Velas de espemaceti: La luz que surgió del abismo

8 de abril de 2026

Durante muchos años fui tertuliano en varias emisoras de radio y de televisión. La colaboración más larga que he tenido ha sido en Onda Cero donde he colaborado durante aproximadamente 34 años. Estoy haciendo una revisión de mis notas. Para el programa del 23 de agosto de 2010 llevé el tema de las velas de espermaceti.

En 2009 empecé a ver la serie de TVE Águila Roja. La serie tenía encanto, ritmo y un Madrid barroco que parecía respirar. Pero había algo que siempre me chirriaba: esas habitaciones inundadas por decenas de velas de cera, brillando como si la luz fuese barata. La historia transcurre hacia 1660, en tiempos de Felipe IV, y el protagonista es un maestro de escuela. ¿De verdad podía un profesor permitirse semejante derroche luminoso? Investigando sobre iluminación histórica, descubrí que incluso las velas de cera (las que aparecían en la serie) eran un lujo… la gente normal usaba velas de sebo, y pocas: la luz era un lujo. Más tarde, ya en el siglo XVII y XIX llegarían otras velas aún más exclusivas: las de espermaceti. Y de ello quise hablar en la tertulia.

Vista de la Puerta de Atocha con la fuente que se halla en sus inmediacions en el Paseo del Prado. Grabado de Vicente Camarón (Museo Municipal de Madrid). Autor de la foto Calderón. Dominio Público. File:Puerta de Atocha (Madrid).jpg – Wikimedia Commons

I. El tesoro oculto en la frente del océano

En las profundidades donde el sol no se atreve a descender, el cachalote navega con la solemnidad de un templo en movimiento.

Un grupo de cachalotes cerca de la costa de Mauricio. Autor: Gabriel Barathieu. This file is licensed under the Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic license. File:Sperm whale pod.jpg – Wikimedia Commons


Dentro de su enorme cabeza —esa catedral ósea que inspiró mitos y terrores— guarda una sustancia extraña: el espermaceti, una cera pura, casi mineral, que se derrite con el calor de la mano y solidifica en un blanco opalino.

Grabado de hombres cazando ballenas con harpones. Autor foto: Wainuiomartian. This work has been released into the public domain by the author on Flickr, where the author has declared it as a «Public Domain Work» and tagged it with the Creative Commons Public Domain Mark. File:Whale fishing.jpg – Wikimedia Commons

Los naturalistas del XVIII no sabían qué era. Los marineros tampoco. Su nombre parece indicar que es esperma, pero es un error. Es una bola en la cabeza, cuya misión, probablemente es ayudar en la ecolocalización. Todos coincidían en algo: aquello ardía como ninguna otra cosa sobre la Tierra.

Vela y aceite de espermaceti. Av Genevieve Anderson – http://www.marinebio.net/marinescience/06future/wham.htm, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24183274

II. La fiebre de la luz perfecta

Cuando los balleneros de Nueva Inglaterra descubrieron que esa cera producía una llama limpia, sin humo y estable, pues apenas parpadeaba, comenzó una fiebre silenciosa. las velas de sebo producían humo y mal olor. Las de cera de abeja eran mejores, pero también producían un poco de humo y un ligero olor, más agradable que el de las de sebo. Las de espermaceti no echaban humo, no olían, lucían de un modo mucho más brillante, etc.


Los barcos partían hacia el Atlántico Sur, hacia el Índico, hacia cualquier lugar donde un chorro de vapor delatara la presencia del coloso.

En los puertos de Nantucket y New Bedford, los fabricantes de velas competían por cada barril.


El espermaceti se convirtió en oro líquido, en la materia prima de la iluminación más codiciada del mundo.

Una vela de espermaceti no era solo una vela:
era estatus,
era tecnología,
era la promesa de una noche sin humo.


III. El precio de una llama

Para un obrero del siglo XIX, cuyo salario apenas alcanzaba para pan, carbón y techo, encender una vela de espermaceti era un gesto impensable. Su luz equivalía a quemar una parte del jornal, a derretir en unas horas lo que costaba ganar en un día entero.

Por eso estas velas vivían en casas de comerciantes, de científicos, de políticos, de quienes podían permitirse el lujo de iluminar la noche con una claridad casi celestial.

La mayoría seguía viviendo entre sombras.


La luz pura era para unos pocos.


IV. La cultura del mar y el sacrificio

Mientras tanto, en los barcos balleneros, la historia era otra. Los hombres que arrancaban el espermaceti al océano vivían rodeados de aceite hirviendo, de cubiertas resbaladizas, de noches interminables en las que el mar parecía querer tragárselos.

El espermaceti tenía un brillo hermoso, sí, pero su origen era brutal: un intercambio entre la ambición humana y la vida de un animal que había surcado los mares desde antes de que existieran ciudades.

En esa tensión —entre belleza y violencia— nació una cultura marítima que dejó huella en diarios de a bordo, en canciones de marineros, en novelas como Moby Dick.


V. El declive de una llama

La llegada del gas, del queroseno y, finalmente, de la electricidad, apagó lentamente el reinado del espermaceti.


Las velas blancas que habían iluminado laboratorios, salones y faros quedaron relegadas a vitrinas de museos y a la memoria de los viejos puertos.

Hoy, su comercio está prohibido.


El cachalote sigue nadando en las profundidades, libre de aquella persecución industrial que casi lo borró del mapa.

Pero la luz del espermaceti permanece en la historia como un destello breve y perfecto:
una llama que unió ciencia, mar y deseo humano de dominar la noche.


VI. Coda

Quizá por eso, cuando pensamos en esas velas, sentimos algo más que nostalgia.
Sentimos la paradoja de una luz hermosa nacida de un acto terrible.


Sentimos el eco de un tiempo en que la humanidad buscaba iluminarse a cualquier precio.

Y comprendemos que cada llama tiene su historia, y que algunas —como las del espermaceti— ardieron demasiado brillante para durar.


Notas

[1]


Licencia de Creative Commons

La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm

En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.


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