4 de enero de 2026
Llegó el momento de regresar a casa. Tras haber recorrido los excelentes puertos de Malta —desde el Grand Harbour hasta las calas más discretas— no sorprende que desde la Antigüedad fueran considerados un refugio seguro. Cicerón ya los menciona, y Diodoro Sículo elogia la calidad de sus instalaciones portuarias, capaces de acoger naves en plena tormenta. Y, del mismo modo, tras contemplar la Bahía de San Pablo —donde la tradición sitúa el naufragio y desembarco del Apóstol— se entiende la huella profunda que dejó en estas islas: la Catedral Metropolitana de San Pablo en Mdina, la iglesia de San Pablo en Rabat, la de San Pablo Náufrago en La Valeta… una geografía espiritual que acompaña al viajero en cada paso.
También queda la impronta de los Caballeros de la Orden de San Juan, visible en sus fortificaciones, en sus bastiones imposibles y en aquel hospital del siglo XVI que fue el más avanzado de Europa, diseñado para evitar contagios incluso con todos los enfermos en la misma sala. Atrás quedan los muros de piedra seca y las plantaciones de uva, las islas de Gozo y Comino, la Laguna Azul, las playas y los acantilados, la Gruta Azul, el acuario con sus peces de colores, los fuegos artificiales que saludan el nuevo año… Atrás queda todo, sí, pero también permanece: en la memoria, en la mirada y en esa sensación de haber recorrido un archipiélago pequeño en tamaño pero desbordante en historia, belleza y significado.
Muy pronto, cuando empezaba a amanecer, puntualmente, llegó el taxi que nos llevaría al aeropuerto. Por el camino pudimos contemplar los colores del amanecer.

Traté de hacer zoom hacia la iglesia y lo que obtuve fue esto:

Por muchas veces que los vea, nunca me canso de ver los amarillos y naranjas del amanecer.
Tras hacer el check-in y las esperas correspondientes, subimos al avión de la empresa KM-Malta que nos llevaría a Zurich.


Dentro del avión había una amplia carta con bebidas y comida.
En la sección de vinos encontré interesante que ofrecían una botellita con uva girgentina que es la variedad típica de Malta. Precio de la botella de 187 mm, 7 €
Entre otras cosas nos decantamos por probar el prosecco.

Un rato después nuestro avión sobrevolaba los Alpes suizos.

Llegamos a Zurich y rápidamente fuimos a la nueva puerta de embarque, la del avión de Swiss que nos llevaría a Málaga.
Tanto el avión de Km Malta como el de Swiss eran el mismo modelo, pero la diferencia de comodidad era enorme: Swiss mucho mejor.
Todo lo que nos ofrecieron gratuitamente a bordo fue una chocolatina.

Y con el buen sabor del chocolate suizo llegamos a Málaga.
Y así termina este viaje por Malta, con la sensación de que cada rincón —los puertos que aún parecen ofrecer refugio, las iglesias que guardan historias antiguas, los bastiones que miran al mar, las islas que quedaron atrás como un susurro— se ha quedado un poco conmigo. No es solo lo que he visto, sino lo que me llevo: la luz de las mañanas, el rumor de las bahías, el eco de San Pablo, la huella de los Caballeros, el azul imposible de la laguna, los acantilados que parecen no acabar nunca. Todo eso queda ahora en la memoria, como un pequeño archipiélago interior al que podré volver cuando lo necesite. Malta se queda atrás, sí, pero también se queda dentro.
Notas
[1]

La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm
En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.
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