30 de diciembre de 2025
Cinco ciudades que respiran al unísono
Nosotros no estábamos en La Valeta, estábamos en San Julián. Hoy decidimos ir a visitar la capital de Malta: La Valeta. Decimos “La Valeta” con una alegría casi turística, como si todo lo que rodea al Gran Puerto de Malta cupiera en un solo nombre. Pero La Valeta, estrictamente hablando, es solo la ciudad amurallada que fundaron los caballeros en el siglo XVI. Lo que vemos, lo que caminamos, lo que fotografiamos desde cualquier mirador, pertenece en realidad a varias ciudades que respiran al unísono: La Valeta, Floriana y las Tres Ciudades que se asoman desde la otra orilla. Un archipiélago urbano tejido por siglos de asedios, reconstrucciones y mareas humanas.

Floriana, por ejemplo, es la antesala que todos pisamos sin darnos cuenta: la explanada de las anclas, los jardines, las avenidas amplias que preparan el cuerpo antes de entrar en la densidad de la capital. Y al otro lado del agua, Vittoriosa, Senglea y Cospicua —las Tres Ciudades— forman un espejo antiguo donde se refleja la historia naval de Malta. Cuando decimos “La Valeta”, en realidad estamos nombrando un conjunto más amplio, una constelación de barrios y fortificaciones que funcionan como un solo organismo. A veces se le llama «La Cotonera».

Quizá por eso la ciudad impresiona tanto: porque no es una, sino varias superpuestas. La Valeta es la punta visible de un territorio mayor, un corazón rodeado de arterias históricas. Llamarla por un solo nombre es cómodo, sí, pero también es una forma de reconocer que este lugar, más que una ciudad, es un ecosistema urbano que se extiende, se mezcla y se desborda más allá de sus murallas.
Tal como ya he dicho, nuestra residencia en estas vacaciones estaba en San Julián. Fuimos desde San Julián a un aparcamiento en Floriana y, desde allí, entramos a la ciudad fortificada: a La Valeta, propiamente dicho.
Al salir del aparcamiento en Floriana nos encontramos con mucha decoración navideña. Por ejemplo, un paquete de regalo.

A mí, que se confunda un cono con un árbol, no me gusta. Pero no trato de exponer lo que me gusta, sino de lo que vi.
Resulta que, sin proponérnoslo, entramos de lleno en Fairyland. Una feria navideña en la explanada de Floriana, entes de llegar a la puerta principal de acceso a La Valeta.
Nos encontramos con muchas casetas que ofrecían «Mulled wine«. Tuve que acudir al traductor de Google par entender que eso significaba «Vino caliente».
Vino caliente. Me recordó algunas fiestas de Navidad en Fráncfort o en Bruselas, pero me resultaba extraño en una isla mediterránea con clima mucho más cálido.

No pude resistirme. Quise probar el vino caliente con canela.

La bebida me pareció muy similar a la que recordaba de Centroeuropa. Para mi gusto no estaba mal, pero tampoco me pareció una maravilla.
Siguiendo nuestro camino hacia la entrada a La Valeta nos encontramos con un monumento a Cristo Rey.
En el lateral, una inscripción nos dice lo que es:

Unos pasos más adelante nos encontramos con unos vehículos movidos por un caballo. Se trata de un vehículo muy sencillo, donde apenas caben dos personas. Mi primer contacto fue de curiosidad. Se parece a un faetón madrileño. Pero este tenía un aspecto muy peculiar.

Una pequeña investigación en Copilot de Microsoft, me permitió saber que se trata de llamado karozzin [1], vehículo típico de Malta.
Posteriormente, tanto en La Valeta como en Rabat o Medina vimos que eran un auténtico incordio. Aparecían por todas partes, casi me atropellan varias veces… los conductores se portaban groseramente…
En fin, que una cosa es la imagen romántica de los vehículos a caballo y otra cosa es la realidad: conductores maleducados, con poca posibilidad de parar su vehículo pues los frenos malísimos, con olores atroces… Con moscas. ¿Qué quieren que les diga? Tal vez prefiero uno de los demonizados taxis con diésel. [¿Señora presidente Van der Leyen: se entera usted, no siempre «lo verde» es lo mejor?]
Pero estos coches son típicos de Malta.
Allí, en la explanada, en Floriana, que nos lleva hasta la entrada principal, a La Valeta, había una noria.
Es curioso, la noria se está convirtiendo en símbolo de las ciudades. Todas tiene que tener una.

Cuando, por fin, al anochecer, salimos de La Valeta, la noria estaba iluminada. Estaba preciosa. Pero de eso hablaré un poco más adelante.
Allí en aquella explanada había muchas figuras navideñas hechas con ledes.

La bola de ledes me ha recordado enormemente otra similar en Fuengirola:
Cuando las manzanas se hicieron de vidrio | De tapas y otras cosas por Fuengirola
En esa explanada hay una fuente magnífica: la fuente de los tritones, aquí, ahora, por la mañana, la muestro junto a la noria. Por la noche, veremos su aspecto iluminado.

Aunque de día no lo parezca, cuando la vemos de noche, reconoceremos que es espectacular.
Hay una jaima hecha con ledes. Por el día, con las luces apagadas, parece anodina, pero, por la noche, cuando la veamos con los ledes encendidos, veremos que su aspecto es totalmente distinto. La noche la hace sumamente bella.
También hay unos árboles llenos de flores artificiales con un led en el centro. De día es interesante, pero de noche alcanzan su pleno esplendor.
Cuando llegamos a la entrada de La Valeta vimos un ascensor peculiar.
Atravesamos la puerta y entramos en la ciudad amurallada de La Valeta.
Lo primero que vemos es uno de esos grandes cono-árboles que han invadido todo el mundo occidental.
El árbol que no era un árbol
Hay plazas que, cuando llega diciembre, parecen contener la respiración. Se llenan de luces, de murmullos, de ese olor a invierno que no viene del clima, sino de la memoria. Y luego está esta plaza, la de la foto, coronada por un “árbol” que en realidad no lo es.
Porque, seamos sinceros: un cono no es un árbol.
Es bonito, sí. Brilla, sí. Hace su trabajo de fondo navideño para autorretratos, también. Pero mientras lo miro, rodeado de gente que lo fotografía como si fuera un abeto recién bajado del cielo, no puedo evitar sentir que le falta algo. Algo esencial. Algo vivo.
Los árboles de verdad tienen ramas que se rebelan, sombras que se esconden, huecos que cuentan historias. Este, en cambio, es un capirucho perfecto, un hermano lejano de los que desfilan en Semana Santa, pero sin penitentes dentro. Un cuerpo sin alma. Solo geometría.
Quizá por eso me produce una sensación extraña: frío, inerte, muerto. Como si la Navidad hubiera delegado en la ingeniería lo que antes hacía la naturaleza.
Y, sin embargo, la plaza está llena. La gente sonríe, se abraza, se hace fotos. Tal vez la vida no esté en el árbol, sino alrededor. Tal vez el error sea mío, por buscar savia donde solo hay estructura.
Pero mientras me alejo, sigo pensando que un árbol —un árbol de verdad— no se enciende: respira.
Un poco más adelante nos encontramos con las ruinas palacio de la Ópera:

Poco después vimos el Tribunal Superior de Malta:

En la calle vi una pizarra anunciando las especialidades de un bar. Me recordó mucho a lo que hay en España, aunque echo de menos algún precio.
En la esquina, entre dos calles, había una hornacina bastante grande con San Francisco de Asís. A lo largo de nuestro viaje vimos muchas hornacinas y medallones con santos y especialmente con la Virgen María.


Acercándonos a la muralla nos encontramos con dos anclas.

Dos grandes anclas de hierro reposan frente al mundo, como bestias dormidas. No recuerdan ya el vaivén del mar ni el tirón del barco que un día las necesitó. Llevan tanto tiempo varadas que parecen haber echado raíces en la tierra, como si el suelo hubiera decidido adoptarlas.
El óxido las cubre con la paciencia de los siglos. No es una herida: es una piel nueva, una corteza que el tiempo ha ido tejiendo para ellas. Cada mancha rojiza es una historia, cada grieta un recuerdo. Sus enormes eslabones —pesados, torpes, hermosos— son el antiguo cordón umbilical con la vida marinera, el vínculo que las unía al latido del barco, al pulso del océano.
Intento imaginarlas nuevas, recién forjadas, brillantes. Y no puedo. Serían demasiado lisas, demasiado jóvenes, demasiado silenciosas. Les faltaría esa sabiduría áspera que solo concede la intemperie y los años. Porque es el óxido quien les da voz, quien les da textura, quien les da alma. Es el tiempo quien las ha convertido en maestras de quietud, en guardianas de lo que ya no vuelve.
Varadas, sí. Pero no vencidas.
Viejas, sí. Pero llenas de experiencia.
Son anclas que ya no sujetan barcos, pero todavía sujetan historias.
Por la calle del Mediterráneo llegamos a las inmediaciones del Fuerte San Elmo, que es el museo de la guerra.
Los caballeros de Malta hicieron muchos túneles que comunicaban diversas fortificaciones. Debajo del Fuerte de San Telmo (o Sant Elmo) hay un túnel, que denota su origen por su aspecto.

Al lado mismo del Fuerte hay un bar-restaurante con el nombre, esperable, de San Elmo.
Varias personas de nuestro grupo pasaron a ver el museo de la Guerra, pero yo estaba cansado y preferí esperar en el bar.
Pedí la cerveza local de Malta: CISK.
Por la cerveza me cobraron 6,60 €, pero hay detalle sumamente curioso, en la factura pone que me han cobrado 0,10 € por el envase. Si lo devuelves te reembolsan los 0,10 €. Me parece una forma interesante para evitar que los envases se tiren.
Desde el bar St. Elmo`s hay una bonita vista del Gran Puerto de Malta.

Hay varias características que delatan su origen en los caballeros de Malta: 1) Bóveda de cañón en piedra: típica de los túneles defensivos construidos por los Caballeros de la Orden de Malta. 2) Anchura suficiente para el paso de soldados y pertrechos, pero no para vehículos.
Exterior de las murallas
Como puede verse, el bar está justo en la muralla. De hecho, desde él sale una escalera que lleva al exterior y dónde puede verse que usaron la parte inferior como cantera.
Dimos unn paseo por el exterior de las murallas que resultó muy interesante, pero, también, en algunos momentos difícil.
Desde fuera de las murallas se ve muy bien la estructura del puerto. Por ejemplo, desde donde se sacó la siguiente foto se ve muy bien la fortaleza y el faro (fíjense que hay un faro) Rissoli.

Algunas zonas del exterior de las murallas se han usado como puerto.


En algunas zonas se ve perfectamente que las rocas sobre las que descansan las murallas han servido de cantera. Es decir, las partes bajas sobre las que reposan las murallas han sido a su vez canteras.

En la muralla hay algunas cosas curiosas. Como ejemplo el «arco ciego» que hay en la siguiente foto. Hasta donde yo entiendo, que ni soy arquitecto ni ingeniero de Caminos, se trata de un arco que sirve para que el peso de las piedras de arriba no se cargue el dintel. Hay un hueco, por el que salen aguas de la ciudad y encima tiene un dintel. Probablemente ese dintel sería incapaz de aguantar la carga de las piedras de encima, por eso obtaron por poner un arco que transmite las fuerzas a los lados y evita que se rompa el dintel.

Algunos detalles son bonitos. Por ejemplo, este «arco» que permite pasar el agua marina por sus bajos.

En algunos sitios se ve perfectamente que el camino se ha creado cortando las rocas que se han empleado en las murallas, incluso en algún sitio quedan algunos bloques cortados y todavía sin usar.
Algunas imágenes nos demuestran el uso del exterior de las murallas como cantera.


La entrada al puerto se ve muy bien. Observen el puente metálico rojo de la izquierda, que volveré a poner en la foto siguiente.


Cuando salimos del camino por los lados de la muralla pudimos ver unos barquitos.

Una vez que salimos de la «cantera» seguimos por fuera de las murallas, pero ya se ve una carretera y hay establecimientos de venta de varias cosas. Ya es ciudad.

Cerca de aquí había unas escaleras que nos llevaba, de nuevo, al interior de las murallas. Más concretamente en la Calle de la República (Triq ir Repubblika).
Triq ir Repubblika
Decidimos sentarnos en un bar a comer alguna cosa y descansar. Un lugar que nos pareció tranquilo fue el Eddie’s Cafe Regina, en la calle República. Al lado del monumento a la Reina Victoria.
Había probado vinos de Malta, pero lo que no había hecho era degustar alguna de las dos variedades de uvas autóctonas de la isla: Girgenti y Ġellewża.
En la carta del Cafe Regina ofrecían un vino semi-espumoso con la variedad girgentina y decidí probarla.

La uva girgentina es una variedad de uva blanca originaria de Malta. Probablemente llegó desde Sicilia en tiempos antiguos, traída por los fenicios; su nombre moderno deriva de Girgenti (Agrigento).
El vino me pareció pasable, pero sin más. No me resultó una maravilla. Pero no me hagan mucho caso, ya saben ustedes que cada uno tiene sus gustos y lo que para mi es normal para otros puede ser una maravilla. En cualquier caso probé la girgentina.
Cuando salimos del bar, tan solo eran las 4:30 de la tarde, pero el sol ya empezaba a ponerse. La calle de la República está orientada este-oeste, por lo que se veía la puesta de sol.
Como pueden ver he emborronado las caras por temas de privacidad.
Anochecía rápidamente. Decidimos volver a Floriana. Unos pasos más adelante, en la misma calle, nos encontramos con estos dos simpáticos muñecos hechos con ledes (ledes es un apalabra fea, pero es el plural de led que nos propone la RAE).

No pude menos que imaginármelos saludando. Así que eche mano de la IA de meta y el resultado fue este:
Seguimos avanzando y vimos el monumento al papa Pio V.
Me sorprendió ver una cabina telefónica al estilo de Londres, pero cuando pensé que han sido colonia inglesa durante muchos años (de hecho, se independizaron el año 1964) ya no era tan raro. Y, por eso, entendí que condujeran por la izquierda.
Medallones de santos y vírgenes en las calles
En diversos sitios nos encontramos con medallones u hornacinas representando santos y muy principalmente a la virgen y el niño.


Parece ser que en la cultura popular estos medallones (a veces hornacinas) protegen a la calle. Por eso son tan abundantes.
Los medallones están esculpidos en piedra caliza y fueron pintados con muchos colores. La erosión ha hecho su obra destructiva, pero, no obstante me gustan. Me detengo siempre ante los pequeños medallones que coronan esquinas, fachadas y portales. Me gustan esas vírgenes talladas en las calles y en las iglesias: inocentes, simples, pintadas con colores vivos que el sol mediterráneo ha ido apagando. No pertenecen al mundo del arte académico ni al de la ingenuidad infantil. Son otra cosa: arte popular, nacido de manos anónimas que buscaban protección más que perfección, devoción más que estilo. Son obras de gente sencilla que, al esculpir a un santo o a la Virgen María, pedía que su calle estuviera a salvo de piratas, de enfermedades, de riñas, de odios… Imagínense ustedes que están en plena «peste negra». ¿Si usted cree que un medallón protegería a su calle de la peste, no lo pondría? Confieso que yo no pondría solo uno, pondría muchos.
El viento y la lluvia han dejado su huella. La piedra se ha erosionado, la pintura se ha cuarteado, los rostros se han vuelto más suaves, casi desdibujados. Pero a mí me gustan así: erosionadas, heridas, como si el tiempo hubiera querido escribir en ellas una lección silenciosa sobre la fragilidad del mundo. Hay algo de memento mori en esas grietas, un recordatorio de que todo lo vivo —y todo lo amado— está siempre expuesto al desgaste.
Quizá por eso me atraen tanto estas vírgenes sencillas. En su imperfección encuentro una forma de verdad. El tiempo, lejos de restarles belleza, las llena de alma. Cada desconchón, cada sombra, cada pérdida de color parece añadirles una historia más. Y al mirarlas, siento que no solo protegen la calle: también custodian la memoria de quienes las colocaron allí, confiando en que lo sagrado pudiera convivir con lo cotidiano.
En la misma calle vimos anuncios de recorridos en barco por el Gran puerto o viajes a las islas de Gozo y Comino. Eso nos dio pistas sobre cómo ir a aquellas dos islas que sí queríamos visitar.


Iglesia de San Francisco de Asís
No sé muy bien cómo, pero llegamos a la iglesia de San Francisco de Asís.

Es muy difícil asignarle un estilo pues ha sufrido muchísimas modificaciones desde que fue construida a finales del siglo XVI y principios del XVII. Podríamos decir que forma parte del gótico maltés, pero pronto sufrió problemas estructurales y fue reconstruida en 1681 gracias al mecenazgo del Gran Maestre Gregorio Carafa, cuyo escudo aún preside la fachada. Su interior, ampliado en la década de 1920 siguiendo los planos de Emanuel Borg, combina el barroco maltés con una cúpula relativamente moderna y frescos de Gianni Vella que sustituyeron a los de Giuseppe Calì. Es una iglesia luminosa, discreta y muy viva, que acompaña al paseante casi sin imponerse, como un respiro espiritual en medio del bullicio de la capital.


Las velas de las iglesias siempre me han apasionado. En ellas veo la devoción del pueblo, la continuidad de creencias que vienen de muy lejos, casi tan antiguas como el propio gesto de encender fuego. Hay algo vivo en una llama: un calor de hogar, un latido, un sueño que arde en silencio mientras espera realizarse. Las velas son anhelos, son esperanza, son un pequeño grito luminoso que insiste en que no todo está perdido. Y qué quieren que les diga: prefiero las velas de cera a esas imitaciones de led que parpadean sin alma. Yo quiero velas de verdad. Quiero poder sentir el riesgo de su llama, dejar que su movimiento voluble me hipnotice y me invite a soñar.
Al salir, un código QR pegado junto a la puerta me recordó que el tiempo no pasa en balde. Era para dejar una limosna con Revolut, porque si el dinero en efectivo se desvanece, las iglesias también tienen que adaptarse. Es lógico, claro. Pero no puedo evitar sentirlo extraño. Quizá sea cosa de la edad, o de cierta nostalgia por los gestos concretos: el sonido de unas monedas cayendo en la caja, el roce del metal, la sensación de haber entregado algo que pasó por mis manos. La limosna digital es eficiente, sí, pero no huele a nada, no pesa, no deja huella. Y yo, qué quieren que les diga, sigo prefiriendo ese pequeño ritual antiguo que me conecta con todos los que lo hicieron antes que yo.
Anochece
Poco a poco las calles se encienden con luces navideñas. ¿Alegría o tristeza? Quizá ambas. Alegría porque el sol, que parecía derrotado, vuelve a ascender desde sus profundidades y comienza de nuevo su renacer, derramando luz sobre el mundo. Pero también tristeza, porque cada destello nos recuerda a quienes ya no caminan a nuestro lado. Tal vez la Navidad no sea lo uno o lo otro, sino esa mezcla extraña y hermosa en la que la esperanza convive con la memoria, y la luz se abre paso sin borrar del todo la sombra.
Retrocedemos sobre nuestros pasos y todas aquellas figuras que vimos de día, apagadas y casi tímidas, ahora brillan. La noche las ha vuelto hermosas. La fuente de los Tritones resplandece como si emergiera de un sueño acuático; la noria, con sus cambios de colores, parece un reloj cósmico marcando un tiempo distinto; y esas flores que creíamos blancas revelan, bajo la penumbra, un violeta inesperado. El mundo que durante el día tenía un aire inocente, casi doméstico, se transforma de repente en un escenario brillante, lleno de misterio. Y entonces todo se ordena alrededor de un único impulso: el foco se desplaza hacia la luz. Hacia la luz.



A la izquierda de la casa hay árboles violetas. Son aquellas flores blancas que veíamos por la mañana.
La noria, iluminada, adquiere otra dimensión. Mucho más bella.
El aparcamiento estaba muy cerca de la noria. Cogimos el coche y regresamos a nuestro hotel en San Julián. Por fin habíamos visto La Valeta. En un viaje anterior apenas habíamos bordeado sus murallas y brindado con un par de vinos malteses, pero esta vez fue distinto. Caminamos por dentro y por fuera de sus fortificaciones, nos maravillamos con las técnicas constructivas de los Caballeros, probamos sus vinos con calma y descubrimos la belleza inesperada de sus decoraciones navideñas. Seguramente solo hemos visto una ínfima parte de esta ciudad única, pero al menos nos hemos quitado la espina de aquel viaje en el que casi no vimos nada. Y, en el fondo, no haberlo visto todo es una suerte: nos deja la mejor de las excusas para volver.
Notas
[1] Wikipedia. Entrada: Karozzin. https://en.wikipedia.org/wiki/Karozzin [Consultado 16 de enero de 2026]

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