31 de marzo de 2026
Si todo sale tal como está previsto dentro de dos días cuatro astronautas saldrán hacia la Luna. Será el primer intento después de 53 años. La última vez fue en diciembre de 1972 con el Apolo 17. Permítanme que use la palabra Apolo (en español) y no la Apollo en inglés.
Si hace cincuenta años la operación se llamaba Apollo, la de hoy se llama Artemis (Artemisa). Casi simultáneamente a la decisión de lanzar Artemisa II hacia la Luna, ocurrió el anuncio de Elon Musk y Space X de un retraso en su pretendida colonia en Marte. Antes de tener una colonia en aquel planeta probarían con una colonia en la Luna.

Pero la Luna no sería nada más que una etapa del destino final: Marte.
Se me ocurrió indagar sobre lo que pensarían de Marte hace cien años. Normalmente, para ver el pensamiento científico y técnico de la España de hace cien años acudo a la revista Madrid Científico. Y dio la casualidad de que en el número de la primera quincena de 1926 hablaban de Marte.

Al leer el trabajo La alianza de los mundos, volví a recordar viejos tiempos, cuando leía a Flammarion (La Pluralidad de Mundos habitados), Percival Lowell (Marte y sus canales), Luciano de Samosata… H. G. Wells introducía lago nuevo: los marcianos no eran amigos de cabeza grande, eran enemigos: La guerra de los mundos.
El libro La Pluralidad de los Mundos Habitados de Camille Flammarion, defendía que en Marte había vida vegetal y, casi con seguridad vida inteligente.
Flammarion no era un charlatán, era un astrónomo de reconocido prestigio, por lo que sus ideas tuvieron una enorme aceptación. Posteriormente las fotos desde naves espaciales en Marte demostraron que sus ideas eran fantasías e incluso que sus mapas de figuras vistas en Marte eran producto de su imaginación.
Estoy convencido de que él, de buena fe, creía que Marte estaba habitado y que se trataban de comunicar con nosotros dibujando enormes figuras geométricas en su planeta. Tan grandes que deberían ser vistas por nosotros. Ese era el modo de los marcianos de comunicarse con la Tierra.
Percival Lowell, en la obra Marte y sus canales nos habla de la posibilidad de una civilización en aquel planeta. Al igual que Flammarion, Percival Lowell era astrónomo de reconocido prestigio, por eso su idea de los canales de Marte y su relación con una especie inteligente fue tomada muy en serio.

Es curioso que incluso una persona tan interesante como Alfred Russel Wallace (1823–1913). Naturalista y codescubridor de la selección natural junto a Darwin. En su obra Man’s Place in the Universe (1903) discutió la habitabilidad de otros mundos. De Alfred Russel Wallace acabo de hacer una entrada en este blog: https://viajes.ares.fm/?p=19225
Al repasar lo de Wallace he recordado aquella obra satírica de Luciano de Samosata, Historias verdaderas, donde el protagonista, arrastrado por un torbellino, llega hasta la Luna en la que hay habitantes.
Y me vienen a la mente otro montón de obras similares. Incluso el famosísimo Kepler en su obra Somnium (El sueño), nos describe cómo serían los habitantes de los planetas de acuerdo con distancia al Sol. Como no podría ser de otro modo, para Kepler los habitantes de Mercurio serían de fuego. Los de Marte gigantes.
Pero me alejado del objeto de esta entrada. Quiero reproducir lo que se decía en el artículo de portada de Madrid Científico 1.159 de la primera quincena de 1926.
La alianza de los mundos
La idea de tener una raza hermana halaga a la humanidad; y el mismo halago que nos produce nos ha hecho crear varias hipótesis para afirmar la agradable suposición. Unos suponían la existencia de una raza inteligente en los abismos oceánicos; otros, en nuestro satélite; otros, en fin, en las profundidades de la Tierra; pero la más fundamentada es la que supone la población de nuestro vecino, el planeta Marte.
Las minuciosas observaciones de que ha sido objeto demuestran que tiene atmósfera, agua, mares, continentes, y, como si esto fuera poco, ¿cómo explicar si no las figuras geométricas que en diferentes fechas han visto en él los astrónomos? De estas figuras, que pudieran creerse señales por su perfecta regularidad, no hemos visto más que cuatro, y estas en épocas recientes, coincidiendo todas con las máximas aproximaciones periódicas entre Marte y la Tierra cada quince años. Quizá en oposiciones anteriores hayan aparecido otras que no han podido ser observadas por la falta de perfeccionamiento de nuestros telescopios.
El profesor Pickering, astrónomo del Observatorio de Jamaica, explica en el Scientific American detalladamente en qué consistieron las figuras aparecidas en las cuatro últimas oposiciones.
La primera la observó en 1879 el astrónomo italiano Schiaparelli. Consistía en un círculo de 700 kilómetros de radio, aproximadamente del tamaño de la península Ibérica, cruzado por dos diámetros perpendiculares.
En 1894, en el Observatorio de Arequipa, vieron en la superficie de Marte un pentágono regular, de análogo tamaño, con cuatro radios solamente, creyéndose que el quinto estaba cubierto por alguna nube.
Quince años después, los astrónomos se hallaban sobre aviso; la suposición de que Marte estaba habitado tomaba serias proporciones. En el Lowell Observatory [Arizona] vieron un cuadrado con dos diagonales de unos 2.000 kilómetros de longitud.
Hace dos años, la expectación era enorme. Todos los astrónomos se hallaban en observación; sobre el planeta hermano se fijaba la mirada de la humanidad científica. En el Observatorio Lick [San José, California] , pocos días antes de la oposición, distinguieron unas líneas que formaban un pentágono estrellado irregular; poco a poco, a medida que Marte giraba y se aproximaba a su punto más cercano a la Tierra, estas fueron adquiriendo forma; al fin, en el momento culminante de la oposición, en el centro del planeta se vio dibujado con correcta limpieza un pentágono estrellado perfectamente regular.
La enorme extensión de este pentágono (de 2.500 kilómetros de diámetro), dibujado en la superficie esférica de Marte, le hacía aparecer irregular visto desde la Tierra, excepto cuando ocupaba el centro del disco del planeta, lo que ocurrió en el momento de la oposición. Esta ha sido la última observación. ¿Qué nos reservará Marte para dentro de trece años?
Todas estas figuras regulares aparecían formadas por líneas oscuras sobre el fondo rojizo claro de la superficie de Marte, coincidiendo siempre con algunos de los llamados «canales» que lo cruzan en todas direcciones. Es sabido que estos «canales», se supone, son enormes hendiduras semejantes a los canyons que existen en el territorio de Arizona, y que aparecen más oscuros, sin duda por cubrirse de vegetación en su fondo cuando pasa el agua por ellos en los deshielos de la primavera.

También por radio se ha creído recibir señales de Marte. En varias estaciones radiotelegráficas se han oído simultáneamente en ocasiones series de tres puntos seguidos que se repetían varias veces. La gran distancia a que estaban las estaciones receptoras y el recibir las señales con igual intensidad en todas ellas hace suponer que no tenían origen terrestre.
En 1921, coincidiendo con la oposición, se han emitido ondas de 20.000 metros para tratar de comunicar con Marte. Todo inútil: la capa de Heaviside que rodea a la Tierra, a la altura de las capas límites de la atmósfera, impide la salida de las ondas hertzianas terrestres por su gran longitud, pero deja paso a las de mayor frecuencia, como posiblemente eran las de origen extraterrestre [Véase nota 1].
Estas son las razones que la ciencia presenta en pro de la población de Marte; pero la inteligencia aquí se detiene: non plus ultra. Vamos a dejar en libertad de actuar a esa otra facultad psíquica para la cual no hay obstáculos: ni vacíos infinitos ni distancias inconmensurables pueden detenerla, y ella nos dará mejor que nadie una idea de la vida en Marte.
Me acuerdo perfectamente: era una noche estival. Para tratar de calmar mis nervios, vivía en la Sierra, haciendo frecuentes excursiones a los más altos montes, que duraban días enteros, y aquella noche, tendido sobre la última peña de una montaña, contemplaba el cielo, experimentando una deliciosa sensación de vértigo. El firmamento, de una limpidez transparente, se extendía sobre mi cabeza. Los negros valles cubiertos de pinos se retorcían a mis pies. Como una rojiza lámpara suspendida de la bóveda celeste brillaba Marte, destacándose del oscuro cielo.

A poco sentí en mis ojos el roce tibio del ala de Morfeo; me rebujé en la manta y…
Una sensación extraña asaltó mi cerebro. Parecía como si un torrente de ideas se precipitase en él, llenándolo todo, y comprendí que no tenía más remedio que soñar en las cosas que siguen.
Me hallé en una estepa desértica que debía hallarse a gran altura, pues casi no podía respirar. Un sol pequeño, crepuscular, alumbraba el inmenso páramo con sus oblicuos rayos. En toda la extensión que abarcaba mi vista no se veía la más miserable planta; por todas partes, una ilimitada llanura de rojiza tierra compacta. Un frío glacial me helaba los huesos; me dispuse a andar, y, a pesar de mi dificultad para respirar, me sentí extraordinariamente ágil: a cada paso que daba avanzaba lo menos seis metros. Entonces intenté correr, y emprendí una carrera desenfrenada, atravesando las rojizas tierras a la velocidad de un tren expreso.
Mientras corría observé que, al llegar el Sol a su ocaso, una minúscula luna aparecía por Occidente, elevándose rápidamente mientras crecía su fase. Otra luna se destacaba casi inmóvil sobre mi cabeza.
A poco me detuve espantado: ante mí se abría un horrible precipicio, una inmensa grieta de monstruosa profundidad. El fondo del abismo, cubierto de un oscuro bosque, estaba cruzado por un curso de agua. Una estrecha rampa abierta en las paredes de la cortadura me permitió descender. Estuve bajando un largo rato, y, a medida que bajaba, el frío disminuía y la dificultad para respirar iba desapareciendo. Al fin me hallé próximo al fondo.
Edificaciones elevadísimas y de una arquitectura inverosímil por lo atrevida rodeaban al canal, en el que multitud de obras hidráulicas permitían interrumpir o desviar el curso del agua. Gran cantidad de extraños seres, de enorme cabeza y débiles y largas extremidades, manejaban el mecanismo de estas obras, mientras otros parecían observar a un lucero azulado que brillaba próximo al horizonte entre la claridad crepuscular…

El torrente de ideas se fue debilitando; un frío intenso me hizo estremecer; percibí por última vez aquella sensación extraña, sentí como si de mi cerebro sacasen algo, y dejé de ver aquel misterioso mundo, aquellos seres deformes, el sol pequeño que se ponía…
Abrí los ojos; el cielo, de color pálido, anunciaba el amanecer, destacándose sobre él los montes violetas que me rodeaban. Reconocí en ellos al gigante Peñalara, Cabeza de Hierro, la Maliciosa… Fue un sueño bien extraño. ¿A qué obedecía?

Marte es un planeta mucho más antiguo que la Tierra; sus habitantes, si existen, deben estar mucho más civilizados que nosotros; habrán descubierto cosas en las cuales no soñamos los humanos; los fenómenos psíquicos, la telepatía, por ejemplo, ese misterioso teléfono de las almas, quizá sea de ellos harto conocido [Véase nota 2].
Alguna vez pensé que mi sueño pudiera obedecer a las ondas telepáticas emitidas por medios desconocidos para nosotros, por cerebros marcianos. Puede que yo, con mis nervios en tensión, apartado del bullicio del mundo en la cima de aquel monte y sugestionado por el enigma marciano, fuese un receptor telepático magnífico.
Más tarde he pensado detalladamente en lo que soñé aquella noche, y he encontrado todo perfectamente razonable y de acuerdo con lo que nos enseña la astrofísica respecto a las condiciones de vida en Marte; quizá sus habitantes, distribuyendo la circulación del agua en ciertos canales al acercarse la máxima aproximación a la Tierra cada quince años, favorezcan la rápida vegetación en ellos, presentándonos una figura de dibujo regular por este medio señalada que demuestre a sus vecinos en el espacio la existencia de seres inteligentes.
En efecto, si son ciertas mis suposiciones, la inteligencia de los marcianos debe ser enorme; su civilización, que les permite aprovechar los accidentes geográficos —o, mejor dicho, areográficos— [Véase nota 3] de su planeta, debe ser superior a la nuestra; y su ciencia, que les permite conocer de una manera tan precisa las condiciones de vida de la Tierra y hasta nuestra propia naturaleza, ha de haber alcanzado un alto grado.
Pero ¿por qué suponer, como el célebre novelista inglés Wells, que sus cerebros contienen solo inteligencias frías, incapaces de ningún sentimiento delicado? ¿Por qué suponer que vendrían aquí solo a exterminarnos? El hecho de que nos hagan señales indica que se interesan por nosotros, y no con miras egoístas y hostiles.
Si un marciano pudiera venir aquí, las utilidades que de ello sacaríamos serían inmensas. ¡Cuánto terreno adelantaríamos de un golpe en el camino de la civilización! ¡Cuántos siglos de oscuridad y trabajo nos ahorraríamos!
La idea de tener una raza hermana halaga a la humanidad y debe halagarla, y sus esfuerzos y su inteligencia deben unirse para conseguir descubrirla y relacionarse con ella. «Todo es posible si no encierra contradicción», según la doctrina tomista, y lo mismo que con una civilización rudimentaria se descubrió una raza nueva más allá de los límites del mundo conocido, ¿por qué ahora, con una civilización mucho más poderosa, no se ha de intentar descubrir otra raza, más allá de la inmensidad interplanetaria, que pueble las tierras del cielo?
J. E. Herrera Aguilera
Notas
[1] El autor habla de una longitud de onda de 20.000 metros lo que equivale a una frecuencia de 15 KHz, que es una onda VLF, de muy baja frecuencia. Esa frecuencia no es capaz de atravesar la capa ionizada de Heaviside. Esa capa impide la salida de la tierra de emisiones de radio de muy baja frecuencia, aunque, a la vez permite la transmisión de un lugar a otro de la Tierra, sin visibilidad, gracias al rebote en la ionosfera.


[2] Es curioso observar que en 1926, en un revista científica, consideraban serio hablar de telepatía.
[3] Geográfico viene de la palabra griega que significa Tierra y que es GEO. Como para los griegos Marte era Ares, de ahí el aerográfico.

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