29 de diciembre de 2025
Hay lugares que uno visita por curiosidad y otros que, sin esperarlo, te regalan una pausa interior. El Acuario Nacional de Malta pertenece a esa segunda categoría.

Un recorrido que empieza en la orilla
El acuario está organizado como un pequeño viaje circular por el Mediterráneo. Las primeras salas recrean las costas maltesas: rocas calizas, praderas de posidonia, bancos de peces plateados que se mueven como si obedecieran a una coreografía antigua. Es un recordatorio de que, incluso en un archipiélago tan pequeño, la vida marina late con una intensidad sorprendente. He dicho archipiélago ya que la República de Malta tiene tres islas: Malta, Gozo y Comino.

En el acuario nacional de Malta hay muchas cosas que ver, pero una de las que más miradas atrae es el túnel de los tiburones.
El túnel de los tiburones
El momento estrella —literal y figuradamente— es el túnel acristalado. Allí el tiempo se ralentiza. Los tiburones pasan sobre tu cabeza con esa elegancia que solo tienen los animales que no necesitan demostrar nada. Las rayas, en cambio, parecen saludar con sus alas ondulantes. Es imposible no sentir un pequeño estremecimiento, mezcla de respeto y fascinación.


El Mediterráneo… y más allá
Aunque el acuario está centrado en la fauna local, también hay espacio para especies tropicales: peces payaso escondidos entre anémonas, medusas que parecen lámparas vivientes, un pulpo que observa con la inteligencia silenciosa de quien sabe más de lo que dice. Cada tanque está acompañado de paneles claros y bien diseñados, perfectos para quienes disfrutan aprendiendo mientras viajan.



Un espacio pensado para todos
Algo que nos sorprendió fue lo bien integrado que está el acuario en su entorno. Desde la cafetería se ve el mar real mientras aún llevas en la retina el mar imaginado de los tanques. Las familias encuentran actividades interactivas, los curiosos pueden detenerse a leer, y los que solo quieren dejarse llevar tienen bancos estratégicamente colocados para contemplar sin prisa.

Dentro del acuario, una de las sorpresas más singulares es un simulador de terremotos que sumerge al visitante en una experiencia casi literaria: la sensación de estar a bordo del Nautilus, el mítico submarino del capitán Nemo. La sala vibra, cruje y se ilumina como si una falla submarina despertara bajo el casco metálico, mientras paneles y efectos sonoros recrean el temblor de las profundidades. Es un guiño vernesco [de Julio Verne] que mezcla ciencia, aventura y un toque de fantasía, convirtiendo la visita en algo más que una simple observación de fauna marina.

Salimos al exterior… y el mar seguía allí
Al terminar la visita, volvimos a la luz del Mediterráneo. El contraste entre el azul contenido del acuario y el azul infinito del mar real crea un efecto curioso: uno sale con la sensación de haber afinado la mirada. Como si ahora viéramos más vida en cada ola.

Era hora de almorzar. Dada la ubicación del acuario, en una esquina de la isla. Lo más rápido era comer en el propio acuario. Por suerte, disponen de un excelente restaurante que se llama La Nave [¿otra reminiscencia de España?].
Allí mimo hay un letrero hecho en el estilo trencadis, típico del modernismo catalán.


Almuerzo en La Nave
La Nave refuerza aún más la inmersión del acuario con una decoración íntegramente marinera: maderas que recuerdan a la cubierta de un barco, redes y boyas que cuelgan como si acabaran de salir del puerto, y detalles náuticos que evocan travesías por el Mediterráneo. El ambiente acompaña a su cocina informal —pizzas italianas y hamburguesas— y convierte la pausa para comer en una prolongación natural del viaje submarino que propone el acuario.


Estanos en un restaurante dentro de un acuario, donde los clientes más habituales son los niños, ¿o tendríamos que decir de los padres que van con la disculpa de que les gusta a los hijos?. Así que entre los platos figuran los preferidos de los niños, pizzas y hamburguesas.
Por parte de los adultos quisimos probar los vinos de Malta.

Sin ser una maravilla, no estaba mal. Y, al menos, habíamos probado un vino maltés.
En cuanto al precio, digamos que para los estándares de Fuengirola, eran bastante caros. Pero para el estándar europeo eran bastante normales.
Aquí tienen la factura para seis personas:
Allí donde la tarde se vuelve noche en un suspiro
En pleno invierno, Malta vive atardeceres realmente tempranos. En el solsticio de invierno, el sol se pone alrededor de las 16:52 en La Valeta, de modo que la luz se esfuma casi sin darte cuenta. Por eso, después de comer —aunque no fuera especialmente tarde— al salir del restaurante nos encontramos ya con la noche completamente instalada, como si el día hubiera decidido plegar velas antes de tiempo.
La suerte quiso que aquella noche maltesa no fuera un pozo oscuro, sino un archipiélago de luces. Miles —quizá millones— de ledes dibujaban criaturas imposibles: submarinos dignos del capitán Nemo, medusas suspendidas como lámparas vivas, galeones fantasma navegando en silencio por plazas y paseos. Todo era luz, luz, luz… una constelación terrestre que desafiaba a la noche y la obligaba a retroceder, aunque fuera por unas horas, ante la imaginación encendida de la isla.



El caballito de mar es una de esas criaturas que parecen inventadas por un poeta: navega erguido, como un jinete diminuto que avanza con dignidad entre las algas, y desafía todas las normas del reino animal. Su mayor prodigio es que es el macho quien gesta y pare a las crías, guardándolas en una bolsa ventral hasta que, tras un temblor casi imperceptible, las libera al agua como un pequeño estallido de vida. Un ser delicado, improbable y absolutamente fascinante.
Hay hasta un platillo volante.

Resulta llamativo que un simple cono de luces pretenda evocar un árbol. Ningún árbol real inicia su copa pegada al suelo; siempre la eleva un poco, como si necesitara aire para desplegarse. Pero, claro, trazar un cono luminoso es mucho más sencillo que reproducir el perfil caprichoso de una conífera y, por esa facilidad de montaje, los conos han terminado por convertirse en los árboles oficiales de la Navidad urbana. ¿Qué quieren que les diga? Yo sigo prefiriendo árboles a conos.
La leyenda de una estrella que dirigió a Los Reyes Magos al pesebre está presente en las luces de Malta. Siempre me ha sorprendido que un mito medieval conserve tantos devotos en pleno siglo XXI. Quizá toque alguna fibra ancestral, algún anhelo antiguo que nuestra civilización, por muy tecnológica que sea, no ha dejado atrás. La verdad es que no tengo una explicación clara. Pero sí una certeza íntima: la estrella me gusta, con su mezcla de símbolo, luz y esperanza que atraviesa los siglos sin apagarse.
El acuario habla de peces, sí, pero también de peces de luz, criaturas gigantescas que multiplican por tres la estatura de un niño y parecen recién salidas de un sueño submarino. Brillan, se arquean, avanzan suspendidas en el aire como si nadaran en una corriente invisible. Son peces luminosos, hermosos, potentes, capaces de transformar una noche cualquiera en un océano encendido.
Tras pasar casi todo el día en el Acuario decidimos a la bolera, pero de ello hablaremos en la próxima entrada. Me despido con una canción popular maltesa con temas navideños.
Ubicación

Notas
[1]

La vuelta al mundo y otros viajes © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de viajes.ares.fm
En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero y Álvaro.
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