Malta-5-a: Contra la pedagogía del algodón

1 de enero de 2026

Siempre me han resultado sugestivos los unos de enero: tienen algo de umbral, de página recién abierta, pero también arrastran viejos recuerdos que creía casi olvidados. El humo de los fuegos artificiales aún flota en el aire, elevándose despacio, como si quisiera quedarse un momento más entre nosotros. Lo vemos ondular, pero lo que realmente sentimos es su olor: un aroma a pólvora tenue, casi tímido, porque el lugar de lanzamiento está lejos. Y quizá por eso es más hermoso: un perfume sutil, apenas un susurro que no invade ni molesta. Si fuera más intenso sería áspero, pero así, suave y discreto, tiene algo de caricia antigua. Ese olor me abre una puerta que conozco bien: la de los recuerdos que no se anuncian, pero llegan.

No es la magdalena de Proust, aunque se le parece. El olor a pólvora es olor a otros tiempos, a otras manos, a otras voces que ya no están. En el humo veo a mi abuelo señalándome estrellas y constelaciones, como si el cielo fuera un mapa secreto que solo él sabía leer. En el humo aparece mi abuela, cómplice, escondiéndome chucherías a pesar de las órdenes estrictas de mi madre. Y también veo a mi madre misma, protectora, amorosa, rodeándonos como una gallina que cuida a sus polluelos; yo, uno de ellos, pequeño y confiado.

Y tengo más recuerdos de esos primeros de enero. Aquella vez en que el año nuevo nos sorprendió en Francia. Dormimos en Les Eyzies, muy cerca de la gruta prehistórica de Font‑de‑Gaume. Solo permiten entrar a seis personas al día, pero aquel 1 de enero no había nadie. Fuimos a primera hora, con el aire helado, aún pegado a la piel, y pasamos nosotros cuatro y dos más. La cueva nos recibió en silencio, con sus dibujos sutiles en la arcilla, inocentes, frágiles, como si aún conservaran el aliento de quienes los trazaron. Salimos maravillados, conscientes de la suerte irrepetible de haberla visto. Solo seis personas al día. Y nosotros allí, como si el tiempo nos hubiera hecho un regalo.

También recuerdo los viajes desde Madrid a San Sebastián, siempre el 1 de enero. La carretera vacía, completamente vacía, como si el mundo hubiera decidido quedarse dormido un día más. Todos los restaurantes cerrados, todas las gasolineras silenciosas. Una soledad abrumadora y, al mismo tiempo, liberadora. Las dos cosas a la vez. Era una sensación extraña, como si atravesáramos un paisaje post‑apocalíptico, un mundo desolado del que hubieran desaparecido las personas y solo quedáramos nosotros, avanzando entre montañas y curvas. Cerca de Pancorvo empezaban a aparecer los primeros coches, tímidos, como animales que salen del escondite al amanecer. Y al entrar en el pueblo, siempre estaba allí ese restaurante abierto, como un faro en mitad de la nada. ¿Cuántas veces hemos comido allí un 1 de enero? No lo sé, pero fueron muchas. Y cada una de esas veces sentí gratitud por su hospitalidad, por ese gesto sencillo de abrir la puerta cuando todo lo demás estaba cerrado. Aquel restaurante era un refugio, un recordatorio de que incluso en los días más silenciosos hay un lugar donde alguien te espera.

El humo de esta mañana me trae incluso un río lejano y un puente roto por las lluvias, ese puente que debía cruzar para ir a la escuela. Recuerdo el peligro, el salto de tronco en tronco, la adrenalina infantil mezclada con la obligación de aprender. Y mientras avanzaba, cantaba: “dos por dos, cuatro; cuatro por cuatro, dieciséis…”. La tabla de multiplicar tenía su propia melodía, un ritmo que me acompañaba como un talismán. Y ahora, entre estas volutas que se deshacen en el aire, vuelve a mí la certeza de que nueve por nueve son ochenta y uno, como si el tiempo no hubiera pasado. Su olor me llega mezclado con madreselva, o quizá era jazmín; la memoria nunca es exacta, pero siempre es fiel a lo que importa.

Para ir a la escuela tenía que cruzar un río, que, a vces, las riadas lo estropeaban.

El humo se disipa, pero lo que despierta permanece. Y mientras el nuevo año se abre paso, luminoso y frágil, siento el peso de todas mis mochilas —las del año pasado, y las de muchos antes—, pero también la terquedad de seguir esperando algo nuevo. Algo que quizá llegue, o quizá no. Pero lo espero igual, como quien mira un amanecer y reconoce, en su luz, la promesa de todos los amaneceres que ya vivió.


Notas

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La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm

En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.


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Malta-4-f: Fuegos de principio de año desde Birgu (la Vittoriosa)

31 de diciembre de 2025 y 1 de enero de 2026

En Malta para celebrar en fin de año y principio del siguiente hay muchos actos culturales, entre los que hay conciertos y un espectáculo pirotécnico sobre el Gran Puerto de Malta.

Malta tiene fama de tener una gran calidad técnica en fuegos pirotécnicos.

Normalmente los fuegos se ven desde Floriana o La Valeta, pero está demasiado concurrido de gente, así que nosotros nos fuimos a verlos desde Birgu, también concocida como Città Vittoriosa, y que forma parte de las «tres ciudades». De ese modo nos perderíamos los fuegos a baja altura, pero podríamos disfutar de los altos sin demasiada gente. Bueno, al menos eso creíamos, Pero al llegar, vimos que no era así, el atasco para aparcar era enorme, aunque por fin lo logramos.

La X muestra aproximadamente el lugar desde donde se lanzan los fuegos, y la chincheta roja señala donde estábamos nosotros. Basado en un mapa de Google Maps.

Algunas de las fotos que tomé aquella noche de Año Nuevo en Malta son hermosas, otras no tanto. Congelan el instante exacto en que un estallido de luz se abre sobre el puerto, o el reflejo dorado que tiembla en el agua antes de desvanecerse. Son imágenes limpias, precisas, casi obedientes. Pero mientras las reviso, siento que falta algo esencial: la vida que solo existe cuando el tiempo no está detenido.

Un niño contempla los fuegos (he quitado las caras por razones de privacidad). Los fuegos no solo incendian el cielo: también despiertan al agua, que tiembla y sueña con cada destello.
Luces en el aire.

Porque lo que de verdad tiene alma no es la imagen fija, sino el movimiento. El ascenso lento de un cohete que parece dudar antes de romper el cielo. La explosión que se abre como una flor impaciente. Las chispas que caen en cascada, cada una con su propio destino. En vídeo, todo eso respira. Se oye el murmullo de la gente, el eco que rebota entre las fachadas, el latido colectivo que acompaña cada estallido. Es un pequeño teatro del mundo, y tú estás dentro.

Y luego está el sonido, ese elemento que ninguna fotografía puede retener. El golpe seco que llega un segundo después del destello. El crujido del fuego en el aire. Los aplausos espontáneos, las risas, los “oh” que se escapan sin permiso. El sonido convierte la luz en experiencia, en algo que atraviesa el cuerpo y no solo la mirada.

Incluso el olor forma parte de la memoria. Ese aroma a pólvora que se mezcla con la brisa marina de Vittoriosa, con el salitre, con el humo que se queda flotando como un velo sobre el puerto. Es un olor que no se puede fotografiar, pero que vuelve de inmediato cuando cierro los ojos. Y entonces entiendo que lo que viví no cabe en un solo fotograma: es una suma de sentidos, una coreografía de luz, ruido y aire con olor a pólvora.

Vemos humo, pero es olor.

El humo se eleva despacio, como si quisiera quedarse un momento más entre nosotros, y aunque lo vemos ondular en el aire, lo que realmente sentimos es su olor. Un aroma a pólvora tenue, casi tímido, porque el lugar de lanzamiento está lejos. Y quizá por eso es más hermoso: un perfume sutil, apenas un susurro, que no invade ni molesta. Si fuera más intenso sería áspero, pero así, suave y discreto, tiene algo de caricia antigua. Ese olor me abre una puerta que conozco bien: la de los recuerdos que no se anuncian, pero llegan.

No es la magdalena de Proust, aunque se le parece. El olor a pólvora es olor a otros tiempos, a otras manos, a otras voces que ya no están. En el humo veo a mi abuelo señalándome estrellas y constelaciones, como si el cielo fuera un mapa secreto que solo él sabía leer. En el humo aparece mi abuela, cómplice, escondiéndome chucherías a pesar de las órdenes estrictas de mi madre. Y también veo a mi madre misma, protectora, amorosa, rodeándonos como una gallina que cuida a sus polluelos; yo, uno de ellos, pequeño y confiado.

El humo me trae incluso un río lejano y un puente roto por las lluvias, ese puente que debía cruzar para ir a la escuela. Recuerdo el peligro, el salto de tronco en tronco, la adrenalina infantil mezclada con la obligación de aprender. Y mientras avanzaba, cantaba: “dos por dos, cuatro; cuatro por cuatro, dieciséis…”. La tabla de multiplicar tenía su propia melodía, un ritmo que me acompañaba como un talismán. Y su propio olor. Y ahora, entre estas volutas de humo que se deshacen en el aire, vuelve a mí la certeza de que nueve por nueve son ochenta y uno, como si el tiempo no hubiera pasado. Su olor me llega mezclado con madreselva, o quizá era jazmín; la memoria nunca es exacta, pero siempre es fiel a lo que importa.

El humo se disipa, pero lo que despierta permanece.

El tiempo huele a algo distinto para cada uno, pero siempre tiene un perfume reconocible, aunque no sepamos nombrarlo. No es un olor concreto, sino una mezcla de memoria, pérdida, deseo y presencia. A veces es tan tenue que apenas lo percibimos; otras, basta una brisa para que nos golpee con la fuerza de un recuerdo.

El tiempo puede oler a metal tibio en las manos de un niño, a cuadernos nuevos, a madreselva en un patio que ya no existe, a la ropa guardada en un armario que nadie abre desde hace años. Puede oler a pólvora suave, como la que te despierta recuerdos que creías dormidos. O a pan tostado en una cocina donde ya no suenan las mismas voces. O a sal marina que trae y se lleva cosas, como si fuera un mensajero antiguo.

El tiempo huele a lo que hemos amado y a lo que hemos perdido, a lo que aún buscamos y a lo que ya no volverá. Y quizá por eso es tan difícil describirlo: porque no es un aroma, sino una constelación de aromas que se encienden y se apagan dentro de nosotros.

Si tuviera que decirlo en una frase: el tiempo huele a aquello que nos hizo ser quienes somos.

Las fotos son bellas, sí. Pero los vídeos, y sobre todo el recuerdo vivo, contienen algo más profundo: la vibración del instante. La certeza de que estuve allí, en el primer minuto de 2026, bajo un cielo que se abría en colores mientras el mar respiraba a mis pies.

Ha comenzado un nuevo año, cargado de esperanzas… pero no llega desnudo. A su espalda trae la mochila del año pasado, y la del anterior, y la del anterior, y todas las que he ido acumulando sin querer. Me gustaría empezar de cero, ser un niño de piel suave, recién estrenado, abierto al mundo sin cicatrices ni peso… pero camino con mi mochila. Aun así, espero algo nuevo. Espero algo luminoso. Espero ese futuro del que me hablaban mi abuelo y mi padre, un horizonte limpio donde todo parecía posible. Lo espero con la terquedad de quien aún cree en la luz. Pero, mientras miro hacia adelante, me pregunto en silencio: ¿llegará?


Notas

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Malta-4-e: Pueblo de pescadores Masaxlokk

31 de diciembre de 2025

Tras ver la Torre Wardija continuamos viaje hasta el pueblo de pescadores Marsaxlokk.

Marsaxlokk no es un pueblo: es un suspiro de sal y color. Las barcas parecen juguetes, pero son guardianas de una tradición viva. El mercado huele a mar y a memoria, y las piedras del puerto cuentan historias que no están en los mapas.

El pueblo de Marsaxlokk. La iglesia, el mercado, y las barcas con los ojos de Osiris. Imagen creada con varias inteligencias artificiales (Dall-e, Meta.ai y retoques manuales).

Hay varias cosas interesantes. La primera, si tenemos en cuenta la entrada anterior, es que el borde del muelle está hecho «a soga». La segunda es preguntarme por el ojo de Osiris en las barcas de pesca de Malta (que se llaman luzzu). ¿Qué tiene que ver el ojo de Osiris, o de Horus, propio de la mitología egipcia en Malta?


Las barcas tradicionales de Malta, llamadas luzzu, llevan pintado el ojo de Osiris (también conocido como ojo de Horus) en la proa por razones que mezclan protección ancestral, herencia fenicia y simbolismo marinero.

👁️ Significado del ojo

  • Protección contra el mal: el ojo actúa como un amuleto para ahuyentar los malos espíritus y proteger a los pescadores en alta mar.
  • Buena suerte y vigilancia: se cree que el ojo “ve” los peligros antes de que ocurran, como una forma de visión mágica que cuida la embarcación.
  • Herencia fenicia: esta tradición proviene de los antiguos fenicios, quienes ya decoraban sus barcos con ojos protectores. Malta, como cruce de rutas mediterráneas, heredó esta costumbre.

🎨 ¿Por qué en el luzzu?

  • El luzzu es una embarcación robusta, pintada en colores vivos (rojo, azul, verde, amarillo), y el ojo en la proa es parte integral de su diseño.
  • Se pinta en ambos lados de la proa, como si la barca tuviera “visión binocular”.
  • Aunque hoy muchos luzzus tienen motor, el ojo sigue presente como símbolo cultural y espiritual.

🌊 Más que folclore

Este símbolo no es solo decorativo: forma parte del patrimonio intangible de Malta, y su presencia en Marsaxlokk y otros puertos conecta el presente con una tradición milenaria.

La verdad es que la imagen que he creado más arriba, describe los puntos esenciales, pero no es real. Ni la iglesia y ni los puestos están tan pegados al agua. La iglesia, como veremos, está a unos cien metros en el interior. Pero la imagen me gusta, pues señala todo lo importante.

El puerto de Marsaxlokk real. No un dibujo.
Luzzus en el puerto.
Luzzu en tierra.
Ojo de Osiris.

En el puerto había un letrero que me sorprendió, se trata de un mapa de las zonas de las que hay que huir si hay aviso de tsunami.

Cartel que dice las zonas de las que hay que salir si hay aviso de tsunami.

Sin duda, la iglesia es una de las cosas que más destacan. Se trata de la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya. Se trata de una iglesia muy moderna para los estándares de la isla, fue construida entre 1890 y 1892. Su construcción se debe a una promesa. Se dice que la marquesa Rosalia Apap Viani Testaferrata, decidió levantar una iglesia en agradecimiento tras sobrevivir a una tormenta en el mar.

Iglesia Nuestra Señora de Pompeya.

La fachada es neobarroca.

Me ha resultado muy interesante la Virgen con el niño entre las dos torres campanario.

Virgen Nuestra Señora de Pompeya con niño. Obsérvese que va montada en una barca, previsiblemente un Luzzu.

Interior de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Pompeya (Nave central).
Órgano de la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya.

Muy cerca de la iglesia hay un hotel que se llama The Shipwright’s Lodge.

Hotel The Shipwright’s Lodge.
La calle al lado del puerto

Como hemos podido ver la iglesia estaba decorada con luces de Navidad. En la plaza de la iglesia había el inevitable cono-árbol de Navidad. La verdad es que sustituir un árbol por un cono empieza a aburrirme.

Cono-árbol de Navidad.

A la orilla del muelle hay una serie de puestecitos donde venden productos típicos de Malta y Gozo.

Artesanía de Malta y Gozo.
Otro puesto.
Puesto de dulces típicos de Malta.

Cuando nos fuimos ya era de noche. La iglesia lucía de un modo muy distinto.

Nuestra Señora de Pompeya, por la noche.

Hoy es el último día del año. Nuestra intención era ver los fuegos artificiales que celebran la venida del nuevo año. Esos fuegos son famosos en Malta.

Notas

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Malta-4-d: Muros de piedra seca

En todo nuestro viaje por la isla de Malta vimos muchas lindes formadas por muros de piedra seca.

Lindes hechos con muros de piedra seca.

Se llaman de piedra seca porque solo hay piedras, no hay ni argamasa, ni ningún «pegamento» entre las piedras.

Este tipo de construcción es muy típico del Mediterráneo. Los hay en Mallorca, Menorca, Creta, Apulia y, naturalmente, aquí, en Malta.

Muro de piedra seca.
Muro de piedra seca.

Las ideas básicas de estas construcciones son las siguientes:

  • la base ancha y estable,
  • las piedras colocadas “a tizón” para atravesar el muro,
  • el relleno con piezas grandes (no grava),
  • y una ligera inclinación hacia dentro que da estabilidad.

Cuando leí esto por primera vez no supe lo que era «a tizón». Probablemente, usted sí que lo sepa, pero por si acaso, lo explico.

Una piedra en perspectiva donde se distinguen claramente la cara larga (soga) y la cara corta (tizón).

La cara larga la llamamos soga (soga) y la cara corta (tizón).

Claro que esto es con bloques geométricos, y este tipo de bloques los encontramos en las construcciones romanas. Pero en el campo, no hay bloques rectangulares, así que lo de ir «a tizón» significa que lo que se ve en la parte visible del muro es la cara más pequeña.

Si se ve la cara pequeña es «a tizón». Si se ve la alargada es «a soga».


La razón de colocarlas «a tizón» es que la pieza entra profundamente en el muro, perpendicular a la fachada, y queda muy bien sujeta.

Las lindes de piedra seca en Malta —como en muchas regiones mediterráneas— cumplen múltiples funciones que van mucho más allá de la mera delimitación de propiedades.

Función protectora contra el viento

Sí, protegen activamente a las plantaciones del viento. En un paisaje expuesto como el maltés, donde los vientos marinos pueden ser intensos, estos muros actúan como pantallas naturales que:

  • Reducen la velocidad del viento cerca del suelo.
  • Evitan el desecamiento de cultivos sensibles.
  • Protegen los brotes jóvenes y las flores de daños mecánicos.
  • Favorecen microclimas más estables en bancales y huertos.

🧱 Otras funciones clave

Además de la protección contra el viento, los muros de piedra seca en Malta también:

  • Delimitan propiedades y caminos rurales.
  • Contienen tierras en terrazas agrícolas (especialmente en zonas con pendiente).
  • Evitan la erosión del suelo por lluvia o escorrentía.
  • Aprovechan las piedras extraídas al limpiar el terreno cultivable.
  • Favorecen la biodiversidad, creando hábitats para reptiles, insectos y aves.

🌿 Patrimonio vivo

La técnica de la ħajt tas-sejjieħ (muro de piedra seca en maltés) está reconocida como parte del patrimonio cultural inmaterial por la UNESCO desde 2018, compartida por varios países mediterráneos.

Es curioso que en un simple muro de piedra se encuentre tanta sabiduría popular, o dicho de otro modo: sabiduría acumulada durante siglos por la experiencia.

A continuación, un vídeo de cómo se hace en Aragón:

Tras ver estos muros continuamos nuestro viaje a Marsaxlokk.

Notas

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Malta-4-c: Torres de vigilancia y comunicaciones, el ejemplo de It-torri Tal Wardija

31 de diciembre de 2025

En nuestro camino desde Ħaġar Qim hasta el pueblo de pescadores de Marsaxlokk pasamos muy cerca de una torre de vigilancia llamada It-torri Tal Wardija.

La isla de Malta está en un punto estratégico para la navegación por el Mediterráneo. Justo en el cruce entre las rutas que conectan Europa, África y el Próximo Oriente. Por eso, a nadie nos extraña que fueran un lugar donde hubiera muchos intereses por conquistarla y controlar la navegación de la zona, o piratas que quisieran saquear sus ciudades.

La seguridad era muy importante, por eso la orden de San Juan, en el siglo XVII construyó muchas torres de vigilancia. Las torres se veían entre sí de modo que si una de ellas veía una vela enemiga en el horizonte podía comunicárselo a la de al lado, esa a la siguiente hasta llegar a su destino final. De ese modo, los peligros se hacía llegar en pocos minutos. Por el día usaban banderas o humo y por la noche hogueras.

Hay tres redes de torres. Cada una de ellas lleva el nombre del Gran Maestre de la orden de San Juan cuando se construyeron. La primera es la de Wignacourt [1] con seis torres; la segunda Lascaris que tiene siete torres [2]; la tercera Redin con trece torres [3].

La torre que visitamos era la última, la que está más al sur, de la red de Redin.

It-Torri Tal-Wardija

Se trata de una torre un poco más pequeña que las otras de la misma red, pero que tiene la misma estructura: muros gruesos de piedra caliza, planta cuadrada o ligeramente rectangular, una sola puerta elevada y un parapeto superior desde el que se vigilaba el horizonte. No eran castillos, sino ojos de piedra, diseñados para resistir ataques breves y, sobre todo, para ganar tiempo.

El nombre de la torre al principio parece rarísimo, pero si pensamos un poco: It-torri seguro que quiere decir algo así como La Torre. Y después, Tal Wardija. Tal no suena a La, y vayamos a pronunciar Wardija, con dos ideas, la w como en inglés y la j como otra i, lo que leemos es algo así como «uardia», o guardia. Y efectivamente lo que significa es La Torre de La Guardia.

Una consulta al traductor de Google nos dice:

No sé por qué me da que hay cierta influencia del español.

Torre de la Guardia. Salvo en la fachada, no hay ninguna puerta ni venta, Es una pequeña torre defensiva.

Todas las torres de Redin están basadas en la torre Sciuta, de la red Lascaris, que fue construida en 1638.

Foto de Frank Vincentz – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=27592178

Gracias Frank Vincent y a Wikipedia por permitir usar su obra.

Probablemente la torre más famosa de la red Redin sea la de Madliena. Ha sido restuarada y se puede visitar fácilmente.

Torre Madliena. Por Frank Vincentz – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=27592178

La torre Tal Wardija, está construido en un alto que permite ver el mar. A su alrededor hay muchos higos chumbos.

Higos chumbos al lado de la Torre de Guardia. hay muchos en la isla.

Tras ver esta torre continuamos viaje hacia Marsaxlokk.


Notas

[1] Wikipedia. Entrada: Wignacourt towers. https://en.wikipedia.org/wiki/Wignacourt_towers [Consultado 21 de enero de 2026]

[2] Wikipedia. Entrada: Lascaris towers. https://en.wikipedia.org/wiki/Lascaris_towers [Consultado en 21 de enero de 2026]

[3] Wikipedia. Entrada: De Redin towers. https://en.wikipedia.org/wiki/De_Redin_towers [Consultado 21 de enero de 2026]

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Malta-4-b: Sitio arqueológico de Ħaġar Qim

31 de diciembre de 2025

Ruta desde Restaurante Step in hasta el parque arqueológico de Ħaġar Qim. Basado en Google Maps.

La letra «Ħ» es un carácter del idioma maltés que suena como una H aspirada. Ħaġar Qim significa prbablemenre algfuna de estas dos cosas: “piedra adorada” o “piedra levantada”.
La tradición maltesa habla de gigantes que construyeron estos templos, lo que conecta con la idea de que no eran simples edificios, sino espacios sagrados donde se celebraban rituales, nacimientos, muertes y ofrendas.

A tan solo 2 km de la Cueva Azul está el parque arqueológico de los templos prehistóricos de Ħaġar Qim y de Mnajdra. Pero no era nuestro día de suerte: estaba cerrado. No obstante, pudimos acercarnos hasta las carpas que las protegen.

Ruta desde el centro de visitantes hasta el templo. Basado en Google Maps

Aparcamos al lado del centro de visitantes. Y fuimos andando hasta el templo de Ħaġar Qim.

Centro de visitantes del parque arqueológico Ħaġar Qim.
La carpa que se ve al fondo es la que cubre al templo de Mnjdra. Foto sacada desde Ħaġar Qim.

El templo de Ħaġar Qim se ve así:

Templo de Ħaġar Qim.

Ħaġar Qim fue construido entre 3600 y 3200 a.C., lo que lo convierte en uno de los templos megalíticos más antiguos del mundo. [El dolmen de Menga, en Antequera, es, probablemente, un poco más antiguo, pues dataciones recientes lo sitúan entre 3800 y 3600 a.C.] Forma parte del conjunto de Templos Megalíticos de Malta, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1992.

El interior se ve muy mal, pero, por suerte, Google Maps, ha hecho algo fantástico. No solo puedes ver el templo desde fuera, puedes entrar en el mismo y moverte por él a tu aire, simplemente con la ayuda del ratón.

Con el ratón pueden desplazarse por el interior.

Como pueden ver la construcción es muy sencilla. La entrada, por ejemplo, consta de dos pilares verticales y una piedra horizontal que hace de dintel. Pero no nos equivoquemos, «sencilla» no significa fácil de hacer. Alguna de esas piedras pesa veinte toneladas. Nada fácil de mover y mucho menos con las rudimentarias herramientas de la época. Estas obras siempre me maravillas.

Su orientación no está hecha al azar. No sabemos por qué lo orientaron como lo hicieron, pero sugiere fuertemente que lo hicieron pensando en los solsticios y en los equinoccios.


En el equinoccio de otoño, la luz entra por una abertura y toca una piedra concreta, como si el templo estuviera diseñado para recordar el ritmo anual del Sol.

Mirando hacia el sur, puede verse el islote de Filfla.

Al llegar al aparcamiento vimos que un gato nos había estado vigilando el coche.

Dibujo hecho a partri de una foto del gato que vigilaba nuestro coche. El dibujo lo he hecho conn ayuda de Meta.ai.

La siguiente etapa nos llevó al pueblo pesquero de Marsaxlokk que veremos en una próxima entrada.

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Malta-4-a: La Cueva Azul de Malta: donde la luz recuerda antiguos templos

31 de diciembre de 2025

Una de las visitas casi obligadas de Malta es la Cueva Azul. Aunque se llame Cueva, en realidad son un conjunto de seis cuevas.

Recorrido que seguimos para ir desde San Julián a La Cueva Azul.

Lo ideal es ver estas cuevas desde un barco que sale de un puertecito que está muy cerca. Desde que sale en sol hasta el mediodía la luz juega el papel protagonista en estas cuevas. La luz se vuelve azul porque el fondo arenoso blanco refleja el sol hacia el interior de las cavidades, creando ese brillo casi fosforescente.

Algunas escenas de la película «Troya» de 2004, con Brad Pitt, se filmaron en estas cuevas. Troya nos lleva irremediablemente a pensar en Ulises y en la Odisea. Casi al final de la Odisea, cuando Ulises (Odiseo) llega a Ítaca, se refugia en una cueva, la cueva de las ninfas, un santuario brumoso donde los dioses aún respiran. Allí esconde sus tesoros antes de revelar su identidad. En Malta, la Cueva Azul no guarda oro, pero sí un tesoro más antiguo: la luz. Una luz que sube desde el fondo como si fuera una ofrenda. Quizá por eso, al entrar, uno siente lo mismo que Ulises: que la cueva no es un lugar, sino un umbral.

Ulises en la cueva de las ninfas. Imagen creada con ayuda de Copilot de Microsoft.

Desde la Prehistoria hasta la Antigüedad tardía, las cuevas fueron templos naturales. En ellas se celebraban ritos de paso, se consultaban oráculos, se honraba a diosas madre, ninfas y espíritus tutelares.

La cueva era el útero del mundo, un lugar donde la tierra se abría para permitir un contacto con lo invisible.

En Grecia, Anatolia, el Levante o Iberia, la escena se repetía: cavidades convertidas en santuarios, espacios donde la oscuridad no era amenaza, sino promesa.

Y siempre, siempre, el agua como mediadora.

El Mediterráneo convirtió muchas cuevas en templos líquidos: bastaba un rayo de sol tocando la roca para que empezara la liturgia.

Quisimos coger el barco que nos llevara a la «Cueva Azul», pero no tuvimos suerte. Aquel día, los barcos no zarpaban.

Embarcadero para la Cueva Azul visto desde arriba.
Embarcadero para ir a la Gruta Azul.
Anuncio de los barcos que llevan a la Cueva Azul.

Así que hicimos lo que miles de turistas, ir a una parada reservada para fotos, desde el que se pueden ver parte de las cuevas.

El mirador para ver parte de las cuevas. En el mapa se ve un tenedor y un cuchillo que simbolizan un restaurante. Fue en ese sitio donde comimos.
Una vista desde el mirador. Arriba, en el centro el islote de Filfla.

Me imagino la entrada en la cueva, pasando el enorme arco que estoy viendo, y creo que el paseo en barco hubiera merecido la pena.

Entrada a Cuevas vista desde mirador.

Almuerzo en Step ‘n’ Café

Cuando en Google Maps buscas Restaurante Cueva Azul, sale este: Step ‘n’ Cafe. No sé muy bien qué tiene que ver una cosa con la otra, pero, como era hora de comer entramos en este restaurante, al lado del puerto de donde salen los barquitos para ver la Cueva Azul.

Me gusta probar los vinos de cada lugar que visito. Malta tiene fama por sus vinos. En la carta figuraba un vino maltés. Y lo pedí.

Vino blanco La Vallete.

Como quería probar comida típica de Malta, pedí una bandeja maltesa.

Bandeja maltesa.

En el recipiente rectangular, cruzado en la bandeja, lo que se ve en el centro son tomates secados al sol. Nunca hubiera pensado que unos sencillos tomates secados al sol, estuvieran tan buenos.

Otras personas de mi grupo pidieron espagueti boloñesa, pizza o tortellini en salsa blanca con hierbas.

Espagueti boloñesa.
Pizza.
Tortellini en salsa blanca con hierbas.

Dada la proximidad de Malta con Sicilia, no es de extrañar que gran parte de la comida tradicional maltesa se parezca a la italiana.

Tras la comida, continuamos nuestro viaje para conocer la isla.

Notas

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La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm

En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.


Contacto con nosotros; el motivo de que no sea una imagen clara es para evitar que los robots la descubran y nos inunden el buzón de basura.

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Malta-3: La Valeta (Malta)

30 de diciembre de 2025

Cinco ciudades que respiran al unísono

Nosotros no estábamos en La Valeta, estábamos en San Julián. Hoy decidimos ir a visitar la capital de Malta: La Valeta. Decimos “La Valeta” con una alegría casi turística, como si todo lo que rodea al Gran Puerto de Malta cupiera en un solo nombre. Pero La Valeta, estrictamente hablando, es solo la ciudad amurallada que fundaron los caballeros en el siglo XVI. Lo que vemos, lo que caminamos, lo que fotografiamos desde cualquier mirador, pertenece en realidad a varias ciudades que respiran al unísono: La Valeta, Floriana y las Tres Ciudades que se asoman desde la otra orilla. Un archipiélago urbano tejido por siglos de asedios, reconstrucciones y mareas humanas.

la Velta es lo que está amurallado. Las murallas las he resaltado con una línea roja. Basado en Google Maps.

Floriana, por ejemplo, es la antesala que todos pisamos sin darnos cuenta: la explanada de las anclas, los jardines, las avenidas amplias que preparan el cuerpo antes de entrar en la densidad de la capital. Y al otro lado del agua, Vittoriosa, Senglea y Cospicua —las Tres Ciudades— forman un espejo antiguo donde se refleja la historia naval de Malta. Cuando decimos “La Valeta”, en realidad estamos nombrando un conjunto más amplio, una constelación de barrios y fortificaciones que funcionan como un solo organismo. A veces se le llama «La Cotonera».

Ubicación de la «tres ciudades»: Senglea, Birgu, Bormia (Cottonera).

Quizá por eso la ciudad impresiona tanto: porque no es una, sino varias superpuestas. La Valeta es la punta visible de un territorio mayor, un corazón rodeado de arterias históricas. Llamarla por un solo nombre es cómodo, sí, pero también es una forma de reconocer que este lugar, más que una ciudad, es un ecosistema urbano que se extiende, se mezcla y se desborda más allá de sus murallas.

Tal como ya he dicho, nuestra residencia en estas vacaciones estaba en San Julián. Fuimos desde San Julián a un aparcamiento en Floriana y, desde allí, entramos a la ciudad fortificada: a La Valeta, propiamente dicho.

Al salir del aparcamiento en Floriana nos encontramos con mucha decoración navideña. Por ejemplo, un paquete de regalo.

Caja de regalo en Floriana. A la izquierda el cono-árbol que se ha hecho el símbolo mundial de la Navidad.

A mí, que se confunda un cono con un árbol, no me gusta. Pero no trato de exponer lo que me gusta, sino de lo que vi.

Resulta que, sin proponérnoslo, entramos de lleno en Fairyland. Una feria navideña en la explanada de Floriana, entes de llegar a la puerta principal de acceso a La Valeta.

Nos encontramos con muchas casetas que ofrecían «Mulled wine«. Tuve que acudir al traductor de Google par entender que eso significaba «Vino caliente».

Vino caliente. Me recordó algunas fiestas de Navidad en Fráncfort o en Bruselas, pero me resultaba extraño en una isla mediterránea con clima mucho más cálido.

Caseta que pfrecía vino caliente.

No pude resistirme. Quise probar el vino caliente con canela.

Vino caliente con canela.

La bebida me pareció muy similar a la que recordaba de Centroeuropa. Para mi gusto no estaba mal, pero tampoco me pareció una maravilla.

Siguiendo nuestro camino hacia la entrada a La Valeta nos encontramos con un monumento a Cristo Rey.

Monumento a Cristo Rey.

En el lateral, una inscripción nos dice lo que es:

El letrero del centro dice que se trata del Monumento a Cristo Rey, Congreso Eucarístico Internacional de 1913, celebrado en Malta. Obra del escultor maltés Antonio Sciortino.

Unos pasos más adelante nos encontramos con unos vehículos movidos por un caballo. Se trata de un vehículo muy sencillo, donde apenas caben dos personas. Mi primer contacto fue de curiosidad. Se parece a un faetón madrileño. Pero este tenía un aspecto muy peculiar.

Karozzin típico de Malta.

Una pequeña investigación en Copilot de Microsoft, me permitió saber que se trata de llamado karozzin [1], vehículo típico de Malta.

Posteriormente, tanto en La Valeta como en Rabat o Medina vimos que eran un auténtico incordio. Aparecían por todas partes, casi me atropellan varias veces… los conductores se portaban groseramente…

En fin, que una cosa es la imagen romántica de los vehículos a caballo y otra cosa es la realidad: conductores maleducados, con poca posibilidad de parar su vehículo pues los frenos malísimos, con olores atroces… Con moscas. ¿Qué quieren que les diga? Tal vez prefiero uno de los demonizados taxis con diésel. [¿Señora presidente Van der Leyen: se entera usted, no siempre «lo verde» es lo mejor?]

Pero estos coches son típicos de Malta.

Allí, en la explanada, en Floriana, que nos lleva hasta la entrada principal, a La Valeta, había una noria.

Es curioso, la noria se está convirtiendo en símbolo de las ciudades. Todas tiene que tener una.

Noria en Floriana, a la entrada de La Valeta.

Cuando, por fin, al anochecer, salimos de La Valeta, la noria estaba iluminada. Estaba preciosa. Pero de eso hablaré un poco más adelante.

Allí en aquella explanada había muchas figuras navideñas hechas con ledes.

Bola de Navidad hecha con ledes.

La bola de ledes me ha recordado enormemente otra similar en Fuengirola:

Cuando las manzanas se hicieron de vidrio | De tapas y otras cosas por Fuengirola

En esa explanada hay una fuente magnífica: la fuente de los tritones, aquí, ahora, por la mañana, la muestro junto a la noria. Por la noche, veremos su aspecto iluminado.

Fuente de los tritones y noria en Floriana.

Aunque de día no lo parezca, cuando la vemos de noche, reconoceremos que es espectacular.

Jaima hecha con ledes.

Hay una jaima hecha con ledes. Por el día, con las luces apagadas, parece anodina, pero, por la noche, cuando la veamos con los ledes encendidos, veremos que su aspecto es totalmente distinto. La noche la hace sumamente bella.

También hay unos árboles llenos de flores artificiales con un led en el centro. De día es interesante, pero de noche alcanzan su pleno esplendor.

Flores con ledes de color violeta.

Cuando llegamos a la entrada de La Valeta vimos un ascensor peculiar.

Ascensor externo en la entrada a La Valeta.

Atravesamos la puerta y entramos en la ciudad amurallada de La Valeta.

Lo primero que vemos es uno de esos grandes cono-árboles que han invadido todo el mundo occidental.

Cono-árbol en La Valeta.

El árbol que no era un árbol

Hay plazas que, cuando llega diciembre, parecen contener la respiración. Se llenan de luces, de murmullos, de ese olor a invierno que no viene del clima, sino de la memoria. Y luego está esta plaza, la de la foto, coronada por un “árbol” que en realidad no lo es.

Porque, seamos sinceros: un cono no es un árbol.

Es bonito, sí. Brilla, sí. Hace su trabajo de fondo navideño para autorretratos, también. Pero mientras lo miro, rodeado de gente que lo fotografía como si fuera un abeto recién bajado del cielo, no puedo evitar sentir que le falta algo. Algo esencial. Algo vivo.

Los árboles de verdad tienen ramas que se rebelan, sombras que se esconden, huecos que cuentan historias. Este, en cambio, es un capirucho perfecto, un hermano lejano de los que desfilan en Semana Santa, pero sin penitentes dentro. Un cuerpo sin alma. Solo geometría.

Quizá por eso me produce una sensación extraña: frío, inerte, muerto. Como si la Navidad hubiera delegado en la ingeniería lo que antes hacía la naturaleza.

Y, sin embargo, la plaza está llena. La gente sonríe, se abraza, se hace fotos. Tal vez la vida no esté en el árbol, sino alrededor. Tal vez el error sea mío, por buscar savia donde solo hay estructura.

Pero mientras me alejo, sigo pensando que un árbol —un árbol de verdad— no se enciende: respira.

Un poco más adelante nos encontramos con las ruinas palacio de la Ópera:

Ruinas del Palacio de la Ópera.

Poco después vimos el Tribunal Superior de Malta:

Tribunal superior de Malta.

En la calle vi una pizarra anunciando las especialidades de un bar. Me recordó mucho a lo que hay en España, aunque echo de menos algún precio.

Pizarra con ofertas. Y observen: Special tapas.

En la esquina, entre dos calles, había una hornacina bastante grande con San Francisco de Asís. A lo largo de nuestro viaje vimos muchas hornacinas y medallones con santos y especialmente con la Virgen María.

Acercándonos a la muralla nos encontramos con dos anclas.

Anclas de hierro .

Dos grandes anclas de hierro reposan frente al mundo, como bestias dormidas. No recuerdan ya el vaivén del mar ni el tirón del barco que un día las necesitó. Llevan tanto tiempo varadas que parecen haber echado raíces en la tierra, como si el suelo hubiera decidido adoptarlas.

El óxido las cubre con la paciencia de los siglos. No es una herida: es una piel nueva, una corteza que el tiempo ha ido tejiendo para ellas. Cada mancha rojiza es una historia, cada grieta un recuerdo. Sus enormes eslabones —pesados, torpes, hermosos— son el antiguo cordón umbilical con la vida marinera, el vínculo que las unía al latido del barco, al pulso del océano.

Intento imaginarlas nuevas, recién forjadas, brillantes. Y no puedo. Serían demasiado lisas, demasiado jóvenes, demasiado silenciosas. Les faltaría esa sabiduría áspera que solo concede la intemperie y los años. Porque es el óxido quien les da voz, quien les da textura, quien les da alma. Es el tiempo quien las ha convertido en maestras de quietud, en guardianas de lo que ya no vuelve.

Varadas, sí. Pero no vencidas.
Viejas, sí. Pero llenas de experiencia.
Son anclas que ya no sujetan barcos, pero todavía sujetan historias.

Por la calle del Mediterráneo llegamos a las inmediaciones del Fuerte San Elmo, que es el museo de la guerra.

Los caballeros de Malta hicieron muchos túneles que comunicaban diversas fortificaciones. Debajo del Fuerte de San Telmo (o Sant Elmo) hay un túnel, que denota su origen por su aspecto.

Túnel debajo del Fuerte de San Telmo (Sant Elmo).

Al lado mismo del Fuerte hay un bar-restaurante con el nombre, esperable, de San Elmo.

Varias personas de nuestro grupo pasaron a ver el museo de la Guerra, pero yo estaba cansado y preferí esperar en el bar.

Pedí la cerveza local de Malta: CISK.

Cerveza local: Cisk. Lager.

Por la cerveza me cobraron 6,60 €, pero hay detalle sumamente curioso, en la factura pone que me han cobrado 0,10 € por el envase. Si lo devuelves te reembolsan los 0,10 €. Me parece una forma interesante para evitar que los envases se tiren.

Desde el bar St. Elmo`s hay una bonita vista del Gran Puerto de Malta.

Vista del Gran Puerto de Malta desde el bar-restaurante St. Elmo’s.

Hay varias características que delatan su origen en los caballeros de Malta: 1) Bóveda de cañón en piedra: típica de los túneles defensivos construidos por los Caballeros de la Orden de Malta. 2) Anchura suficiente para el paso de soldados y pertrechos, pero no para vehículos.

Museo de la guerra

Tal como he dicho más arriba, algunas personas de nuestro grupo fueron al Museo de la Guerra. Yo preferí quedarme en el bar, pero los que fueron, me han cedido sus fotos. Aquí expongo algunas de ellas. Me disculparán por difuminar las caras, pero lo mismo que difumino las de las personas que aparecen en mis fotos, sin su permiso, lo mismo quiero hacer con mi amigos.

Entrada al museo de la guerra.
Detalle de las armaduras.

Los actuales programas de IA me permiten quitar al niño, pero he preferido dejarlo, borrando su cara, para que nos de una idea de tamaño. El niño tiene 11 años.

Yo venía buscando caballeros solitarios, capas al viento, espadas que tintinean contra el amanecer… y en su lugar me encontré con una hilera interminable de cañones. Una coreografía de hierro que desmonta mi fantasía romántica y me recuerda que la historia, antes que épica, fue logística, sudor y artillería. Malta no solo se defendió con gestos heroicos, sino con toneladas de metal apuntando al horizonte.

Cañones. Cañones. ¡Qué poco tienen que ver con la imagen romántica de los caballeros de Malta!
Niño mirando un cañón.

Yo venía buscando a los caballeros del Gran Sitio: hombres cubiertos de acero, luchando cuerpo a cuerpo contra los otomanos, entre humo, rezos y juramentos. Pero al llegar a estas murallas me recibe una hilera perfecta de cañones, demasiado ordenados, demasiado modernos para mi fantasía. Y entonces recuerdo que Malta no es solo el escenario de 1565: es una fortaleza que siguió armándose durante siglos. Estos cañones no pertenecen a mis caballeros, pero sí a la larga historia de una isla que nunca dejó de prepararse para la guerra.

Exterior de las murallas

Como puede verse, el bar está justo en la muralla. De hecho, desde él sale una escalera que lleva al exterior y dónde puede verse que usaron la parte inferior como cantera.

Escaleras que nos llevan al exterior de las murallas.

Dimos unn paseo por el exterior de las murallas que resultó muy interesante, pero, también, en algunos momentos difícil.

Desde fuera de las murallas se ve muy bien la estructura del puerto. Por ejemplo, desde donde se sacó la siguiente foto se ve muy bien la fortaleza y el faro (fíjense que hay un faro) Rissoli.

Desde el exterior de las murallas de La Valeta vista del faro y de la fortaleza Rissoli.

Algunas zonas del exterior de las murallas se han usado como puerto.

Exterior de las murallas usado como puerto.
Una panorámica de la entrada al Gran puerto de Malta. Fíjense en el puente metálico (rojo de la izquierda).

En algunas zonas se ve perfectamente que las rocas sobre las que descansan las murallas han servido de cantera. Es decir, las partes bajas sobre las que reposan las murallas han sido a su vez canteras.

De aquí sacaron las piedras para la muralla. Pasar de un lado al otro no es tarea sencilla.
Un paso nada sencillo.
Detalle de las escaleras.

El problema no son las escaleras, el problema es que al final hay derrumbes y hay que ir pegando saltos como una cabra.

En la muralla hay algunas cosas curiosas. Como ejemplo el «arco ciego» que hay en la siguiente foto. Hasta donde yo entiendo, que ni soy arquitecto ni ingeniero de Caminos, se trata de un arco que sirve para que el peso de las piedras de arriba no se cargue el dintel. Hay un hueco, por el que salen aguas de la ciudad y encima tiene un dintel. Probablemente ese dintel sería incapaz de aguantar la carga de las piedras de encima, por eso obtaron por poner un arco que transmite las fuerzas a los lados y evita que se rompa el dintel.

Arco ciego en el exterior de las murallas.
Otra vista del arco ciego.

Algunos detalles son bonitos. Por ejemplo, este «arco» que permite pasar el agua marina por sus bajos.

Arco en las rocas.

En algunos sitios se ve perfectamente que el camino se ha creado cortando las rocas que se han empleado en las murallas, incluso en algún sitio quedan algunos bloques cortados y todavía sin usar.

Camino excavado en la roca, creo que esto era la cantera.

Algunas imágenes nos demuestran el uso del exterior de las murallas como cantera.

Un bloque cortado pero no usado.
Una piedra en el camino que indica que era la cantera.

La entrada al puerto se ve muy bien. Observen el puente metálico rojo de la izquierda, que volveré a poner en la foto siguiente.

Entrada al Gran Puerto de Malta.
Puente en la entrada del Gran Puerto de Malta.

Cuando salimos del camino por los lados de la muralla pudimos ver unos barquitos.

Barquitos en el exterior del puerto.

Una vez que salimos de la «cantera» seguimos por fuera de las murallas, pero ya se ve una carretera y hay establecimientos de venta de varias cosas. Ya es ciudad.

Concatedral anglicana de San Pablo.
Concatedral anglicana de San Pablo.

Cerca de aquí había unas escaleras que nos llevaba, de nuevo, al interior de las murallas. Más concretamente en la Calle de la República (Triq ir Repubblika).

Triq ir Repubblika

Decidimos sentarnos en un bar a comer alguna cosa y descansar. Un lugar que nos pareció tranquilo fue el Eddie’s Cafe Regina, en la calle República. Al lado del monumento a la Reina Victoria.

Fachada Eddie’s Cafe Regina.

Había probado vinos de Malta, pero lo que no había hecho era degustar alguna de las dos variedades de uvas autóctonas de la isla: Girgenti y Ġellewża.

En la carta del Cafe Regina ofrecían un vino semi-espumoso con la variedad girgentina y decidí probarla.

Carta. Vino Girgentina Frizzante por 14 €.

La uva girgentina es una variedad de uva blanca originaria de Malta. Probablemente llegó desde Sicilia en tiempos antiguos, traída por los fenicios; su nombre moderno deriva de Girgenti (Agrigento).

Girgentina frizante. Denominación de origen de Malta.

El vino me pareció pasable, pero sin más. No me resultó una maravilla. Pero no me hagan mucho caso, ya saben ustedes que cada uno tiene sus gustos y lo que para mi es normal para otros puede ser una maravilla. En cualquier caso probé la girgentina.

Cuando salimos del bar, tan solo eran las 4:30 de la tarde, pero el sol ya empezaba a ponerse. La calle de la República está orientada este-oeste, por lo que se veía la puesta de sol.

El sol empieza a ponerse en la Calle República.

Como pueden ver he emborronado las caras por temas de privacidad.

Anochecía rápidamente. Decidimos volver a Floriana. Unos pasos más adelante, en la misma calle, nos encontramos con estos dos simpáticos muñecos hechos con ledes (ledes es un apalabra fea, pero es el plural de led que nos propone la RAE).

Muñecos navideños hechos con ledes, en la calle República.

No pude menos que imaginármelos saludando. Así que eche mano de la IA de meta y el resultado fue este:

Seguimos avanzando y vimos el monumento al papa Pio V.

Papa San Pio V

Me sorprendió ver una cabina telefónica al estilo de Londres, pero cuando pensé que han sido colonia inglesa durante muchos años (de hecho, se independizaron el año 1964) ya no era tan raro. Y, por eso, entendí que condujeran por la izquierda.

Cabinas telefónicas de Malta al estilo de Londres.

Medallones de santos y vírgenes en las calles

En diversos sitios nos encontramos con medallones u hornacinas representando santos y muy principalmente a la virgen y el niño.

Parece ser que en la cultura popular estos medallones (a veces hornacinas) protegen a la calle. Por eso son tan abundantes.

Los medallones están esculpidos en piedra caliza y fueron pintados con muchos colores. La erosión ha hecho su obra destructiva, pero, no obstante me gustan. Me detengo siempre ante los pequeños medallones que coronan esquinas, fachadas y portales. Me gustan esas vírgenes talladas en las calles y en las iglesias: inocentes, simples, pintadas con colores vivos que el sol mediterráneo ha ido apagando. No pertenecen al mundo del arte académico ni al de la ingenuidad infantil. Son otra cosa: arte popular, nacido de manos anónimas que buscaban protección más que perfección, devoción más que estilo. Son obras de gente sencilla que, al esculpir a un santo o a la Virgen María, pedía que su calle estuviera a salvo de piratas, de enfermedades, de riñas, de odios… Imagínense ustedes que están en plena «peste negra». ¿Si usted cree que un medallón protegería a su calle de la peste, no lo pondría? Confieso que yo no pondría solo uno, pondría muchos.

El viento y la lluvia han dejado su huella. La piedra se ha erosionado, la pintura se ha cuarteado, los rostros se han vuelto más suaves, casi desdibujados. Pero a mí me gustan así: erosionadas, heridas, como si el tiempo hubiera querido escribir en ellas una lección silenciosa sobre la fragilidad del mundo. Hay algo de memento mori en esas grietas, un recordatorio de que todo lo vivo —y todo lo amado— está siempre expuesto al desgaste.

Quizá por eso me atraen tanto estas vírgenes sencillas. En su imperfección encuentro una forma de verdad. El tiempo, lejos de restarles belleza, las llena de alma. Cada desconchón, cada sombra, cada pérdida de color parece añadirles una historia más. Y al mirarlas, siento que no solo protegen la calle: también custodian la memoria de quienes las colocaron allí, confiando en que lo sagrado pudiera convivir con lo cotidiano.

En la misma calle vimos anuncios de recorridos en barco por el Gran puerto o viajes a las islas de Gozo y Comino. Eso nos dio pistas sobre cómo ir a aquellas dos islas que sí queríamos visitar.

Iglesia de San Francisco de Asís

No sé muy bien cómo, pero llegamos a la iglesia de San Francisco de Asís.

Hornacina de San Francisco de Asís. La inscripción dice algo así como: En mi cuerpo llevo los estigmas de Nuestro Señor Jesucristo.
Interior de la iglesia de San Francisco de Asís
Iglesia de San Francisco.
Órgano de la iglesia de San Francisco en La valeta.

Es muy difícil asignarle un estilo pues ha sufrido muchísimas modificaciones desde que fue construida a finales del siglo XVI y principios del XVII. Podríamos decir que forma parte del gótico maltés, pero pronto sufrió problemas estructurales y fue reconstruida en 1681 gracias al mecenazgo del Gran Maestre Gregorio Carafa, cuyo escudo aún preside la fachada. Su interior, ampliado en la década de 1920 siguiendo los planos de Emanuel Borg, combina el barroco maltés con una cúpula relativamente moderna y frescos de Gianni Vella que sustituyeron a los de Giuseppe Calì. Es una iglesia luminosa, discreta y muy viva, que acompaña al paseante casi sin imponerse, como un respiro espiritual en medio del bullicio de la capital.

Cristo en la iglesia de san Francisco de Asís.
Velas con luces led en la iglesia de San Francisco.

Las velas de las iglesias siempre me han apasionado. En ellas veo la devoción del pueblo, la continuidad de creencias que vienen de muy lejos, casi tan antiguas como el propio gesto de encender fuego. Hay algo vivo en una llama: un calor de hogar, un latido, un sueño que arde en silencio mientras espera realizarse. Las velas son anhelos, son esperanza, son un pequeño grito luminoso que insiste en que no todo está perdido. Y qué quieren que les diga: prefiero las velas de cera a esas imitaciones de led que parpadean sin alma. Yo quiero velas de verdad. Quiero poder sentir el riesgo de su llama, dejar que su movimiento voluble me hipnotice y me invite a soñar.

QR para dejar una limosna con Revolut

Al salir, un código QR pegado junto a la puerta me recordó que el tiempo no pasa en balde. Era para dejar una limosna con Revolut, porque si el dinero en efectivo se desvanece, las iglesias también tienen que adaptarse. Es lógico, claro. Pero no puedo evitar sentirlo extraño. Quizá sea cosa de la edad, o de cierta nostalgia por los gestos concretos: el sonido de unas monedas cayendo en la caja, el roce del metal, la sensación de haber entregado algo que pasó por mis manos. La limosna digital es eficiente, sí, pero no huele a nada, no pesa, no deja huella. Y yo, qué quieren que les diga, sigo prefiriendo ese pequeño ritual antiguo que me conecta con todos los que lo hicieron antes que yo.

Anochece

Todavía no es noche cerrada pero las calles se encienden con sus luces de gala

Poco a poco las calles se encienden con luces navideñas. ¿Alegría o tristeza? Quizá ambas. Alegría porque el sol, que parecía derrotado, vuelve a ascender desde sus profundidades y comienza de nuevo su renacer, derramando luz sobre el mundo. Pero también tristeza, porque cada destello nos recuerda a quienes ya no caminan a nuestro lado. Tal vez la Navidad no sea lo uno o lo otro, sino esa mezcla extraña y hermosa en la que la esperanza convive con la memoria, y la luz se abre paso sin borrar del todo la sombra.

El sol se pone. El árbol destaca.

Retrocedemos sobre nuestros pasos y todas aquellas figuras que vimos de día, apagadas y casi tímidas, ahora brillan. La noche las ha vuelto hermosas. La fuente de los Tritones resplandece como si emergiera de un sueño acuático; la noria, con sus cambios de colores, parece un reloj cósmico marcando un tiempo distinto; y esas flores que creíamos blancas revelan, bajo la penumbra, un violeta inesperado. El mundo que durante el día tenía un aire inocente, casi doméstico, se transforma de repente en un escenario brillante, lleno de misterio. Y entonces todo se ordena alrededor de un único impulso: el foco se desplaza hacia la luz. Hacia la luz.

La fuente de los tritones, vista de noche.
Fuente de los tritones cuando el sol se sumerge en la oscuridad.
La casa que de día no decía nada, de noche se vuelve brillante, de colores vívidos, que nos invitan a entrar.

A la izquierda de la casa hay árboles violetas. Son aquellas flores blancas que veíamos por la mañana.

Las flores blancas se han metamorfoseado en violeta.

Y la bola que sin iluminación era muy sencilla, al iluminarla aparece así:

Bola nocturna. Retocada con IA.

La noria, iluminada, adquiere otra dimensión. Mucho más bella.

La noria al anochecer en Florina.

El aparcamiento estaba muy cerca de la noria. Cogimos el coche y regresamos a nuestro hotel en San Julián. Por fin habíamos visto La Valeta. En un viaje anterior apenas habíamos bordeado sus murallas y brindado con un par de vinos malteses, pero esta vez fue distinto. Caminamos por dentro y por fuera de sus fortificaciones, nos maravillamos con las técnicas constructivas de los Caballeros, probamos sus vinos con calma y descubrimos la belleza inesperada de sus decoraciones navideñas. Seguramente solo hemos visto una ínfima parte de esta ciudad única, pero al menos nos hemos quitado la espina de aquel viaje en el que casi no vimos nada. Y, en el fondo, no haberlo visto todo es una suerte: nos deja la mejor de las excusas para volver.

Notas

[1] Wikipedia. Entrada: Karozzin. https://en.wikipedia.org/wiki/Karozzin [Consultado 16 de enero de 2026]


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Malta-2-b: Lumis: un refugio cítrico sobre la Superbowl de Malta

29 de diciembre de 2025

Después de pasar casi todo el día en el Acuario Nacional de Malta, empapados de peces, tiburones y colores marinos, surgió en el grupo un deseo inesperado: ir a la Superbowl, la bolera más famosa de la isla. A uno de nosotros le hacía especial ilusión, así que allá fuimos, directos al corazón del ruido, las luces y las bolas rodando.

Ruta desde Acuario a cafetería Lumis. Mapa gentileza de Google maps.

Confieso que, de joven, las boleras me encantaban. Ese estruendo continuo tenía algo de energía juvenil, de caos divertido. Pero esta vez… no. En Malta, el ruido me resultó insufrible. Es curioso cómo cambia la percepción con la edad: lo que antes era ambiente alegre, ahora es tormenta sonora insufrible.

La bolera tenía una cafetería. Como cerca de las pistas el ruido era insoportable, nos fuimos lo más lejos posible, pero el ruido seguía siendo insufrible. La bolera estaba decorada con motivos navideños.

Muñeco de nieve simulado, en la cafetería de la bolera.
Muñeco de nieve simulado, con luces de colores.

Así que negociamos un pacto civilizado: quien quisiera jugar, que se quedara; quien no, buscaría refugio en una cafetería del mismo edificio. Por suerte, el complejo tiene varias plantas y varias opciones para escapar del estrépito.

Aspecto del comedor de Lumis.

Cogimos el ascensor y subimos hasta Lumis, una cafetería cuyo nombre en maltés significa limones. Y, como los limones, fue un soplo de frescura. Un espacio luminoso, tranquilo, con un ambiente que parecía diseñado para contrarrestar el caos de la bolera que rugía varios pisos más abajo.

Como podemos ver, los precios no podemos decir que son baratos. Pero el lugar es tranquilo y nos permite huir del tremendo ruido de la bolera.

En la barra, una carta de cócteles irresistibles nos guiñó el ojo. No eran precisamente baratos, pero tenían ese magnetismo que hace que uno piense: “Bueno… estamos de viaje”. Pedimos varios, cada cual más vistoso que el anterior, y dejamos que el tiempo se deslizara suavemente mientras los jugadores del grupo seguían lanzando bolas y derribando pinos.

Detalle de carta de cocteles.

La espera, entre sorbos y conversación relajada, se convirtió en un momento inesperadamente agradable. A veces, los mejores rincones de un viaje no son los que uno planea, sino los que aparecen cuando decides huir del ruido y subir un par de pisos más arriba.

Aspecto del interior de Lumis.
Aspecto de la barra

Uno de los cocteles, creo, aunque no pongo la mano en el fuego, que era un whiski sour. La presencia era buena hasta que te fijabas en el limón.

Uno de los cocteles. La pinta del limón, reseca, no me gustó nada.

El coctel lucía muy bien, pero el limón reseco daba una muy mala impresión. Tal vez esté equivocado y haya que servirlo así, pero para mí fue una sorpresa desagradable.

Pero era un día de fiesta, así que iluminé el coctel de otra forma y eludí el limón reseco.

Ahora, sin que vea el limón, parece mucho más bello.

Otro de mis acompañantes pidió un mojito.

Mojito.
Daiquiri de fresa y árbol de Navidad detrás.

El establecimiento estaba decorado con motivos navideños.

Árbol navideño en Lumis.

El servicio fue profesional y amable. Pero, ya que estamos ante un sitio de cierta calidad, poner en un coctel un limón reseco me dio muy mala impresión. Tal vez sea yo el equivocado y poner el limón reseco sea lo aconsejable, pero, de verdad, a mí me causó una impresión deprimente. Sinceramente, si pago 14 € por un whiski sour espero una rodaja de limón fresca, no reseca.

La factura no fue barata.

Hasta mañana.

Notas

[1]


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Malta-2-a: Una mañana entre criaturas que viven en el agua azul: visita al acuario de Malta

29 de diciembre de 2025

Hay lugares que uno visita por curiosidad y otros que, sin esperarlo, te regalan una pausa interior. El Acuario Nacional de Malta pertenece a esa segunda categoría.

Acuario Nacional de Malta.

Un recorrido que empieza en la orilla

El acuario está organizado como un pequeño viaje circular por el Mediterráneo. Las primeras salas recrean las costas maltesas: rocas calizas, praderas de posidonia, bancos de peces plateados que se mueven como si obedecieran a una coreografía antigua. Es un recordatorio de que, incluso en un archipiélago tan pequeño, la vida marina late con una intensidad sorprendente. He dicho archipiélago ya que la República de Malta tiene tres islas: Malta, Gozo y Comino.

Recreación de arrecifes en la isla de Malta.

En el acuario nacional de Malta hay muchas cosas que ver, pero una de las que más miradas atrae es el túnel de los tiburones.

El túnel de los tiburones

El momento estrella —literal y figuradamente— es el túnel acristalado. Allí el tiempo se ralentiza. Los tiburones pasan sobre tu cabeza con esa elegancia que solo tienen los animales que no necesitan demostrar nada. Las rayas, en cambio, parecen saludar con sus alas ondulantes. Es imposible no sentir un pequeño estremecimiento, mezcla de respeto y fascinación.

Túnel de los tiburones. He elimando las caras, por razones de privacidad.
Aspecto del impresionante túnel. Por razones de privacidad he borrado las caras.

El Mediterráneo… y más allá

Aunque el acuario está centrado en la fauna local, también hay espacio para especies tropicales: peces payaso escondidos entre anémonas, medusas que parecen lámparas vivientes, un pulpo que observa con la inteligencia silenciosa de quien sabe más de lo que dice. Cada tanque está acompañado de paneles claros y bien diseñados, perfectos para quienes disfrutan aprendiendo mientras viajan.

Acuario de Malta.
Creo que es pez ballesta payaso. Pero no pongo la mano en el fuego.
Pez león.

Un espacio pensado para todos

Algo que nos sorprendió fue lo bien integrado que está el acuario en su entorno. Desde la cafetería se ve el mar real mientras aún llevas en la retina el mar imaginado de los tanques. Las familias encuentran actividades interactivas, los curiosos pueden detenerse a leer, y los que solo quieren dejarse llevar tienen bancos estratégicamente colocados para contemplar sin prisa.

Pez ángel.

Dentro del acuario, una de las sorpresas más singulares es un simulador de terremotos que sumerge al visitante en una experiencia casi literaria: la sensación de estar a bordo del Nautilus, el mítico submarino del capitán Nemo. La sala vibra, cruje y se ilumina como si una falla submarina despertara bajo el casco metálico, mientras paneles y efectos sonoros recrean el temblor de las profundidades. Es un guiño vernesco [de Julio Verne] que mezcla ciencia, aventura y un toque de fantasía, convirtiendo la visita en algo más que una simple observación de fauna marina.

El exterior del simulador de terremotos de Nemo. Lamentablemente, dentro no dejaban sacar fotografías.

Salimos al exterior… y el mar seguía allí

Al terminar la visita, volvimos a la luz del Mediterráneo. El contraste entre el azul contenido del acuario y el azul infinito del mar real crea un efecto curioso: uno sale con la sensación de haber afinado la mirada. Como si ahora viéramos más vida en cada ola.

Vista del Mediterráneo desde fuera del Acuario.

Era hora de almorzar. Dada la ubicación del acuario, en una esquina de la isla. Lo más rápido era comer en el propio acuario. Por suerte, disponen de un excelente restaurante que se llama La Nave [¿otra reminiscencia de España?].

Allí mimo hay un letrero hecho en el estilo trencadis, típico del modernismo catalán.

Letrero Café del Mar en estilo trincadis.
Cocodrilo estilo trencadis a la entrada del acuario.

Almuerzo en La Nave

La Nave refuerza aún más la inmersión del acuario con una decoración íntegramente marinera: maderas que recuerdan a la cubierta de un barco, redes y boyas que cuelgan como si acabaran de salir del puerto, y detalles náuticos que evocan travesías por el Mediterráneo. El ambiente acompaña a su cocina informal —pizzas italianas y hamburguesas— y convierte la pausa para comer en una prolongación natural del viaje submarino que propone el acuario.

Decoración de peces [¿sardinas?] en el restaurante La Nave.
Decoración de peces.

Estanos en un restaurante dentro de un acuario, donde los clientes más habituales son los niños, ¿o tendríamos que decir de los padres que van con la disculpa de que les gusta a los hijos?. Así que entre los platos figuran los preferidos de los niños, pizzas y hamburguesas.

Pizza del restaurante La Nave
Hamburguesa con patatas fritas en La Nave.

Por parte de los adultos quisimos probar los vinos de Malta.

Pedimos un Ziffa rose de 2024.

Sin ser una maravilla, no estaba mal. Y, al menos, habíamos probado un vino maltés.

En cuanto al precio, digamos que para los estándares de Fuengirola, eran bastante caros. Pero para el estándar europeo eran bastante normales.

Aquí tienen la factura para seis personas:

Factura para seis personas.

Allí donde la tarde se vuelve noche en un suspiro

En pleno invierno, Malta vive atardeceres realmente tempranos. En el solsticio de invierno, el sol se pone alrededor de las 16:52 en La Valeta, de modo que la luz se esfuma casi sin darte cuenta. Por eso, después de comer —aunque no fuera especialmente tarde— al salir del restaurante nos encontramos ya con la noche completamente instalada, como si el día hubiera decidido plegar velas antes de tiempo.

La suerte quiso que aquella noche maltesa no fuera un pozo oscuro, sino un archipiélago de luces. Miles —quizá millones— de ledes dibujaban criaturas imposibles: submarinos dignos del capitán Nemo, medusas suspendidas como lámparas vivas, galeones fantasma navegando en silencio por plazas y paseos. Todo era luz, luz, luz… una constelación terrestre que desafiaba a la noche y la obligaba a retroceder, aunque fuera por unas horas, ante la imaginación encendida de la isla.

Figuras iluminadas en el Acuario Nacional de Malta. Medusa a la izquierda, galeón a la derecha.
Barco de luz.
La medusa de luz nos saluda.
Un «Nautilus» de ledes. Ls caras las he emborronado por razones de privacidad.

El caballito de mar es una de esas criaturas que parecen inventadas por un poeta: navega erguido, como un jinete diminuto que avanza con dignidad entre las algas, y desafía todas las normas del reino animal. Su mayor prodigio es que es el macho quien gesta y pare a las crías, guardándolas en una bolsa ventral hasta que, tras un temblor casi imperceptible, las libera al agua como un pequeño estallido de vida. Un ser delicado, improbable y absolutamente fascinante.

Caballito de mar en el Acuario de Malta.

Hay hasta un platillo volante.

Platillo volante.

Resulta llamativo que un simple cono de luces pretenda evocar un árbol. Ningún árbol real inicia su copa pegada al suelo; siempre la eleva un poco, como si necesitara aire para desplegarse. Pero, claro, trazar un cono luminoso es mucho más sencillo que reproducir el perfil caprichoso de una conífera y, por esa facilidad de montaje, los conos han terminado por convertirse en los árboles oficiales de la Navidad urbana. ¿Qué quieren que les diga? Yo sigo prefiriendo árboles a conos.

Cono de luces que pretende ser un árbol de Navidad.
Interior del árbol.

La leyenda de una estrella que dirigió a Los Reyes Magos al pesebre está presente en las luces de Malta. Siempre me ha sorprendido que un mito medieval conserve tantos devotos en pleno siglo XXI. Quizá toque alguna fibra ancestral, algún anhelo antiguo que nuestra civilización, por muy tecnológica que sea, no ha dejado atrás. La verdad es que no tengo una explicación clara. Pero sí una certeza íntima: la estrella me gusta, con su mezcla de símbolo, luz y esperanza que atraviesa los siglos sin apagarse.

Estella de Belén.

El acuario habla de peces, sí, pero también de peces de luz, criaturas gigantescas que multiplican por tres la estatura de un niño y parecen recién salidas de un sueño submarino. Brillan, se arquean, avanzan suspendidas en el aire como si nadaran en una corriente invisible. Son peces luminosos, hermosos, potentes, capaces de transformar una noche cualquiera en un océano encendido.

Un pez de luz.
Pez luminoso en el acuario de Malta. El movimiento no es real, está creado por IA

Tras pasar casi todo el día en el Acuario decidimos a la bolera, pero de ello hablaremos en la próxima entrada. Me despido con una canción popular maltesa con temas navideños.

Ubicación


Notas

[1]


Licencia de Creative Commons

La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm

En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.


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