Malta-5-a: Contra la pedagogía del algodón

1 de enero de 2026

Siempre me han resultado sugestivos los unos de enero: tienen algo de umbral, de página recién abierta, pero también arrastran viejos recuerdos que creía casi olvidados. El humo de los fuegos artificiales aún flota en el aire, elevándose despacio, como si quisiera quedarse un momento más entre nosotros. Lo vemos ondular, pero lo que realmente sentimos es su olor: un aroma a pólvora tenue, casi tímido, porque el lugar de lanzamiento está lejos. Y quizá por eso es más hermoso: un perfume sutil, apenas un susurro que no invade ni molesta. Si fuera más intenso sería áspero, pero así, suave y discreto, tiene algo de caricia antigua. Ese olor me abre una puerta que conozco bien: la de los recuerdos que no se anuncian, pero llegan.

No es la magdalena de Proust, aunque se le parece. El olor a pólvora es olor a otros tiempos, a otras manos, a otras voces que ya no están. En el humo veo a mi abuelo señalándome estrellas y constelaciones, como si el cielo fuera un mapa secreto que solo él sabía leer. En el humo aparece mi abuela, cómplice, escondiéndome chucherías a pesar de las órdenes estrictas de mi madre. Y también veo a mi madre misma, protectora, amorosa, rodeándonos como una gallina que cuida a sus polluelos; yo, uno de ellos, pequeño y confiado.

Y tengo más recuerdos de esos primeros de enero. Aquella vez en que el año nuevo nos sorprendió en Francia. Dormimos en Les Eyzies, muy cerca de la gruta prehistórica de Font‑de‑Gaume. Solo permiten entrar a seis personas al día, pero aquel 1 de enero no había nadie. Fuimos a primera hora, con el aire helado, aún pegado a la piel, y pasamos nosotros cuatro y dos más. La cueva nos recibió en silencio, con sus dibujos sutiles en la arcilla, inocentes, frágiles, como si aún conservaran el aliento de quienes los trazaron. Salimos maravillados, conscientes de la suerte irrepetible de haberla visto. Solo seis personas al día. Y nosotros allí, como si el tiempo nos hubiera hecho un regalo.

También recuerdo los viajes desde Madrid a San Sebastián, siempre el 1 de enero. La carretera vacía, completamente vacía, como si el mundo hubiera decidido quedarse dormido un día más. Todos los restaurantes cerrados, todas las gasolineras silenciosas. Una soledad abrumadora y, al mismo tiempo, liberadora. Las dos cosas a la vez. Era una sensación extraña, como si atravesáramos un paisaje post‑apocalíptico, un mundo desolado del que hubieran desaparecido las personas y solo quedáramos nosotros, avanzando entre montañas y curvas. Cerca de Pancorvo empezaban a aparecer los primeros coches, tímidos, como animales que salen del escondite al amanecer. Y al entrar en el pueblo, siempre estaba allí ese restaurante abierto, como un faro en mitad de la nada. ¿Cuántas veces hemos comido allí un 1 de enero? No lo sé, pero fueron muchas. Y cada una de esas veces sentí gratitud por su hospitalidad, por ese gesto sencillo de abrir la puerta cuando todo lo demás estaba cerrado. Aquel restaurante era un refugio, un recordatorio de que incluso en los días más silenciosos hay un lugar donde alguien te espera.

El humo de esta mañana me trae incluso un río lejano y un puente roto por las lluvias, ese puente que debía cruzar para ir a la escuela. Recuerdo el peligro, el salto de tronco en tronco, la adrenalina infantil mezclada con la obligación de aprender. Y mientras avanzaba, cantaba: “dos por dos, cuatro; cuatro por cuatro, dieciséis…”. La tabla de multiplicar tenía su propia melodía, un ritmo que me acompañaba como un talismán. Y ahora, entre estas volutas que se deshacen en el aire, vuelve a mí la certeza de que nueve por nueve son ochenta y uno, como si el tiempo no hubiera pasado. Su olor me llega mezclado con madreselva, o quizá era jazmín; la memoria nunca es exacta, pero siempre es fiel a lo que importa.

Para ir a la escuela tenía que cruzar un río, que, a vces, las riadas lo estropeaban.

El humo se disipa, pero lo que despierta permanece. Y mientras el nuevo año se abre paso, luminoso y frágil, siento el peso de todas mis mochilas —las del año pasado, y las de muchos antes—, pero también la terquedad de seguir esperando algo nuevo. Algo que quizá llegue, o quizá no. Pero lo espero igual, como quien mira un amanecer y reconoce, en su luz, la promesa de todos los amaneceres que ya vivió.


Notas

[1]


Licencia de Creative Commons

La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm

En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.


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