5 de julio 2026
Durante casi dos semanas hemos recorrido la isla de Chipre paso a paso, dejándonos sorprender por sus rincones, sus sabores y sus historias. En esta serie de entradas recojo, a modo de cuaderno de viaje, algunos momentos que hicieron especial nuestra visita. En la entrada de hoy cuento nuestra visita a Cabo Greco.
El día 5 decidimos ir a la otra punta de la isla, a Pafos, pero previamente fuimos en dirección contraria, aunque muy cerca, para ver el Cabo Greco.

Es un promontorio de piedra caliza que se asoma al Mediterráneo con una serenidad casi mística. Las olas golpean las cuevas marinas y el sonido se convierte en respiración del paisaje. Desde sus acantilados, el horizonte parece curvarse, y uno siente que el mar no termina, sino que empieza allí.

En Wikipedia tenemos una imagen mejor que la mía [1]:

Gracias a A Savin por dejarnos usar su foto.
Entre los senderos de tomillo y las rocas doradas, el Cabo Greco guarda una luz que cambia cada minuto: del azul profundo al turquesa, del dorado al violeta del atardecer. Es un lugar para caminar despacio, para dejar que el silencio se mezcle con el rumor del agua.
Nombre y leyendas
El nombre Greco procede de los navegantes italianos y venecianos que cartografiaron la isla en la Edad Media. Para ellos, este cabo era el punto donde el viento greco —el gregale, un viento del noreste que sopla desde el mar Jónico— golpeaba con más fuerza. Con el tiempo, el término pasó a designar no solo el viento, sino el propio promontorio.

Siglos de oleaje han tallado cuevas que la tradición local añade un matiz más poético: en estas aguas claras se hablaba de sirenas y espíritus marinos que guiaban o confundían a los pescadores. Las cuevas del cabo, talladas por siglos de oleaje, alimentaron historias de refugios secretos, naufragios y luces misteriosas que aparecían en noches de tormenta.

Sin duda que esas historias de sirenas me recuerdan a la Odisea. Aunque las leyends son ligeramente distintas. En la Odisea, las sirenas son criaturas que cantan para desviar a los navegantes, atrapándolos con una mezcla de belleza y peligro. En Cabo Greco, las leyendas locales hablan de luces misteriosas, voces en el viento y figuras marinas que aparecían en noches de tormenta, confundiendo a los pescadores o guiándolos hacia la costa.
Hay un famoso arco tallado en la roca marina que hoy se llama «puente de los enamorados». Nos enseña lo que es capaz de hacer el oleaje al chocar año tras año y siglo tras siglo sobre la roca caliza del Cabo Greco.

En Cabo Greco, incluso las plantas parecen dialogar con el viento. Fotografié una rama seca que se inclinaba hacia el mar, como si escuchara su rumor. Chipre se resume en ese gesto, entre la aridez y el azul infinito.
Pero no todo es contemplar la naturaleza, la geología y recordar las leyendas. El Cabo Greco también se vive: cada día llegan barcos repletos de turistas que buscan bañarse en sus aguas cristalinas. A pesar de que no hay una playa de arena, muchos se lanzan desde las rocas, riendo, desafiando el vértigo y dejando que el mar los abrace. Es el Mediterráneo en su forma más pura: sin artificios, solo piedra, luz y agua.


Aunque muchos jóvenes se tiren al agua desde las rocas, también hay alguna playa de arena.

Tras esta breve parada en Cabo Greco nos dirigimos hacia Pafos, pero esa historia será el tema de la próxima entrada.
Notas
[1] Wikipedia. Entrada: Cabo Greco. https://es.wikipedia.org/wiki/Cabo_Greco [Consultado el 27 de agosto de 2026]
Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con

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En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero. Las fotos están en muy baja resolución. Si alguien está interesado en obtenerla con mayor resolución, que me las pida.
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