27 de febrero de 2026
Estos días se está hablando mucho de la vuelta del ser humano a la Luna, pero con una diferencia muy importante respecto a la carrera espacial del siglo pasado. Entonces, en plena Guerra Fría, el objetivo era demostrar quién era superior tecnológicamente: el capitalismo de Estados Unidos o el comunismo de la URSS.
La llegada del ser humano a la Luna terminó pronto, pues ya se habían cumplido los objetivos. Por un lado, demostrar que «nuestra» tecnología era capaz de llevar a un humano a la Luna; por otro, enviar un mensaje menos explícito: si podemos poner un humano en la Luna, también podemos colocar una bomba atómica en un misil intercontinental en cualquier lugar de la Tierra.
Ahora, se dice intencionadamente que el propósito es establecer una colonia lunar para investigar, realizar minería o incluso fabricar productos. Una idea, quizás prematura, es que lanzar satélites desde la Luna es mucho menos costoso que desde la Tierra. Si se pudieran construir satélites artificiales en la Luna, su lanzamiento sería muy barato.
En la Luna hay helio-3, uno de los posibles combustibles para las centrales de fusión nuclear. En la Tierra no se encuentra. La minería lunar de este gas tendría mucho sentido.
Incluso para ir a Marte y establecer una colonia allí, sería mucho más fácil hacerlo desde la Luna que desde la Tierra, siempre que se pudieran fabricar ciertos componentes, como el combustible, en nuestro satélite natural.

Inesperadamente, vi un vídeo curioso en el que el premio Nobel Richard Feynman expone una idea aparentemente loca: pensar que para una colonia espacial necesitamos pisar suelo (como en Marte) puede llevarnos a errores. La vida en Marte es tremendamente compleja. Y, aunque Feynman falleció en 1988, me sorprendió de nuevo. Digo que me sorprendió de nuevo porque tuve la inmensa suerte de estudiar física con su excelente libro The Feynman Lectures on Physics (1961–1964). Eran tres volúmenes publicados entre 1961 y 1964. En el prólogo aparecía tocando el bongo, algo poco habitual en un catedrático de una universidad prestigiosa. Empecé a estudiarlo en 1965. Un día, el profesor nos dijo muy contento algo así como: «El autor de vuestro libro de física acaba de recibir el premio Nobel».
Feynman siempre fue un rompedor, sin duda una de las mentes más brillantes del siglo XX.
En algunas conferencias y de modo informal en sus clases, comentaba que estábamos equivocados sobre Marte. Su frase más citada es:
«Si alguna vez quisiéramos vivir en Venus, no lo haríamos en la superficie, sino flotando en su atmósfera, donde la presión y la temperatura son como las de la Tierra.»
Caramba, me dije, Feynman propone cambiar el punto de vista: no se necesita suelo para vivir en Venus. Se puede vivir flotando en su atmósfera, donde la presión y la temperatura son similares a las de la Tierra. La atmósfera es fundamentalmente CO2, por lo tanto no respirable. Pero una persona, simplemente con una escafandra y un traje que lo proteja del ácido sulfúrico de la atmósfera, podría vivir.

Una ciudad que estuviera encerrada en una burbuja de aire, como el terrestre, que pesa menos que el CO2 de Venus, flotaría sin problemas.
Una ciudad flotante en Venus tendría que ser algo así:
- Altura: 50–60 km sobre la superficie.
- Temperatura: entre 0 °C y 50 °C.
- Presión: igual que en la Tierra.
- Gravedad: 90% de la terrestre.
- Luz solar: abundante, ideal para producir energía fotovoltaica.
- Vientos: Muy fuertes, que podrían usarse para producir energía eólica
Un detalle que complica las cosas es que la atmósfera venusiana tiene ácido sulfúrico, por lo que las cúpulas tendrían que soportarlo, por ejemplo, con teflón o polímeros fluorados. Y los paseos fuera de la ciudad se complicarían.
Cómo sería vivir allí:
- No haría falta traje presurizado dentro de la ciudad.
- La radiación sería baja gracias a la atmósfera densa.
- El viento constante permitiría energía eólica.
- El paisaje sería un mar de nubes amarillas y naranjas, con el Sol filtrándose como a través de un cielo perpetuamente brumoso.
Desarrollo posterior de la idea:
El ingeniero de la NASA Geoffrey Landis tomó la intuición de Feynman y la convirtió en propuestas reales:
- Bases científicas flotantes.
- Ciudades habitables a largo plazo.
- Misiones tripuladas en dirigibles (concepto HAVOC de NASA).
Landis describe esta región como: «El entorno más parecido a la Tierra en todo el Sistema Solar.«
Pensar de modo distinto:
Lo más fascinante de la propuesta de Richard Feynman sobre ciudades flotantes en Venus no es la ciudad en sí, ni su arquitectura, ni siquiera su viabilidad técnica. Lo verdaderamente revolucionario es el cambio de perspectiva que implica. Feynman nos invita a romper con lo que creemos perfectamente establecido: que colonizar el espacio requiere tierra firme.
Durante décadas, la exploración espacial ha estado dominada por la idea de que una colonia necesita suelo. Marte, con su superficie rocosa, se convirtió en el candidato natural. Venus, por el contrario, fue descartado por su superficie infernal: temperaturas de 460 ºC, presión aplastante, lluvia de ácido sulfúrico. Pero Feynman, con su mente libre de prejuicios, se preguntó: ¿y si no necesitamos suelo? ¿Y si el lugar más parecido a la Tierra no está en la superficie de otro planeta, sino en su atmósfera?
A unos 55 km de altura, la atmósfera de Venus ofrece condiciones sorprendentemente similares a las de la Tierra: presión de 1 atmósfera, temperaturas entre 0 y 50 ºC, protección contra la radiación. Y lo más extraordinario: el aire respirable (mezcla de nitrógeno y oxígeno) es más ligero que el CO₂, por lo que una ciudad llena de aire flotaría por sí sola.
Esta idea recuerda a los viajes de Gulliver, donde lo imposible se vuelve cotidiano. Feynman no diseñó una ciudad flotante, pero sí nos enseñó algo más profundo: que la ciencia avanza cuando nos atrevemos a pensar diferente. Que la exploración no consiste en repetir modelos, sino en reinventarlos. Que lo verdaderamente valioso no es la solución, sino la pregunta que la hace posible.
Las ciudades-aerostato de Venus son, en el fondo, una metáfora. Una invitación a mirar el universo desde otro ángulo. A cuestionar lo que damos por sentado. A imaginar lo que aún no hemos concebido. Porque a veces, el lugar más habitable está justo donde nadie pensó mirar.
Notas
[1]

La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm
En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.
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