista, como una amenaza al orden establecido. Hoy, en cambio, vemos en ese mismo cuadro una reivindicación de autenticidad, sensibilidad y libertad personal.
La obra de Vigée Le Brun nos invita a mirar con distancia crítica nuestras propias normas. Si tantas convenciones del pasado nos parecen hoy absurdas o injustas, quizá también las nuestras sean provisionales. Tal vez dentro de cien años alguien observe nuestras costumbres actuales con la misma mezcla de sorpresa y curiosidad.
El arte, cuando desafía lo que se da por sentado, tiene la capacidad de revelar ese movimiento continuo de la moral. Y en ese sentido, el autorretrato de Vigée Le Brun no solo es un testimonio de su tiempo, sino también un recordatorio de que la libertad de expresión —en la vida y en el arte— siempre empieza por cuestionar lo que otros consideran intocable.
Sospecho, aunque no soy quien para afirmarlo, que en la Edad Media ni mostrar los dientes, ni la niña reposando en la madre, hubiera sido un problema. De hecho hay retratos de la Virgen abrazando al niño Jesús que muestran una naturalidad similar. Tal vez lo que los habitantes de la edad Media considerasen extraño es que no hubiera ningún motivo religioso.
En el renacimiento, el gran Tiziano, pinta algo bastante similar:
Maria mit Kind in einer Abendlandschaft. Museo Pinacoteca Antigua de Munich. Dominio público.
Virgen de Vladímir de Andréi Rubliov, ca. 1410. Por colaboradores de wikipedia en inglés – wikipedia en inglés, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1763805
Lo que sí es cierto es que en ninguna se muestran los dientes. Aunque sí que hay alguna pintura medieval en la que se esboza una sonrisa, no llegan a verse claramente los dientes, pero se insinúan.