25 de abril de 2026
Hace mucho, muchos años, la Sección de Astronomía de la Sociedad de Ciencias Aranzadi me invitó a dar una conferencia sobre las posibilidades de vida extraterrestre. Aquello fue en los años 90 del pasado siglo, pero no sé exactamente la fecha. El desarrollo de esta idea me va a llevar muchas entradas. Todavía no sé cuantas, espero no aburrirles.
Capítulo 1 Primera parte: EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LAS IDEAS SOBRE LOS EXTRATERRESTRES.
Hace más de treinta años di una conferencia que, en aquel momento, sonó casi a provocación. Sostenía que la famosa y sobrevalorada ecuación de Drake [1] no era una brújula cósmica, sino un espejismo matemático: una extrapolación temeraria basada en el único ejemplo de inteligencia que conocemos, el nuestro. Aquel día defendí que SETI estaba mirando al universo con un espejo en la mano, convencido de que cualquier civilización avanzada tendría que parecerse a nosotros, comunicarse como nosotros y pensar como nosotros. Incluso mis visitas al radiotelescopio de Arecibo —fascinantes, sí, pero profundamente antropocéntricas— reforzaron esa intuición: buscábamos señales humanas en un cosmos que no tiene por qué ser humano. Esa conferencia fue el germen de estas entradas.
Para aquella conferencia preparé una sería de notas que son las que hoy comparto con vosotros.
Hace 25 años se pensaba que era segura la existencia de vida extraterrestre inteligente. Hoy esta convicción se ha moderado. Se sigue diciendo que la vida inteligente extraterrestre es posible; pero también se especifica que es un fenómeno mucho menos probable de lo que se pensaba, hasta tal punto de que no es absurdo considerar que la Tierra es un caso único en el Universo.
En mis conferencias muchas veces el público me ha hecho el siguiente razonamiento: La vida extraterrestre tiene que existir pues el universo es muy grande y muy viejo. Es absurdo pensar que la vida inteligente haya surgido solamente en un rincón de segundo orden como es la Tierra.
Este mismo razonamiento ha sido utilizado desde muy antiguo. Por ejemplo, Metrodoro de Quíos [2], considera tan absurdo «colocar nada más que un mundo en el espacio como creer en la existencia de una sola espiga de trigo en un vasto campo.»

En este trabajo pretendo responder a este interrogante. Y voy a responder con otro montón de interrogantes: ¿Realmente el universo es tan viejo?, ¿realmente es tan grande?, ¿la existencia de sistemas planetarios es algo habitual?, ¿el mecanismo de la vida es tal que surge automáticamente allí dónde se den las condiciones para ello?, ¿una vez que aparece la vida, la evolución hacia la inteligencia es obligada?, ¿la inteligencia lleva a la creación de sociedades históricas?, ¿las sociedades históricas evolucionan hacia sociedades tecnológicas?, ¿las sociedades tecnológicas viven lo suficiente para desarrollar tecnologías válidas para los viajes interestelares?, etc.
Antes de empezar a contestar a cada una de estas preguntas quizá sea interesante analizar las causas por las que se llegó a pensar que la vida extraterrestre inteligente era inevitable.
Como todos sabéis las ideas no surgen de la nada, normalmente son la evolución de ideas anteriores. Por tanto vamos a ver el desarrollo histórico de la idea de los habitantes extraterrestres.
EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LAS IDEAS SOBRE LOS EXTRATERRESTRES.
Desde el primer momento en que se piensa que las luces del cielo son planetas como la Tierra y estrellas como el Sol, se piensa que están habitados.
Sin ánimo de ser exhaustivo expondré algunos ejemplos. Plutarco (46-120 después de JC) en su ensayo incompleto De Facie in Orbe Lunae, comentaba que la Luna tenía profundas cuevas y valles y que pensar que en ella había vida no era más implausible que asumir que la vida podía existir en los mares de la Tierra.
Quizá la siguiente mención a los habitantes de los planetas es la de Luciano de Samosata (50 años después Plutarco) quien en su obra Historias verdaderas, nos cuenta que «Durante mi permanencia en la Luna, vi cosas estupendas y peregrinas. En primer lugar, allí no nacen de mujeres, sino de hombres. Los matrimonios se verifican sólo entre varones, pues ni siquiera de nombre saben lo que es mujer. Hasta los veinticinco años hacen todos de esposas, y desde esa edad, el opuesto papel. La gestación no se verifica en el vientre, sino en la pantorrilla; después, en el plazo conveniente, la sajan, y extraen un niño muerto; lo cuelgan al aire con la boca abierta, y así le dan vida».

Por supuesto que Luciano de Samosata no nos está contando unos hechos históricos, sino una novela; pero lo importante de los ejemplos señalados es constatar que ya en los primeros siglos del cristianismo estaba arraigada la idea de que la Luna y los planetas estaban habitados.

En la era moderna, en 1638 se publica el relato de Francis Goldwin [3] A man in the moone [4], en este relato un español, Domingo González, natural de Sevilla, es el primero en llegar a la Luna el año 1600.

Poco después, en 1656, Cyrano de Bergerac publica su Histoire comique ou voyage dans la lune [5], donde se habla de los habitantes de los planetas. En realidad se trata de una satira a su tiempo. Los habitantes de la Luna no son nada más que el pretexto para la crítica. Desde el principio se ve que todo es absurdo. El viaje lo hace elevándose mediante frascos de rocío.
En 1793 se publica un libro poco conocido y poco mencionado como pionero, tal vez porque sea español. Se trata de Viaje estático al mundo planetario, del abate jesuita Lorenzo Hervás y Panduro. En esta obra «se observan el mecanismo y los principales fenómenos del Cielo, y se indagan sus causas físicas», además hay unos capítulos muy completos sobre los «planetícolas» o habitantes de los planetas. Como ejemplo voy a leer lo que dice sobre los habitantes del planeta Mercurio, a los que llama hermícolas: «Un hermícola llegará a tener la sangre tan caliente como plomo derretido…; cuatro veces más caliente que el agua hirviendo. Ciertamente que si un hermícola apareciera en nuestra Tierra, todos le mirarían como a un tizón ardiendo o como un condenado.»
En 1870, Tirso Aguimana de Veca, comienza la publicación, en sucesivos números de la Revista España de Una temporada en el más bello de los planetas [6], donde describe un viaje a Saturno, pasando por diversos planetas. Al llegar a Marte, el protagonista de la novela, Mendoza, contempla un mundo iguala la Tierra: «Veo una ciudad, y con sus calles, casas y palacios. ¡Qué perfectamente se percibe el mar, y los continentes que por todas partes lo rodean! Sí veo hombres, en este mundo, tan perfectamente distintos, como si me hallase junto a ellos.»
Voltaire con su Micromegas, Swift con sus viajes de Gulliver entre los que se incluye el relato de los habitantes de Marte, todos ellos son antecedentes que nos hacen llegar al siglo XIX con un bagaje cultural en el que la habitabilidad de los planetas e incluso de la Luna es perfectamente posible. Llegamos así a 1877, momento en el que Marte y la Tierra alcanzaban los puntos en sus órbitas más próximos. En aquel momento muchos telescopios apuntaban a Marte; uno de ellos era la del astrónomo americano Asaph Hall y otro el del italiano Giovani Virginio Schiaparelli. El primero descubrió que Marte tenía dos pequeños satélites, el segundo descubrió que Marte estaba surcado por canales artificiales, por los que concluyó que Marte estaba habitado. Hubo muchos astrónomos de la época que no estuvieron de acuerdo con las deducciones de Schiparelli, pero otros las apoyaron, por ejemplo Flammarion, que si bien no era astrónomo profesional, sí que tenía una gran influencia por ser un conocidísimo escritor de divulgación. En 1894 el astrónomo americano Percival Lowel instaló un observatorio astronómico con el que se dedicó con avidez a estudiar Marte. Durante quince años estuvo estudiándolo y llegó a hacer mapas de ciento ochenta canales, siendo un acérrimo defensor de la vida inteligente en Marte.

Hoy sabemos que los instrumentos de Schiaperelli tenían tan poca resolución que no le permitían ver lo que él decía que veía; también sabemos que en Marte no existen los ciento ochenta canales que dibujó Percival Lowel. Los mapas de Percival reflejaban su íntimo deseo de que Marte estuviera habitado.
Lo importante es darnos cuenta de que a principios del siglo XX la idea de que existen habitantes en nuestro sistema solar está perfectamente consolidada tanto en ambientes científicos como populares. Ello explica el conocido hecho de que en 1936, Orson Welles al transmitir por radio la obra de H.G. Wells La guerra de los mundos se creasen auténticas situaciones de pánico. En 1936 la gente creía en la vida extraterrestre y seres similares a los humanos habitando Marte.
Notas
[1] Astronomía. Entrada: Ecuación de Drake. https://www.astromia.com/astronomia/ecuaciondrake.htm
[2] Wikipedia. Entrada: Metrodoro de Quíos. https://es.wikipedia.org/wiki/Metrodoro_de_Qu%C3%ADos [Consultado 25 de abril de 2026]
[3] Wikipedia. Entrada: Francis Godwin. https://en.wikipedia.org/wiki/Francis_Godwin [Consultado 26 de abril de 2026]
[4] Wikipedia. Entrada: The Man in the Moone. Obsérvese que se titula «a man in the moone», no «in the moon». En la ortografía inglesa del siglo XVII era normal esa forma. https://en.wikipedia.org/wiki/The_Man_in_the_Moone [Consultado el 26 de abril de 2026]
[5] Wikipedia. Entrada: Histoire comique des États et Empires de la Lune. https://fr.wikipedia.org/wiki/Histoire_comique_des_%C3%89tats_et_Empires_de_la_Lune [Consultado el 26 de abril de 2026]
[6] Se puede descargar, en formato PDF de esta dirección: https://patrimoniodigital.ucm.es/files/original/91a5e7eb9c4fbd2d1468715f302782021eb5806d.pdf
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