10 de julio de 2026
Durante casi dos semanas hemos recorrido la isla de Chipre paso a paso, dejándonos sorprender por sus rincones, sus sabores y sus historias. En esta serie de entradas recojo, a modo de cuaderno de viaje, algunos momentos que hicieron especial nuestra visita. Hoy decidimos un día de playa y mar y nos fuimos a ver las calas del sur de Protaras.
La ruta desde nuestro hotel en Ayia Napa hasta una de las calas al sur de Protaras, concretamente hasta aquella en la que está la Tiny Beach, es de unos quince minutos.

Protaras es conocida por sus largas playas de arena dorada, pero al sur del núcleo turístico la costa adquiere un carácter más íntimo y tranquilo. Aquí, pequeñas calas como Tiny Beach se alternan con plataformas rocosas y senderos que serpentean junto al mar, ofreciendo rincones apartados donde el azul turquesa del Mediterráneo parece aún más intenso. Lejos del bullicio de las zonas más concurridas, esta sucesión de ensenadas constituye uno de los paisajes costeros más atractivos de la región, ideal para pasear, nadar en aguas cristalinas y disfrutar de la belleza serena de la costa chipriota.

Como era de esperar, no pudimos aparcar cerca del mar. Dejamos el coche junto al Hotel Sunrise Jade y, apenas cerramos las puertas, nos recibió una estampa muy chipriota: gatos descansando a la sombra y esbeltos cipreses recortándose contra el cielo, dos presencias habituales que parecen formar parte del alma de la isla.



Uno de los gatos del paseo marítimo me observa. Sus ojos verdes brillan con la intensidad del mar cercano. Me observa en silencio, sin revelar si espera una caricia, un bocado de comida o si simplemente desconfía de mi presencia. Para él, soy un intruso.

El paseo marítimo serpentea junto al borde de los acantilados bajos, siempre con el mar a escasos metros. A cada curva aparecen nuevas tonalidades de azul y pequeñas calas que invitan a detenerse. Bajo el sol chipriota, el camino parece diseñado para caminar despacio, disfrutando de la brisa marina y de un paisaje en el que el Mediterráneo es el auténtico protagonista.

A medida que avanzábamos por el paseo costero, el paisaje invitaba a reducir el paso. La senda discurre junto a pequeñas bahías de aguas transparentes, tan tranquilas que el mar parece un espejo apenas rizado por la brisa. A un lado, las rocas modeladas por el tiempo; al otro, el Mediterráneo desplegando una paleta de azules y verdes difícil de describir. Es uno de esos lugares, tan bien descritos por Kavafis en su «Ítaca» [1], donde el destino importa menos que el camino y donde cada recodo ofrece una nueva vista digna de una fotografía.

Los gritos de unos niños anunciaban el avistamiento de una tortuga. Yo llegué demasiado tarde para verla. Tras escudriñar las aguas transparentes de la cala sin resultado, llegué a la conclusión de que debía de haberse escondido bajo alguna roca.


La paz de la cala solo se veía interrumpida por la llegada periódica de los barcos turísticos. Atracaban unos minutos mar adentro y los pasajeros, al son de una música moderna que se escuchaba desde lejos, se lanzaban al agua para darse un baño. Al cabo de un rato volvían a subir a bordo y la embarcación ponía rumbo a la siguiente cala, donde la escena se repetía una vez más. Fue una buena muestra de cómo el turismo moderno disfruta de una costa rocosa, sin arena, pero que tiene rincones de gran belleza.

No solo los cruceros turísticos parecen sentirse atraídos por estas aguas. Veleros de velas blancas descansan sobre un mar tan tranquilo que parecen suspendidos en el paisaje. A su alrededor pasan pequeñas embarcaciones y tablas de paddle surf que avanzan lentamente sobre el azul intenso del Mediterráneo. La costa está llena de vida, pero sin perder esa sensación de serenidad que hace tan especial a las calas del sur de Protaras.

Después de pasar unas horas muy agradables junto al mar, emprendimos el camino de regreso al coche. Por el sendero volvimos a encontrarnos con algunos de los omnipresentes gatos que parecen haber hecho de Chipre su reino particular. Cerca de ellos descubrimos varios puntos donde los vecinos y visitantes les dejan comida, una muestra más del cariño que la isla siente por sus felinos. No hay que olvidar que en prácticamente todos los quioscos es posible comprar pienso para alimentarlos. Entre los gatos aparecían también jóvenes cipreses, todavía lejos de la esbelta majestuosidad de los ejemplares adultos, pero anunciando ya su presencia en el paisaje mediterráneo que caracteriza esta parte de la isla.

No sé por qué, pero los jóvenes cipreses apenas levantaban unos palmos del suelo, me recordaron la famosa obra de José María Gironella «Los cipreses creen Dios», que fue un éxito de ventas de loas años cincuenta del siglo pasado.

Ya montados en el coche, dirigimos una última mirada hacia la costa. Al fondo, una fila de cipreses oscilaba bajo el viento mediterráneo. Quizá solo fuera una ráfaga de aire, pero quise pensar que aquellos árboles esbeltos nos dedicaban una silenciosa despedida, poniendo el broche final a una mañana de mar turquesa, gatos curiosos y pequeñas calas escondidas del sur de Protaras.
Notas
[1] Scribd. Ítaca. https://www.scribd.com/document/837397912/Itaca
Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con

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En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero. Las fotos están en muy baja resolución. Si alguien está interesado en obtenerla con mayor resolución, que me las pida.
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